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Dylan, en el papel de Dylan, recreó toda una época en el Auditorio

Luis Hernández Navarro

Ampliar la imagen Bob Dylan anoche, durante su presentación en el Auditorio Nacional; a sus 66 años parece no envejecer, o más bien, que entre más edad tiene más joven es Bob Dylan anoche, durante su presentación en el Auditorio Nacional; a sus 66 años parece no envejecer, o más bien, que entre más edad tiene más joven es Foto: Fernando Aceves

Subió al estrado del Auditorio Nacional sin los guantes de box que un día antes se puso en el gimnasio Nuevo Jordán mientras le pegaba a la pera y al costal. En esta ocasión el director de cine Quentin Tarantino no tuvo que sufrir sus jabs. Llevaba sí, su guitarra.

Atrás quedaron los consejos del gran pugilista Jack Dempsey a Bob Dylan: “Estás muy flaco para ser peso pesado. Tendrás que ganar unos kilos, vestir algo mejor, que se te vea más elegante… Aunque no es que vayas a necesitar mucha ropa en el cuadrilátero. No tengas miedo de atizarle muy fuerte a nadie.”

Y la aclaración de Lou Levy, su promotor musical: “No es boxeador, Jack, es cantante…”

A juzgar por su apariencia esta noche, Bob Dylan, el músico, no el hombre del cuadrilátero, el autor de piezas sobre boxeadores como ¿Quién mató a Davey Moore? y Huracán, el intérprete de El boxeador, le hizo algo de caso a Dempsey: ha embarnecido un poco (aunque no lo suficiente para ser peso pesado), se ve más elegante y golpea fuerte a los fantasmas del desamor y la injusticia.

Sí, la noche de hoy, enfundado en un traje negro con botonadura de metal y raya roja en el costado de los pantalones de casimir, es un hombre refinado. Lo es a pesar del sombrero con el que cubre su cabeza. Sus compañeros de banda también lo son. Vestidos de traje y sombrero gris y camisa negra bien podrían pasar por una banda de gánsteres estilo Chicago en tiempos de Al Capone.

Sí, y también golpea fuerte con su música. Arranca el concierto con una clásica, Rainy day women, del disco Blonde on Blonde, grabado en 1966. Y con su clásica voz nasal, Dylan dice: “Bien, te apedrearán cuando intentes ser bueno/ pero yo no me sentiría tan solo/ todo el mundo debería ser apedreado”.

Es la estación México. Infatigable productor de conciertos, a 20 años de su Gira Interminable, ha vuelto a parar en el Distrito Federal. Han pasado casi 17 años desde entonces, cuando un primero de marzo se presentó, también vestido de negro, en el Palacio de los Deportes. Los Lobos, el grupo telonero, se habían robado la noche, y el público respondió mal a Dylan. Pero este 26 de febrero la historia es distinta, y el respetable se le entrega de lleno nada más sonar los primeros acordes de la primera pieza de la noche.

Parco, deja hablar a su música

No hay novedad en esta ocasión. Como es su costumbre, el artista casi no se dirige al público. Más allá de sus rolas no emite una sola palabra. No introduce sus canciones. Es apenas hasta el final que presenta a sus músicos. Por supuesto, apenas y se despide. Alguna vez explicó su porqué. “La gente dice que nunca hablo en mis conciertos. ¿Pero qué hay para decir? Esa no es la razón por la que un artista se planta frente al público. Un artista está allí con un propósito diferente”.

Casi ni se mueve. Está concentrado en lo que hace. Frente a la guitarra en las primeras tres piezas, o tocando el piano en todas las demás, apenas y camina. No trata de agradar al público. Es él y su música. “Mis canciones no son otra cosa que yo hablando conmigo mismo”, dijo en alguna ocasión. Es él y sus letras nacidas del blues, del folk y de la poesía moderna. Es él y sus canciones escritas a golpes de sueños e imágenes. Es Dylan en el papel de Dylan. Es el artista que no se parece a ningún otro.

Será por el box o por la música, pero a sus 66 años parece que Dylan no envejece. O más bien, que cuantos más años tiene, más joven es. Eso, a pesar de que Eric Clapton decía que era lo más viejo que un hombre joven puede ser. O, precisamente por eso. Pero ahora, hace apenas un par de años, declaró sentirse “apenas a mitad de camino”. Quizás por ello, esta noche atraviesa las distintas épocas de su discografía de la misma manera en la que atraviesa los géneros musicales.

