Directora General: CARMEN LIRA SAADE
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Domingo 24 de febrero de 2008 Num: 677

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W. G. Sebald, El viajero y el tiempo

Esther Andradi


Foto: Nicki Gostan

En tiempos de velocidad extrema, el escritor W. G. Sebald hizo un culto del caminante. “Caminante, no hay camino” , parece decir con Machado, mientras sus personajes atraviesan las ruinas de Europa. Malogrado tempranamente, en lo mejor de su carrera literaria, aclamado por la crítica en francés, en español y en inglés, cuando Susan Sontag lo catalogaba ya como el futuro Nobel alemán y su novela Austerlitz era bestseller en Londres, Sebald se moría. Fue el 14 de diciembre de 2001, al sufrir un infarto mientras conducía, muy cerca de su casa en Norwich, en la costa este de Inglaterra donde residía desde hacía casi treinta años. Terminaba así, abruptamente, la vida de Sebald, para quien la escritura era una forma de recordar. “Los muertos siempre me han interesado más que los vivos escribió. Los cementerios me han atraído desde niño, y no creo que sea morbosidad. Lo que a mí me interesa es de qué personas se trataba, y en ello también tienen que ver las ideas. Recordar a los muertos nos distingue de los animales.”

La obra de Sebald posee la atracción de un imán. Una vez en ella es imposible desprenderse. Y se anhelan esos párrafos largos, muchas veces sin puntos ni comas, esa escritura como el relato inabarcable de los sueños, las páginas interrumpidas de tanto en tanto con fotos en blanco y negro, muchas tomadas por el autor mismo, o rescatadas de alguna postal antigua, o reproduciendo su pasaporte alemán, como en su libro Vértigo. Lectores de todo el mundo y en idiomas diversos se largan a recorrer los caminos de los protagonistas de uno de sus libros más impactantes, Los emigrados, buscando la realidad y la ficción en su literatura, otros peregrinan a las iglesias descifrando los altares que el escritor inmortalizó en su poema rudimentario “Del natural”, o andan por París detrás de los pasos de Austerlitz, ese hombre que deambula por Europa en busca de sus raíces arrancadas y que da el nombre a su última novela. En los jardines de la Universidad de Norwich, sus ex alumnos han inaugurado un espacio de arbustos en forma de círculos en una mención directa a su libro Los anillos de Saturno. Y en Wertach, en la Algovia alemana donde nació, un sendero lleva su nombre, recordando el recorrido de uno de los capítulos de su libro Vértigo.

LA ALGOVIA

Wertach es un pequeño pueblito de unos dos mil 500 habitantes en la Algovia alemana, rodeado de prados de prístina belleza y ondulantes colinas que se estiran como felinos a los pies de los Alpes. En este paraíso para caminantes y esquiadores, que bien podría ilustrar una postal para Heimat, esa intraducible palabra alemana que sintetiza hogar, terruño, pago chico y hasta país, según se la utilice, nació en mayo de 1944 el escritor W. G. Sebald. “Soy un resultado del nazismo” decía, refiriéndose amargamente a ese nombre –Winfried George– que detestaba y por eso prefería llamarse con su tercer apelativo, Maximiliano, y ni siquiera completo, apenas Max. Su padre era oficial de la Wehrmacht y por eso la familia abandonó pronto el pequeño pueblo para instalarse en Sonthofen, donde había una importante guarnición militar construida por los nazis –y que aún existe, ahora de la Bundeswehr. Una lástima mudarse, iba a separarse del abuelo, “la persona que más amaba por sobre todas las cosas”, según confiesa en sus escritos, porque con él aprendió a descubrir la naturaleza en infinitas caminatas siendo pequeño.

