12 de febrero de 2008     Número 5

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada


Éxodo rural

Indígenas de la sierra madre oriental en viaje a Nueva York

  • Olvida el Estado a los campesinos; el éxodo, opción única

Alfredo Zepeda González

Desde que las políticas del gobierno dejaron de mirar más allá de donde termina lo urbano y la vida se va en sembrar, cultivar y cosechar el propio alimento, la emigración está en la agenda de las comunidades indígenas. Pero en las regiones de extremo olvido, que son las sierras de Puebla, Guerrero, Chiapas, Oaxaca y Veracruz, la salida al otro lado ha sido la opción más reciente.

Los indígenas de las comunidades otomís, tepehuas y nahuas de la sierra norte de Veracruz e Hidalgo empezaron a caminar hace 13 años, sobre las huellas de mixtecos y zapotecos, los primeros en descubrir la isla de Manhattan. Antes nadie conocía más allá de San Juan de los Lagos, donde algunos viajaban en grupo el 2 de febrero a visitar a la Sanjuanita.

Los otomís de Amaxac y luego los de El Papatlar fueron los primeros en cruzar la línea por Tijuana y casi simultáneamente lo hicieron los tepehuas de Chintipán. Corría el año de 1995, poco después de la entrada del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, y si bien no hay relación mecánica entre ese hecho y el éxodo rural, lo cierto es que las causas de la emigración explosiva de los últimos de la fila están en el conjunto de las políticas neoliberales.

El precio del café empieza a caer a principios de los años 90 y los de Otatitlán ya no replantan sus huertas después de la helada del 89. El precio del ganado en pie se desliza por el tobogán hasta llegar a nueve peso el kilo en 2007. La naranja tiene su casa natural en la Huasteca , pero igual es derrotada por los cítricos subsidiados de Florida.

Los programas para el campo, publicitados por sexenios, desde el Sistema Alimentario Mexicano de López Portillo hasta la Alianza para el Campo de Zedillo y la Alianza Contigo de Fox, nunca se han asomado a las vertientes de la sierra.

El hoy extinto Instituto Nacional Indigenista abandonó desde mediados de los años 80 la defensa de los derechos y la cultura indígena y junto con la Sedesol se dedicó a promover un archipiélago de supuestos “proyectos productivos”. Pero en 1990 el presupuesto anual para los llamados Fondos Regionales, destinados a cubrir necesidades de todos los indígenas del país, fue de 50 millones de pesos, apenas lo que costó el distribuidor vial de Reforma y Constituyentes en el Distrito Federal.

Un recorrido atento por las brechas y las veredas a orillas de las comunidades nahuas, tepehuas y otomís de Tlachichilco, Texcatepec, Ilamatlán y Zontecomatlán muestra el reguero de cascarones abandonados de gallineros para cría de pollos, chiqueros para engorda de puercos y corrales para borregos. El número de tumbas en el cementerio de los proyectos productivos sólo es superado por el de sepulcros humanos. Y es que, tan lejos de los indios como cerca de Estados Unidos, los gobiernos recientes “focalizaron” los mayores recursos en quienes producen para la exportación.

Los mayores de 30 años fueron los primeros en salir de la sierra a lavar platos en los restaurantes griegos de Astoria en Queens. Pero en poco tiempo la edad de los emigrantes descendió. Hoy, recién egresados de la escuela elemental y hablando un español entrecortado, los muchachos de 13 y 14 años de Pie de la Cuesta agarran camino rumbo a la nueva comunidad otomí de Nueva York, en los edificios color ladrillo del barrio de Fordham. Allí, con la fresca terquedad de un arroyo subterráneo, se reproduce la fuerza heroica y colectiva de estos pueblos de siete mil años

Otro factor que influye en la emigración es el fracaso de la escuela. La diseñada para los indígenas tiene dos apellidos: bilingüe e intercultural, pero en realidad la primaria en las escuelas “multigrado” es un largo y trompicado curso de castellanización a cargo de un solo maestro. La secundaria y el bachillerato por televisión se van convirtiendo en la sala de espera antes de ir a formarse en la filas del desempleo.

Los jóvenes ya lo perciben. El eslogan “estudia, supérate y progresa” les suena hueco. Samuel Marín Carlos de la comunidad otomí de Tzicatlán, que cursaba el último semestre de la prepa de San Miguel en Chicontepec, se escapó con otros diez compañeros. Su familia se enteró cuando hablaron por teléfono desde Nashville, camino a Nueva York, más allá de la zona densa de la migra.

“Aquí no quedó nada de lo que prometieron los gobiernos”, dice Gervasio Petronilo de la comunidad de La Florida , a una semana de que nació Dulce Teresa, su tercera hija. “Nada más termina el carnaval y le marco al coyote de Phoenix para que me pase por Altar. Voy allá a juntar mis fuerzas con las de mi papá en el carwash del Bronx. Ya es la segunda vez, pero ni modo. Y como mi mamá ya faltó, mi esposa, la Gabriela , va a tener que cuidar a nuestros tres niños y a sus ocho cuñados, mis hermanitos”.


De indios chilangos

Hace 25 años Rodolfo Stavenhagen afirmaba que el Distrito Federal era la ciudad indígena más grande del mundo. Por supuesto nadie le creyó. Los indios están ahí y en una concentración mayor que cualquier otra –replicaba el antropólogo–, sólo que no se ven: “son personas invisibles”

En marzo del 2001 la caravana “del color de la tierra” vino a la ciudad proveniente del sur indígena. Pero los zapatistas encapuchados no fueron los primeros en marchar al septentrión. Todos los días innumerables sudacas sin empleo ni futuro abandonan sus arruinadas comunidades y salen a los caminos en un peregrinar invisible y silencioso. Ellos también son el México profundo pero su emblema no es la rebeldía sino la desesperanza esperanzada.

Moviéndose hacia el frío, del campo a la ciudad, del surco a la banqueta, de los bordes al centro, la estentórea caravana rebelde y el sordo éxodo laboral forman parte de un mismo curso histórico. Saqueando, ofendiendo y humillando a la “civilización”, avanza de las metrópolis a las colonias. Pero los orilleros se enconchan y resisten. Hasta que un buen día hacen su itacate y emprenden la marcha rumbo al centro, rumbo al erizado corazón de la noche.

Y en este movimiento incontenible se refundan las ciudades. Entre ellas el Distrito Federal, que de ser metrópoli colonial, emblema de progreso europeizante y ámbito de la modernidad norteada, comienza a recuperar su ancestral condición indígena, o más bien a reinventarla.

Antes de que los alzados indios zapatistas tomaran el de efe a tambor batiente, ya lo habían tomado de soslayo las “Marías” mazahuas, que hace años mercaban Kleenex y ahora venden muñecas en las esquinas mientras su prole retoza a la sombra de los semáforos en flor. Antes de que los comandantes y sus seguidores se desparramaran en tumulto por el centro de la ciudad, ya lo habían tomado de a poquito los mixtecos, zapotecos y triquis vendedores de quesillo, tlayudas y tostadas. Y si los zapatistas colmaron una vez la Plaza de la Constitución , todos los fines de semana invaden la Alameda para echar novio o novia los multicolores avecindados étnicos de la capital, mudando el jardín afrancesado en bulliciosa plaza de pueblo. Ahí están los indios, vaya si están, lo que pasa es que no salen en la tele y por eso no se ven.

Armando Bartra