Su interpretación es convincente. Su voz, su música, sus canciones tienen la garra, el poderío, la agresividad, la fuerza, la rabia de siempre. Su voz, áspera y rugosa, que en ocasiones es apenas un murmullo, da cuenta del torbellino interior que alimenta sus letras.

Reinventa su obra en cada acorde y en cada estrofa

Una pieza tras otra, el poeta despliega su repertorio. Clásicas como It ain´t me babe, Watching the river flow, Masters of war, The leeve’s gonna break son las cartas de la baraja que abre. Y, como si no le bastara una producción musical de 50 discos y más de 800 canciones, reinventa su obra en cada acorde y en cada estrofa, y toca y canta sin parecerse jamás a sus grabaciones de estudio. Híbrido en su manera de interpretar, cambia las armonías, el ritmo y los acordes de sus composiciones hasta hacerlas irreconocibles o, al menos, difíciles de identificar. Las convierte en piezas nuevas.

Convertido el rock en un fenómeno transgeneracional, pueden verse esta noche en el Auditorio a padres e hijos juntos. Abunda entre los asistentes una larga colección de cincuentones nuevamente ilusionados, que parecen haber invertido la máxima de los años 60 y ahora son ellos los que desconfían de todo aquel que tenga menos de 30. Están allí, también, los hippieiberos. Disfrutan del espectáculo, sobre todo quienes se encuentran en los asientos de arriba.

Esta noche, la gran bestia del rock and roll (Chuck Berry dixit), el discípulo aventajado de Rimbaud, llama a las puertas del cielo y demuestra que sigue siendo una cascada de sensibilidad beat, folk, blues, dadá, soul, surrealista (todas juntas y bien revueltas), un poeta cuyas letras resuenan más allá de sus canciones, un cronista expresivo y generoso de la sensibilidad finisecular, un artista del trapecio musical.

Pero es, además, en un país de habla hispana y con una vocalización que hace difícil la comprensión de lo que canta hasta para sus mismos paisanos, un artista que interpreta también para quienes no necesariamente comprenden sus canciones. Su modo de hacerlo parece ser tan importante como lo que dice. El mismo John Lennon lo reconocía así cuando decía: “No hace falta oír lo que dice Bob Dylan, lo importante es cómo lo dice”.

Acompañado por un grupo bien compactado y eficaz, atento en todo momento al camino que Dylan dicta, el concierto recorre una amplia gama de la obra del poeta, mezclando temas recientes y antiguos. En medio de un escenario sobrio, con una pequeña escultura sobre uno de los amplificadores y una estrella de ocho picos en el piso, la tocada comienza a las 8:40 para terminar casi dos horas más tarde.

El combate culmina formalmente con Como una piedra rodante, la historia de la aristócrata que se enrolla con un vagabundo y conoce la vida verdadera en la calle, la rola que la revista precisamente tiulada Rolling Stone ubicó como la mejor del mundo entre una lista de 500, la que el artista compuso después de decidirse a abandonar todo, la que marcó el final de las pretensiones del músico como novelista, la que hizo decir a Bruce Springsteen que Dylan había liberado la mente como Elvis había liberado al cuerpo, la que desbarató las referencias de lo que era posible hacer en cuatro versos y un coro. “¿Qué se siente/ qué se siente/ al estar sin un hogar/ como una completa desconocida/ como una piedra rodante?”, pregunta el poeta al aire.

Y la multitud responde como se responde a un himno. Emocionada, de pie, entonando el estribillo de la canción, chocando sus manos al ritmo de la música, para estallar eufórica y reclamar una pieza más y otra y otra.

Finalmente el cartero Dylan (“Yo no soy lo que importa. Lo que importa son las canciones. Yo soy apenas el cartero. Yo soy el que entrega las canciones”, declaró en alguna ocasión), termina por terminar tal y como había comenzado, echando mano de una clásica. Cuántos caminos debe un hombre andar/ para que lo tengan por hombre?/ ¿Cuántos mares debe surcar una blanca paloma/ para poder descansar en la arena?/ ¿Cuánto tiempo seguirán silbando las balas de cañón/ antes de ser proscritas para siempre?”, pregunta, con un ritmo extraño, irreconocible. Para luego responder, como tantas otras veces lo ha hecho: “La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento”. En ese momento la campana suena. A pesar de los aplausos que demandan otra canción, el combate ha terminado.

 
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