Tras la capitulación alemana en 1945, el padre fue prisionero de guerra de los franceses y liberado recién en 1947, para continuar poco más tarde la carrera militar en la Bundeswehr, las Fuerzas Armadas de Alemania Occidental. Ese padre era poco o nada conocido por sus hijos, W. G. y sus dos hermanas. El escritor recuerda esa presencia extraña, la forma de rasurarle el pelo, la navaja tan cerca de la nuca, y después, ya siendo mayor, cuando vio por primera vez las pinturas de Judith y Holofernes comprendió su pánico de niño. A sus cinco años, escribe w. g. , seguía sin acostumbrarse a ese personaje “empleado” en Sonthofen, a quien veía sólo los fines de semana. Nunca llegó a entenderse bien con él, y nadie más lejos de aquel hombre de carrera castrense que este hijo cuyo primer entusiasmo era la lectura. Siendo niño, Sebald se impresionó tanto al ver las ruinas de Munich durante un viaje, que la visión de esa ciudad bombardeada cubrió de sombras el idílico paisaje natal y marcó el fin de la infancia. La naturaleza de la destrucción, las ruinas como tatuajes de la depredación humana y la reconstrucción de las ciudades como forma del olvido no van a abandonarlo en el futuro.

 NORWICH

A fines de los cincuenta, cuando Alemania estaba en pleno milagro económico, los humeantes escombros habían sido sustituidos por ciudades renovadas y luminosas, y la ense ñ anza de historia terminaba con la primera guerra mundial, Sebald comenzaba sus estudios de Germanística en Friburgo, en la Selva Negra. Entonces tomó contacto con el filósofo Adorno –acaban de publicarse un intercambio de correspondencia de ese período–, con las ideas de Marcuse y el Juicio de Francfort contra criminales del campo de concentración de Auschwitz, el proceso más importante de la postguerra alemana, llevado a cabo casi veinte años después de la capitulación. Desde entonces la crítica a su país, a esa Alemania próspera y parcialmente amnésica, lo acompañó toda su vida. Tal vez por eso decidió partir. Prosiguió sus estudios en Suiza, y a los veintiún años le llegó una propuesta de docencia en Manchester, Inglaterra. Por primera vez conoció emigrados judío-alemanes, obligados a exiliarse para no morir y aquellos a quienes el milagro alemán había excluido de la mesa de invitados. Leyó entonces a Peter Weiss, judío-alemán refugiado en Suecia, y a Jean Amery, sobreviviente de Auschwitz, y se identificó definitivamente con las víctimas. Poco después obtuvo la cátedra de Literaturas Europeas en la Universidad de Norwich en la costa este de Inglaterra. Y se quedó.


Foto: Christian Scholz

Casi veinte años más tarde, inició una intensa carrera literaria, siempre en su lengua materna, y expresó la memoria de un siglo en relatos que no pretendían encerrar la audacia de un experimentador, sino expresar el tono de la lengua hablada. Sus libros registraban una sorprendente erudición, en ellos reunió ensayo, documentación, ficción, hallazgos de la ciencia, la historia, la filosofía. Nunca se sabe si sus personajes son verdaderos o ficticios y ni siquiera si ese narrador llamado W. G. Sebald es el escritor o un homónimo, todo está en cuestión, al borde de la realidad pero siempre verosímil. Su lenguaje, que puede enloquecer a sus traductores por la diversidad de temas y detalles que suele contener un mismo fragmento, lleva la marca del escritor que vive en otra lengua: ninguna palabra es inocente. El poeta alemán Hans Magnus Ennzensberger, el primero en editar al compatriota emigrado, relata así su encuentro con esta escritura:

Cuando tuve en mis manos por primera vez el manuscrito de Vértigo no podía creer lo que leía. Era una maravilla que alguien pudiese escribir así, era alemán, sin duda, pero un alemán diferente, fuera del tiempo... y quise más. Y lo publiqué en la colección La otra biblioteca y así lo di a conocer en Alemania.

Pero fue en idioma inglés, traducido bajo su supervisión, donde la obra de Sebald se consagró definitivamente. En el año 2000, la escritora Susan Sontag escribió en The Times:

Vértigo, la tercera novela de Sebald traducida al inglés, fue el punto de partida. Apareció en alemán en 1990, cuando su autor tenía 46 años; tres años después vino Los emigrados; dos años más tarde Los anillos de Saturno. Cuando Los emigrados se tradujo al inglés en 1996, la aclamación lindó con la reverencia. Ahí estaba un escritor magistral, maduro.

En 2001 su novela Austerlitz, la historia de ese hombre que deambula por Europa en busca de sus raíces arrancadas, desaparecidas y exterminadas en un campo de concentración, batió récords de venta en inglés, francés, español. Sólo Alemania le seguía siendo esquiva.

