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Marcos Roitman Rosenmann

Más allá de las elecciones en España

Las diferencias entre un partido conservador xenófobo, situado en el extremo de la derecha europea, y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) es abismal, no digamos con Izquierda Unida u otros partidos del espectro político institucional. Ello se traduce en tiempo de elecciones en un miedo al oscurantismo con un efecto consecuente, llamar al voto útil, todos contra el Partido Popular (PP). No se llama a votar, sino hacerlo instrumentalmente. No se busca un voto en conciencia. Muchos podemos coincidir en el diagnóstico, no en la solución. Hoy, el PP encarna lo más retrógrado y espurio de la política. Rancio en sus actuares, ejercita un caciquismo en el siglo XXI bajo una forma oligárquica. Es decir plutocrática, excluyente y represiva. Desprecia los valores de la igualdad, la justicia social, la democracia radical y la ciudadanía ejercida con dignidad. Rehúye el cambio social y se atrinchera en un mundo decimonónico el cual añora. Bajo un discurso peculiar quiere recuperar el papel estelar de Dios y la familia católica en la sociedad política. El Estado laico debe aparcarse hasta nuevo aviso. La Iglesia, en tanto institución, según reza su credo, debe recuperar el protagonismo e imponer sus normas de conducta, proyectar su verbo divino en el mundo terrenal. Un fundamentalismo de nuevo cuño, en el cual el túnel del tiempo nos transportaría a las catacumbas de los colores purpurados, las conferencias episcopales y las órdenes en los púlpitos de las iglesias para el amén de todo quisque. Se acabó la separación de poderes entre la Iglesia y el Estado. Los ateos, agnósticos y el resto de confesiones pasarán por el aro. Ni laicismo ni secularización.

Para el PP, España ha sido traicionada. Hoy vive su peor crisis desde la transición, una pérdida de identidad, se tambalea la gobernabilidad y su unidad territorial. Sufre una degeneración de principios morales cuando se proclama la unión de matrimonios homosexuales, la promiscuidad se extiende y la prostitución no se combate. La cotidianidad es un sin mar de pesadumbres: violencia, terrorismo, drogas, delincuencia juvenil, alcoholismo e inseguridad ciudadana. Sin olvidar las lacras del narcotráfico y el terrorismo internacional. En conjunto, una situación en la cual la corrupción del espíritu y la emergencia de falsos dogmas perturban la verdadera salida. Dogmas impulsados por los lobos con piel de corderos, fariseos del mercado de las ideologías, cuyo fin es quebrantar la fe católica, desprestigiar al Papa de Roma y destruir a Occidente. En otras palabras, son los progresistas, ellos quieren acabar con el sistema de libertades, la economía de mercado y el liberalismo. Hay que desenmascararlos, son portadores de la ideología del buenísimo; nos llevan hacia un abismo, oscuro y desangelado.

Bajo estas circunstancias es necesario poner orden. Proponer un director de orquesta que sepa mover la batuta. Devolver la confianza a los concertistas. Deben recuperar el ritmo y saber que han nacido para obedecer. Por consiguiente, el nuevo caudillo se erige en un salvador de la patria. Frente a la oscuridad la luz, al caos el orden. Así se transforma en Cid Campeador contra los inmigrantes. Se convierte en un capitán Garfio contra una tripulación amotinada. Muta en empresario prometiendo más despido libre y flexibilización del mercado laboral. Tampoco olvida su condición de hombre proclive a enfermar y ofrece la privatización de la salud pública. Así se mejora la gestión. Las mil y una cara del candidato. Practica la ética de la responsabilidad para salvar la nave y recalar en puerto seguro. Antes mano dura que ser mojigato. Desea una España grande, libre y unida bajo el poder central de la Inquisición. La derecha es redentora, y su caudillo, Rajoy, recupera un tono mesiánico iluminado por el grandioso. Motivo suficiente para entender de los problemas del común, ya puede alumbrar certezas. Aduce a la economía doméstica, a subir los salarios, crear empleo, reducir impuestos y bajar alquileres. Se acerca a los mercados, pregunta por el precio del pan, la leche, la carne, frutas y verduras. Toma nota y muestra interés, firma autógrafos y se retrata sin importarle si ríen o lloran. Dice tener sensibilidad. Atiende las reivindicaciones de estudiantes, deportistas, investigadores, universitarios, agricultores, campesinos, jóvenes y pensionistas, todos tienen su espacio. Él no genera incertidumbre. Seguro de sí mismo, es parte del poder, jefe de la oposición, expresa con gesto paternalista: el poder no puede decir un día blanco y al siguiente negro. No debe jugar con el futuro. Para la derecha, el destino social y político de las personas está como Edipo Rey, formando parte de su propio ser. De su ethos. Profesión, clase, carácter, estatus, ideología, deben adquirirse desde la cuna y no ser modificados. Se acabó la movilidad social y la idea del progreso. Partidarios de la creación inteligente, de la existencia del infierno, sus actuales cosmovisiones lo ubican en la franja del espectro político más a la derecha del conservadurismo mundial.

Aunque lo más significativo de este fenómeno es su traslación al mercado electoral, es decir lo anterior, forma parte de un consumo de ideas para votantes adictos a dichos mensajes. En España existen 8 o 9 millones de consumidores que compran regularmente la visión del PP. Se relamen en temporada electoral. El programa con sus colores, sus candidatos, en sus ofertas y sus rebajas los hace atractivos, compran compulsivamente, se exponen productos en forma de promesas y eslóganes electorales. Pero lo mismo ocurre en la otra orilla. El PSOE, Izquierda Unida y los partidos que han gobernado y gobiernan en las comunidades autónomas asumen la misma práctica. Tal vez no se dan cuenta del grado de hastío y la sobrecarga del sistema. El riesgo acecha. Si esto continúa, España podrá tener a su manera un ¡Ya Basta! Una alternativa al orden político neo-oligárquico. Quizás emerja la Tercera República de sus cenizas. Con ello se recuperaría la ciudadanía plena, la democracia política y la memoria histórica, esencia para ejercer el principio de dignidad humana, secuestradas desde la Segunda República.

 
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