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Ilán Semo

México a la luz y a la sombra de las cifras

Entre los alardes con los que Vicente Fox inició su sexenio, uno de los más exóticos fue el anuncio en 2001 de que la economía mexicana ocupaba el “noveno lugar entre las economías mundiales”. Y en efecto, en las cifras que publica anualmente el Fondo Monetario Internacional, el monto del producto nacional bruto del año 2000 aparecía, comparado con el de otros países, en esa ubicación. En los seis años siguientes –si se incluye el lapso cubierto por la administración actual– nunca más se volvió a tocar el tema. Misteriosamente, una consigna tan obviamente publicitaria como la de ser una economía visible en el mundo perdió su encanto propagandístico. La razón era –y sigue siendo– muy sencilla. Desde el año 2002 hasta la fecha, el monto total relativo de los bienes y servicios producidos por el país, es decir, el valor del PNB comparado con el de otras economías ha ido descendiendo gradualmente. Si Vicente Fox heredó o recibió un aparato económico cuya inserción en el mercado mundial no dejaba de ser consignable, lo que entregó en 2006 fue algo distinto. En ese año y en esas cifras, México había descendido al lugar 14, y al parecer en 2007 el descenso continuó. Hoy se ubica en el lugar número 16 en las estadísticas del FMI (ver www.imf.org) . Si la caída continúa al mismo ritmo hasta 2012, nos veremos, una vez más, arañando realidades que suponíamos superadas desde 1982, después de haber contado, luego del año 2000, con las posibilidades y las oportunidades para evolucionar no a las ligas mayores, pero sí a las de las economías emergentes (o de segundo mundo). El día en que se hable del magro balance económico de los últimos siete años, ese será un renglón que habrá que explicar.

Cualquier ciudadano sabe que el producto nacional bruto es una cifra poco reveladora. No dice nada sobre la productividad del trabajo ni sobre la calidad de sus resultados. Tampoco habla sobre la distribución del ingreso ni la polarización social. No ofrece el menor indicio sobre qué y cómo se produce o sobre la condición de quienes producen. Y sin embargo, es un termómetro de cierta eficiencia general de una sociedad.

Países que cada vez producen más, con índices de crecimiento impresionantes, como India, Rusia, Brasil y otros (que son precisamente los que sobrepasaron a México en estos años), guardan condiciones sociales, políticas e institucionales tan distintas que resulta prácticamente imposible someterlos a cualquier comparación. Pero son países que, por muy distintos caminos, se han convertido en los socios principales de las economías centrales, con las ventajas y desventajas que acarrea esa asociación.

Si se observan otras cifras del reporte anual del FMI, los niveles del declive de la economía mexicana resultan más graves aún. Empiezan a mostrar el amargo sabor no de una recesión (que es un fenómeno transitorio), sino de una regresión. El ingreso per cápita relativo, es decir, comparado con el de otros países, por ejemplo, se ha reducido con mayor rapidez que el PNB. Es lógico, hay años en que el crecimiento de la población ha sido mayor que el de la producción. Éste, que sí es un indicador más revelador del estado general de una economía, muestra que el país se encuentra hoy al nivel de Botswana, Libia (país prácticamente monoproductor) y Latvia, muy lejos de las 60 economías en el mundo que superan los 11 mil dólares por habitante anuales (por cierto, en el mismo e inclemente nivel aparece Chile, la perla del modelo neoliberal). Ni hablar de los indicadores de la productividad, la capacidad de adquisición, la distribución del ingreso, etcétera. Todos ellos muestran un orden productivo en proceso de adormecimiento y, sobre todo, cada vez más vulnerable a sacudidas imprevistas.

Los historiadores del futuro seguramente se detendrán a examinar esta parálisis. Pero sobre todo se preguntarán cómo es que sucedió cuando el país contaba con todas las oportunidades para adentrarse exactamente por el camino contrario, el del crecimiento y el desarrollo. Estas oportunidades han sido señaladas en innumerables reportes económicos: el superávit petrolero (con precios por barril que llegaron a más de 90 dólares), las remesas de los mexicanos que emigraron a Estados Unidos e, imposible ocultarlo, el dinero terrible (pero dinero al fin) del narcotráfico, que ingresa por múltiples vías oscuras a la economía nacional.

¿A quién atribuir las responsabilidades del gradual declive de la economía nacional? Es probable que se trate del “modelo neoliberal” mismo. Pero también es evidente que sus operadores en las dos administraciones panistas han agravado aún más sus saldos. Finalmente, ningún modelo económico existe en abstracto. Lo cierto es que en los gabinetes panistas, la conducción económica ha recaído sobre los antiguos tecnócratas priístas. Hace ya mucho tiempo André Gunder Frank habló de una “lumpenburguesía” para describir a ese grupo que había sido incapaz de allanar el camino del desarrollo para los países de América Latina. Tal vez hoy se podría hablar de una lumpentecnocracia, que tampoco ha sabido cómo encontrarlo.

 
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