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Alejandro Frank*

Brasil y México: dos caminos hacia el futuro

Leyendo el número de febrero de 2008 de la excelente revista de divulgación científica Scientific American, costumbre que intento mantener desde hace más de tres décadas, encontré una breve nota firmada por Luiz Inácio Lula da Silva, Fernando Haddad y Miguel A. L. Nicolelis, cuyo título es Brazil’s Option for Science Education (La opción brasileña por la educación científica), que me provocó sentimientos encontrados. Por un lado, me emocionó la estrecha colaboración y la participación conjunta del gobierno brasileño (Lula y Haddad son el presidente y el ministro de educación de Brasil, respectivamente) y un renombrado científico brasileño (Nicolelis es codirector de un centro de neuroingeniería de la Universidad de Duke, Estados Unidos) en un ambicioso proyecto de educación científica nacional. Por el otro, debo admitir que sentí un chispazo de celos, al contrastar la triste situación de la ciencia en nuestro país y, particularmente, la ausencia de un plan semejante para cambiar las perspectivas de desarrollo científico y tecnológico en México, debido a la casi nula comunicación entre nuestros gobernantes y científicos.

La revista contiene también un amplio artículo con el título Building a Future on Science (Construyendo un futuro en la ciencia), en el cual se describe detalladamente el notable trabajo conjunto de investigadores, tecnólogos y altas autoridades de Brasil, así como la gran inversión de fondos públicos y donativos privados para crear una impresionante red de polos de desarrollo científico, verdaderas ciudades de la ciencia.

¿En qué se basa el plan brasileño? La idea surge de dos preguntas esenciales: ¿cómo mejorar la calidad de vida de los millones de ciudadanos, hasta ahora excluidos de la gran riqueza del país? y ¿cómo incorporar a estos ciudadanos, particularmente a los jóvenes, a la nueva sociedad del conocimiento, convirtiéndolos en pensadores críticos y creativos, capaces de ayudar a resolver los retos de una sociedad democrática?

La respuesta de Lula y su equipo de científicos ha sido contundente. Además de emprender acciones para mejorar el nivel general de los maestros y establecer una evaluación nacional confiable, el Plan para el Desarrollo de la Educación invertirá más de 10 mil millones de dólares adicionales para la educación, proveyendo fondos para la creación de Institutos Federales de Educación, Ciencia y Tecnología: red de 354 instituciones dedicadas a la enseñanza de la ciencia y la tecnología a estudiantes de secundaria, así como al entrenamiento de nuevos maestros en estas áreas. En el año de 2003, un grupo de científicos brasileños, liderados por el doctor Miguel Nicolelis, decidió establecer en la ciudad de Natal, al noreste del país, un instituto dedicado a utilizar la ciencia como agente de cambio económico y social, en una región particularmente pobre de Brasil. Esta institución ha establecido como prioridad el desarrollo de un programa de educación científica para jóvenes que incluye hoy a más de mil niños provenientes de algunos de los distritos de peor desempeño académico en el país. Con base en esta experiencia han unido esfuerzos con el gobierno federal, la Universidad Federal do Rio Grande do Norte y otras instituciones, para lanzar una iniciativa a escala nacional: el Programa Alberto Santos-Dumont para la Educación Científica de los Niños. La meta de este proyecto es involucrar a un millón de niños del sistema de educación pública nacional en el programa más extenso y moderno sobre ciencia y tecnología en la historia de Brasil. Como dicen el presidente Lula y los otros autores de la nota, al decidir diseminar la educación de alto nivel y, en particular, la educación científica a lo largo y ancho de su territorio, “Brasil está enviando un mensaje claro y fuerte a sus ciudadanos y a la comunidad internacional: este gigante del trópico ha despertado finalmente. Un brillante futuro inicia para los brasileños”.

Desesperante pasividad

En contraste, el gigante latinoamericano del norte, nuestro querido país, se mantiene dormido, en una apacible y desesperante pasividad. El apoyo (medido como fracción del producto interno bruto) a la ciencia y la tecnología nacionales se mantiene a niveles por debajo, inclusive, de países pequeños y pobres. El diálogo entre el gobierno, los órganos legislativos y la comunidad científica y tecnológica es mínimo, casi inexistente. Parecería que estamos ineludiblemente atrapados en visiones de corto alcance y que nuestra perspectiva es la de la miopía y la falta de imaginación. A pesar de esporádicos encuentros entre los órganos de gobierno y los científicos mexicanos –representados, entre otros, por la Academia Mexicana de Ciencias, el Foro Consultivo Científico y Tecnológico y el Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República–, éstos se debaten por encontrar a verdaderos interlocutores y hacerse presentes en la toma de decisiones y la planeación de la vida nacional. Las universidades públicas y el sistema científico son frecuentemente vistos como gastos innecesarios y no como los interlocutores naturales ante los retos del progreso y el desarrollo. Nuestro sistema de educación básica, a pesar de importantes inversiones, navega a la deriva y no ha logrado superar sus carencias, mientras nuestra cultura científica y tecnológica no aparece en el mapa de nuestras prioridades ni alcanza un nivel significativo en la conciencia nacional.

Brasil y México son hoy países comparables, con grandes riquezas y potencialidades, aunadas a enormes desigualdades sociales. Sin embargo Brasil, a diferencia de México, ha asumido ya que el futuro requiere una educación de alto nivel y del desarrollo de una cultura científica propia, emprendiendo un vasto y visionario programa que promueva la innovación y el conocimiento y apoyando, sobre todo, a sus niños. Es urgente seguir el ejemplo brasileño e impulsar proyectos en que la comunidad científica y tecnológica de México y los responsables del gobierno promuevan con firmeza una educación científica crítica y creativa, e impulsen el talento de los niños, nuestro recurso natural más importante. El talento que no aprovechamos equivale a millones de niños que jamás tendrán la oportunidad de conocer y desarrollar sus capacidades y contribuir al desarrollo de nuestro país. Es necesario ofrecerles herramientas, motivación y apoyo, además de propiciar condiciones favorables para el desarrollo de sus habilidades. El futuro está en nuestras manos.

*Director del Instituto de Ciencias Nucleares, Universidad Nacional Autónoma de México.

 
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