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Isocronías

Ricardo Yáñez

El cacharro y la Vía Láctea

Una vez conocí a un campesino que, me dijeron, cantaba muy bonito –y tal vez tocaba algún instrumento, no recuerdo cuál, pero no, o no sobre todo, la guitarra. El amigo que me llevó a su casa, en Ciudad Guzmán, elogió mucho al grupo con el que se reunía. “Vieras qué bien suenan…” Preguntamos al respecto. –No, eso lo dejamos hace bastante. Como lo que nos importaba era, sí, la música, pero más que nada platicar, estar a gusto, pues compramos un tocadiscos y se acabó.

A: –¿Por qué, con lo que me gustan los teatros, no voy nunca a los teatros?

B: –Porque exponen, se te imponen.

En una película, acaso no muy buena, pero él estaba en el zapping, no lo supo, alguien dijo: –La vida es tan mala maestra que cuando niños nos enseña de modo demasiado lento y cuando viejos tan exageradamente de prisa.

–Y cuando jóvenes –se le ocurrió algo en vano completar al que veía–, cuando nada queremos aprender, tan según eso a tiempo.

La gestión cultural, la gesticulación cultural.

Ese sinsentido tenía sentido. Lo siento. Y no puedo explicarlo.

“Es extraño que todas las cosas que aluden a un esplendor no puedan ser poseídas por sí mismas, sino a través de una metáfora, de una sustancia desplazante que se lanza a otro espacio de lo real como un pájaro vivo”. La cita anterior procede del libro Hablar de la poesía, de Fina García Marruz, publicado por Letras Cubanas hace ya más de 20 años. El libro lo compré en la calle, tan deteriorado que tuve que mandarlo encuadernar. Cuando pensaba que ya me había tardado en recogerlo me suceden dos cosas: la una que de Argentina me traen un ejemplar de la revista Hablar de Poesía, en cuya presentación me encuentro esta nada despreciable anotación de Simone Weil: “La inspiración es una tensión de las facultades del alma que hace posible el grado de atención indispensable a la composición en planos múltiples. El que no sea capaz de una atención semejante recibirá un día esta capacidad si se obstina con humildad, perseverancia y paciencia, y si se siente impulsado por un deseo inalterable y violento. Si no es presa de tal deseo no es indispensable que haga versos”. La otra, que me regalan de la poeta insular la antología de ensayos Como el que dice siempre, preparada por Adolfo Castañón para DGE Ediciones y la Universidad Nacional Autónoma de México, “analecta” que en sus primeras páginas reproduce precisamente el ensayo Hablar de la poesía, del cual cómo eludir: “Nunca he sentido la belleza como algo que puedan tener o no tener las cosas sino como su esencia constante sosteniéndolas…” o, más adelante, estos dos fragmentos de un mismo párrafo: “No se debiera tener ‘una’ poética. En la poética personal debieran entrar todas las otras poéticas posibles. Que el sinsonte y ‘el divino doctor’ no se recelen mutuamente” (…) “El realismo verdadero debiera abarcar el sueño y el no-sueño, lo que tiene un fin y lo que no tiene ninguno, el cacharro doméstico y la Vía Láctea.”

 
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