IL RITORNO IN PATRIA

En su libro Vértigo, las historias de caminantes se cruzan. El escritor Stendhal atraviesa los Alpes con el ejército napoleónico, Kafka rehuye su compromiso matrimonial trepándose a un autobús y el mismo Sebald, de regreso de un viaje a Italia, decide retornar al lugar de su infancia y del pasado nazi, donde provienen sus personajes de Los emigrados. Se trata del capítulo Il ritorno in patria.

Era una tarde de noviembre cuando un ómnibus lo depositó en Oberjoch, el puesto fronterizo con Austria, y desde ahí comenzó el descenso a pie, unos doscientos metros pasando por paisajes diferentes: el Tolbe con su belleza salvaje, la capilla de Grumbach al pie de la montaña, inaugurando la planicie entonces cubierta de nieve, y más tarde el río Wertach, irrumpiendo con toda su velocidad en la bajada, y a medida que iba caminando lo azotaba el frío

y la niebla en el descenso a la cueva oscura del origen, y el paisaje idílico se rasgaba desde el horror de las víctimas y la indiferencia de los que todo lo ignoran.

En noviembre de 2004, poco antes de cumplirse el tercer aniversario de su muerte, la comuna de Wertach inauguró el sendero que lleva su nombre, un recorrido de unos doce kilómetros que atraviesa montañas, valles, pastos de un verde insuperable y un río encañonado. En julio pasado decidí emprender ese camino con el poema de Sebald “Del natural” en la mochila y una cámara de fotos desechable, hecha en México, que compré por siete euros en el pueblo con la ilusión de registrar imágenes que fueran a su vez pausas en este recorrido, de la misma manera que el escritor propone en sus libros. El taxista que me llevaba a la frontera con Austria, donde comienza el sendero, se llamaba Seenfelder y nació en 1934.

–Ah, sí, claro que lo conocí –me cuenta–, la familia Sebald vivió en la planta alta de nuestra casa hasta que se mudaron a Sonthofen. Pero él era mucho menor que yo, así que no tengo muchos recuerdos.

–¿Lo ha leído? –pregunto.

–Sí –afirma con orgullo, y el dialecto de la Algovia pone un sonido especial a sus palabras–, aunque hay que leer varias veces la misma frase para entenderlo, ¿no?, leer y pensar, y dejarse llevar por ese pensamiento, se necesitan muchos días, ¿ no es cierto?, para saber qué significa cada párrafo. Y así da gusto leer.

Es julio y soleado, la capillita de Grumbach huele a nardos, es peque ñ a, aquí (según cuenta Sebald) se refugió de la nevada, y aquí vio las crueldades que un pintor poco talentoso dejó estampadas en el Viacrucis ; ahora un grupo de chicos juega en las cercanías y la capilla está recientemente renovada, tan blanca que encandila. ¿Cuántas veces necesita volver el viajero para retornar de veras? Frente a la belleza zumbante del entorno, a lo largo del recorrido, parece emerger con luz irresistible la huella de los personajes de esa región que no pudieron volver, y que Sebald registró en ese idioma donde la palabra migrar tiene la misma raíz que caminar: Wandern .

LA MEMORIA

Durante sus viajes, el narrador Sebald creyó reconocer al poeta Dante refugiado de incógnito en Viena, en un vaporetto en Venecia le pareció ver a Ludwig II de Baviera, y estuvo seguro que viajó junto a Kafka en el autobús. A mí me pasó lo mismo. Buscando sus huellas, encontré a Sebald en diferentes momentos de su vida. En la criatura que observaba las lápidas del cementerio de Wertach frente a la gigantesca estatua de un soldado, en memoria “a los muertos por la patria” durante la primera guerra mundial, en el joven viajero en la estación de tren con un libro en las manos y ese bigote indagador, en el hombre que ascendía por la montaña junto a esa niña, su hija, con un bastón para afirmarse, el sombrero en la mano y esa digna actitud de quien no es de ninguna parte, de quien no sabe dónde estará mañana.

“Al final/ sólo quedarán/ los que quepan sentados/ alrededor de un tambor” predijo Sebald en su libro póstumo llamado paradójicamente Sin contar. Sin drama y sin grito, con una serenidad cercana a la meditación, mientras revela las ruinas del siglo, el dolor de los árboles quemados y la amnesia de las ciudades, su literatura traspasa los estragos del tiempo. Haciendo memoria.