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Durante décadas se han mantenido en pie a pesar de caciques, represión y plagas

Copreros buscan alternativas para sobrevivir a la apertura comercial

Importación de materias primas para las industrias jabonera y aceitera obliga a diversificar

Misael Habana de los Santos (Corresponsal)

Ampliar la imagen Asoleadero de copra en el municipio de Atoyac de Álvarez, Guerrero Asoleadero de copra en el municipio de Atoyac de Álvarez, Guerrero Foto: Gonzalo Pérez

Ampliar la imagen La industria de la copra en Guerrero ha venido a menos por la falta de apoyos para el campo, la importación de materias primas y el uso de aceites obtenidos de otras fuentes; sin embargo, los productores exploran nuevos mercados La industria de la copra en Guerrero ha venido a menos por la falta de apoyos para el campo, la importación de materias primas y el uso de aceites obtenidos de otras fuentes; sin embargo, los productores exploran nuevos mercados Foto: Javier Verdín

Acapulco, Gro., 21 de febrero. En los 20 años recientes, la libre importación de grasas vegetales baratas de países asiáticos y de Brasil, fundamentalmente, provocó una grave crisis entre las 17 mil 300 familias que se dedican a la producción de aceites a partir de la copra (la parte carnosa y seca del coco).

Huertas abandonadas, tala de cocoteros y sustitución de cultivos es lo que ha quedado de grandes extensiones de palmeras que eran parte del paisaje que ofrecía la industria turística y de donde los campesinos obtenían la materia prima para fábricas de jabones y perfumes.

No obstante, Guerrero aún ocupa el primer lugar nacional en plantíos de palmeras y producción del coco. Los productores han formado agroindustrias en busca de dar un nuevo auge a la siembra de cocoteros, sin depender exclusivamente de la explotación de la copra para la industria aceitera.

La bonanza coprera de los años 60 dejaba grandes sumas de dinero a los terratenientes y acaparadores, mientras los campesinos y pequeños productores tenían que entregar su producto a bajo precio o venderlo al “tiempo”, una especie de tienda de raya. Este sistema derivó en un movimiento para exigir mejores precios. En respuesta, el 20 de agosto de 1967 la policía del estado y guardias blancas de los caciques asesinaron a balazos a 38 copreros.

Jorge Luis Salas Pérez, presidente de la Unión Regional de Productores de Copra del estado de Guerrero, que encabezó la movilización de lo que hoy es sólo un organismo burocrático sin mayor influencia, recuerda que fue durante el gobierno de Raymundo Abarca Alarcón, con la complicidad de Rigoberto Pano Arciniega –quien fue nombrado procurador de Justicia en el sexenio de René Juárez Cisneros– cuando famosos sicarios, conocidos únicamente por sus apodos (El Chante Luna, El Zanatón, Pay Radilla y El Animal) se hicieron tristemente famosos y aún se les menciona en corridos para recordar sus crueldades contra los copreros.

De aquel entonces sólo quedan 44 mil 750 hectáreas en la zonas bajas de 18 municipios de la Costa Chica y 11 de la Costa Grande, dicen dirigentes del Consejo Estatal del Cocotero, organismo con sede en Técpan de Galeana que impulsa alternativas para la explotación de la palma de coco.

Se calcula que unas 15 mil hectáreas de palmas han sido cortadas para dar a la tierra otros usos; por ejemplo, en el municipio de Coyuca de Benítez, aledaño al de Acapulco, se han arrasado cientos de hectáreas de cocoteros para la construcción de canchas de futbol y cantinas, jugosa combinación para los propietarios de ligas amateurs.

La producción de coco también ha resultado afectada por plagas, como el amarillamiento letal, el mayate prieto o el picudo negro, que han frustrado aún más a los productores que durante años no han encontrado apoyo de las autoridades de desarrollo rural estatales y federales.

Las variedades sembradas en Guerrero son las mismas que en la mayoría de las zonas costeras del país: el cocotero criollo alto del Pacífico, enanos, amarillo malayo e híbridos, que es una fusión de las variedades enano amarillo y malayo o criollo.

Felipe Texta Romero, coordinador de Fomento y Producción del Consejo Estatal del Cocotero, señala que buena parte de las plantas son de edad avanzada y difíciles de cosechar por su altura, pues algunas miden más de 10 metros, por lo que se promueve la siembra de plantas híbridas, una combinación de la variedad enana con el malayo amarillo, que son más productivas a menor edad, dan cocos de mayor tamaño y son resistentes al amarillamiento letal.

Cada hectárea de cocotero produce 1.03 toneladas al año, que alcanza un precio de 6 mil pesos por tonelada. Como la mayoría de los productores son minifundistas, obtienen unos 10 mil pesos por hectárea, pero como los costos de producción (tumba, riego y quiebra) ascienden a 8 mil pesos por hectárea, “uno sale tablas”, dice un coprero.

Del coco se obtienen otros subproductos rentables, de los cuales el agricultor casi nunca se beneficia, como aceite, alimento para ganado y fertilizante orgánico, que se procesan en las dos plantas que tiene Agroindustrias del Sur SA en la Costa Grande y en Iguala.

Pero sin duda la mayor motivación para los más de 17 mil 300 sembradores, cada uno de los cuales posee entre 100 y 200 hectáreas de palma, es dar a su producción un enfoque diferente al tradicional para aumentar sus ganancias.

En la entidad funcionan 18 microempresas, algunas familiares, que elaboran el dulce de coco (la mayor parte del que se consume en Acapulco viene de Jalisco y Colima) y el coco jimado, que se exporta desde la Costa Grande a Estados Unidos y también se vende en el mercado nacional.

Además, aunque los costos de producción son altos, tres empresas de la región embotellan el agua de coco: Comerco, Procesadora de Coco del Pacífico y Coco Fibra de Acapulco.

Los copreros empiezan a ver la posibilidad de un resurgimiento del sector, lo cual dependerá, entre otros factores, de que continúe la diversificación de los productos y mejore su comercialización.

 
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