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Arnoldo Kraus

Urdir enfermedades

Hay dos formas de inventar enfermedades. Una la hacen los individuos para satisfacer, modificar u ocultar alguna necesidad. La otra la generan los medios de publicación aliados e impulsados por las industrias farmacéuticas. La primera afecta, en general, sólo a una persona, es un reto médico y con frecuencia filosófico. La segunda perjudica a muchas personas y su génesis es doble: intereses económicos y vulnerabilidad médica. Escribo acerca de la segunda: la invención o exageración de enfermedades (en inglés, disease mongering) por parte de las compañías farmacéuticas es triste y cotidiana realidad.

Hace muchos años leí en una prestigiosa revista de medicina que lo peor que le podría pasar a la profesión médica era que los abogados se inmiscuyesen entre enfermos y doctores. Quien lo escribió tenía razón: el ejercicio médico, sobre todo en países como Estados Unidos, se ha desvirtuado y ha perdido su humanismo desde que los abogados tomaron algunas de las riendas de la profesión. Su presencia ha fracturado uno de los bienes más preciados de la profesión: la relación médico-paciente. Si la misma persona hubiese podido escribir en los últimos años un nuevo editorial diría que su profecía se cumplió, y agregaría que algo peor que la presencia de los abogados podría ser la irrupción de las compañías farmacéuticas y del poder de los medios de comunicación como enemigos de la profesión y de la comunidad.

Tanto abogados como medios de comunicación y farmacéuticas son constantes necesarias. El problema es el peso que han adquirido por culpa de la tibieza de los médicos y de los sistemas de salud, cuya fuerza y oposición a los dictados, no siempre deontológicos de las farmacéuticas, ha sido inconstante, mediocre y frágil.

La necesidad de urdir enfermedades o de medicarse se incrementa sin coto. Los medios de comunicación, maestros en disfrazar o inventar realidades, han dado en el clavo: cada vez es mayor la avidez de la sociedad para “conocer” y saber más acerca de su estado de salud. La retroactividad de la “arrogancia” de la medicina preventiva tal como la malentienden y la venden a los consumidores las compañías farmacéuticas en la televisión y en otros medios es nefanda: a mayor número de anuncios acerca de los milagros de las medicinas, mayor dependencia. La aspiración a la inmortalidad y a sufrir el menor número de enfermedades es leitmotiv de muchas personas, ese terreno ha sido explotado con maestría por la industria farmacéutica.

La invención o exageración de enfermedades con el propósito de mercantilizar productos farmacéuticos (disease mongering) implica crear padecimientos y ampliar los límites de las enfermedades con la finalidad de expandir los mercados y ofrecer tratamientos (he modificado la versión propuesta por Ray Moynihan y David Henry). Huelga decir que la invención de enfermedades es uno de los mayores logros de las grandes farmacéuticas, que, como se sabe, compiten en el mercado globalizado por la generación de dinero con el narcotráfico y con las empresas que fabrican armas.

La regla de oro para inventar o exagerar enfermedades es sencilla: transformar personas sanas en pacientes. Los dividendos son enormes: dinero a raudales por la dependencia que surge de la venta de medicamentos o del sentirse enfermo. Las consecuencias son terribles: se desperdician recursos y se genera iatrogenia (enfermedades producidas por los médicos). Y el final palpable: sobre todo en las sociedades ricas, cada vez hay más sanos transformados en enfermos que ingieren cotidianamente incontables químicos.

El problema es inmenso y seguramente irresoluble. Es inmenso, porque, aunque no cuento con “datos duros”, es evidente que el número de horas en la televisión o el número de anuncios en periódicos y en radio de las industrias farmacéuticas es muy grande y es irresoluble porque ningún medio informativo despreciará el negocio. Cada vez es más frecuente la automedicación y no es raro, sobre todo en la consulta privada que atiende a la clase económica privilegiada, encontrar enfermos sanos que ingieren “muchos” productos promovidos en la mass media.

Apelando a la filosofía, podría decirse que la apuesta de algunas compañías farmacéuticas es vender enfermedades en lugar de educar o de fomentar la prevención. En este entramado es imposible olvidar al finado Ivan Illich, quien hace más de tres décadas advertía que la profesión médica había medicalizado la vida. La suma de la medicalización de la vida por parte de la timorata profesión médica y la invención de enfermedades como estrategia de las industrias farmacéuticas es alarmante. Ejemplos sobran: la osteoporosis y los niveles de colesterol elevados se han convertido en enfermedades, la necesidad de recurrir a exámenes onerosos en ritual médico y la disfunción sexual masculina y femenina en negocio millonario.

La invención de enfermedades es otra de las enfermedades de la modernidad y triunfo de la comercialización de la vida sobre la ética que debería regir el mundo de la medicina. Dado que el espacio, no las denuncias, se ha agotado, expandiré estas diatribas la próxima semana.

 
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