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Ricardo Robles O.

Quieren seguir siendo como son

Vaya, antes que otras palabras, una de admiración para los compañeros wixaritari, palabra que quiere ser también un saludo a su entereza.

Muchas veces los proyectos decididos desde otra cultura y oficinas lejanas, terminan por imponerse contra la voluntad indígena comunitaria. Los casos de actas falsas y asambleas amañadas, cuando no de sobornos a tres indígenas con cargo agrario, han sido frecuentes. En los ejidos y comunidades agrarias del país se recuerdan esos casos en que fue burlada la comunidad con formalidades falsas que luego exhibieron documentos legales como respaldo a las imposiciones. Eso, dicho sea de paso, es además prueba de la habilidad requerida en un funcionario. Saber timar a los indios es motivo de ascenso, dice la historia. De esta realidad, tenemos recuerdos y pruebas sobradas quienes hemos acompañado prolongadamente a las comunidades.

Por todos los indicios, tal parece ser el caso de los documentos exhibidos por las autoridades en los que legalmente consta que la carretera Huejuquilla-Amatitán fue autorizada por las autoridades agrarias de Santa Catarina Cuexcomatitlán. Así lo denuncian los comuneros. Ellos no aprobaron tal proyecto en sus asambleas. Han detenido el trabajo de la maquinaria pesada y en plantón impiden la construcción de la carretera.

Los wixaritari han dado sus razones, pero no son escuchados por los funcionarios, que han pasado a recitar su oferta de espejismos. Eso de sus sitios sagrados, de que el turismo invada sus celebraciones o que los ejércitos no respeten los centros ceremoniales, no son asuntos a considerar. Eso de que se propicie el saqueo de los recursos que las comunidades necesitan para seguir viviendo, puede pasarse por alto. Eso de la contaminación del agua y el medio ambiente, ni se registra ni se responde. Eso de que el pastoreo se dificulte y los accidentes se multipliquen, que el territorio comunitario quede dividido, que la inseguridad y el abigeato aumenten, etcétera, no son argumentos para los funcionarios. Ellos hablan de la carretera como un beneficio sin mal, indiscutiblemente tal, de facilidad de transporte de personas y productos, de agilidad para movilizar enfermos, hablan de beneficios económicos... hablan de lo que ellos necesitarían si vivieran en el territorio indígena y sólo con los recursos indígenas.

Quizá los gobiernos y sus agentes no pueden escuchar, y menos responder, porque no pueden comprender que los indígenas sean y quieran ser diferentes. Mientras los nuevos invasores hablan de explotar recursos, los indígenas hablan de cuidarlos. Los funcionarios ofrecen posibles beneficios económicos, los indios defienden sus tradiciones sagradas. Unos prometen un endeble futuro asalariado, los otros piensan su vida en libertad. Y mientras los indígenas captan y valoran los mensajes con siglos de experiencia, los otros los tildan de retraso, de ignorancia, de testarudez, porque no pueden comprender la cosmovisión india.

Verdad es que muchas veces las comunidades terminan cediendo. En parte por probar las ventajas y facilidades prometidas, en parte para no enfrentar en desventaja a los gobiernos. Es un antiguo mecanismo de resistencia condescendiente que los mantiene vivos pese a siglos de choque. Su cultura, como todas, va en transformación perpetua. Los cambios, de por sí, no son ganancia o pérdida, selectivamente los van adoptando al tratar de conservar el sentido hondo del vivir humano. Algunos ven los perjuicios que una carretera trae y pese a ello la aceptan o toleran.

Ahora los wixaritari, dignamente, se plantan en resistencia. Saben bien que los servicios de salud son falsos, porque así lo han vivido discriminados en clínicas rurales y urbanas. Hay casos bien recientes que son patéticos. Saben que las ganancias económicas serán para otros y no para ellos, que para ellos viene el despojo, el empobrecimiento mayor, la división sobre su unidad, el deterioro de su cultura, la profanación de lo sagrado, la pérdida de su hondo sentido de la existencia humana. Por eso quieren seguir siendo como son.

Mientras tanto, faltos de destrezas y herramientas interculturales, seguros en su fe financiera y corrupta, los gobiernos siguen sin entender. No oyen porque no quieren oír, ni quieren saber cómo.

Sólo falta que también ahí, en la zona huichola, implementen su guerra de sicarios paramilitares, como lo van haciendo por todo el país. A fuerza de miedos inconfesados, debilidad política y pobreza humana, ya no saben hacer otra cosa.

 
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