Usted está aquí: viernes 29 de febrero de 2008 Cultura Se cumple hoy el centenario de Balthus, “eremita de la luz”

El arte como esplendor único

La publicación de dos joyas literarias enmarca la conmemoración del pintor francés

Se cumple hoy el centenario de Balthus, “eremita de la luz”

Arribarán a México la novela Cumbres borrascosas y el libro Mitsou, ilustrados por el artista

Su obra fue definida por el poeta René Char como “el verbo en el tesoro del silencio”

Muchos críticos intentaron, sin éxito, descifrar la “rareza” de sus lienzos y dibujos

Mónica Mateos-Vega

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Ampliar la imagen Dos de las ilustraciones creadas por Balthus para el libro Mitsou, que el artista francés, nacido el 29 de febrero de 1908, hizo al alimón con el poeta checo Rainer Maria Rilke, en el verano de 1921, reproducidas aquí con la autorización de Ediciones Artemisa, de España Dos de las ilustraciones creadas por Balthus para el libro Mitsou, que el artista francés, nacido el 29 de febrero de 1908, hizo al alimón con el poeta checo Rainer Maria Rilke, en el verano de 1921, reproducidas aquí con la autorización de Ediciones Artemisa, de España

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Ampliar la imagen Dibujos de Balthus, realizados por el artista en 1933, para ilustrar una edición de la novela Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, la cual es la primera versión en español que las incluye y circulará en México publicada por el sello independiente Artemisa, de España Dibujos de Balthus, realizados por el artista en 1933, para ilustrar una edición de la novela Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, la cual es la primera versión en español que las incluye y circulará en México publicada por el sello independiente Artemisa, de España

Dos joyas literarias están por arribar a México: una edición de la novela Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, que reproduce, por vez primera en un título en español, las ilustraciones que para esa obra realizó Balthus en 1933, y Mitsou, el libro que el gran pintor francés hizo cuando tenía 12 años de edad, en colaboración con el poeta Rainer Maria Rilke.

Editadas por la casa independiente Artemisa, cuya sede se encuentra en las islas Canarias, en España, ambas publicaciones enmarcan la celebración por el centenario del natalicio del artista (29 de febrero), quien concibió la pintura como una música interior.

“Hoy día se desconocen las virtudes milenarias del silencio y el trabajo, del diálogo secreto y profundo con lo invisible, que para mí también es lo divino, y esa reconstrucción aparente en el lienzo que viene de muy lejos, de un lugar muy antiguo”, escribió Balthus en sus memorias.

Ocho de las ilustraciones que realizó para Cumbres borrascosas fueron publicadas por primera vez dos años más tarde, en el número siete de la revista surrealista Minotauro. En total son 15 dibujos, además de 11 estudios preparatorios. Si bien Balthus no ilustró todos los capítulos de la novela, puede decirse que en estos trazos se encuentra el germen de gran parte de la producción madura del artista.

La infancia como estado esencial

Lo mismo sucede en Mitsou, obra que realizó al alimón con Rilke en el verano de 1921. El libro narra la historia de un gato perdido, ilustrada por el pintor, con prefacio del poeta, que era amante de la madre de Balthus.

La editorial Artemisa, coordinada por Marian Montesdeoca y Ulises Ramos, lanzó en 2007 ese título inédito hasta entonces en España, en edición de Juan Andrés García Román, enriquecido con la correspondencia que Rilke dirigió a Balthus, en la cual le aconsejaba, entre otros temas, cómo celebrar sus cumpleaños: “Hace muchos años conocí a un escritor inglés, Mr. Blackwood, que en una de sus novelas aventura una hipótesis muy seductora: pretende que en la medianoche se produce siempre una hendidura minúscula entre el día que acaba y el que comienza y que, si una persona hábil se las arreglara para deslizarse dentro de esa hendidura, saldría del tiempo y se encontraría en un reino independiente de todas las mudanzas que nosotros soportamos; en ese lugar se encuentran reunidas todas las cosas que hemos perdido. (Mitsou, por ejemplo, los muñecos rotos de los niños, etcétera, etcétera.)

“Su cumpleaños se encuentra allí escondido y sale a la luz... ¡sólo cada cuatro años! (Imagino una exposición de cumpleaños en la que el cumpleaños de otros se comparase con el suyo, siendo este último tratado con esmero y sacado del almacén sólo tras largos periodos.) Mr. Blackwood, si no me equivoco, da a esta hendidura nocturna y secreta el nombre de ‘Crac’: ahora bien, por no disgustar a su querida madre y a Pierre, le aconsejo no desaparecer en ella, sino contemplar tal lugar tan sólo durante el sueño.

“Su aniversario –estoy segu-ro– se encuentra muy cerca de allí, lo encontraréis a la primera, y es posible que tenga la oportunidad de entrever algunos otros esplendores más.

“Al despertar el primero de marzo se encontrará rodeado de aquellos admirables y misteriosos recuerdos y, en lugar de que sea dada una fiesta para usted, será usted mismo generosamente quien la dé a los otros, al relatarles sus turbadoras impresiones y al describirles la naturaleza maravillosa de su raro cumpleaños, ausente, pero intacto y de la mejor calidad.”

Las 40 viñetas que diseñó el jovencito Balthus son “de una originalidad y una actualidad asombrosas, mientras Rilke escribió un breve pero intensísimo prefacio en que pondría palabra a la historia figurativa y plástica del pintor.

Mitsou puede parecer infantil, tal vez hasta naïf, pero hay que tener presente la importancia que la idea de la infancia tiene en la obra de ambos genios: la infancia como ‘estadio esencial’”, señalan los editores.

Admirado por Breton y Picasso

Balthasar Klossowski de Rola nació un 29 de febrero de 1908. Reducido a “pintor erótico” por quienes conocen superficialmente su obra, Balthus fue hijo de Erich Klossowski, un destacado historiador de arte, y de Elisabeth Dorothea Spiro (conocida como Baladine Klossowska), integrante de la elite cultural de París. El hermano mayor del pintor, Pierre Klossowski, fue un filósofo influenciado por los escritos del Marqués de Sade.

Balthus empezó a pintar siendo adolescente y su trabajo fue admirado por escritores como André Breton, Albert Camus y por colegas como Pablo Picasso. Su círculo de amigos en París incluía al novelista Pierre-Jean Jouve, los fotógrafos Josef Breitenbach y Man Ray, el dramaturgo Antonin Artaud, así como los pintores André Derain, Joan Miró y Alberto Giacometti, con quienes protagonizó enriquecedores intercambios de ideas.

Pasó la mayor parte de su vida en Francia. En 1953 se mudó al castillo de Chassy, casa veraniega donde maduró su estilo y vieron la luz algunas de sus obras maestras, como El cuarto, influenciada por las novelas de su hermano, y La calle, pintura que hoy forma parte del acervo del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

En 1964 se instaló en Roma, donde fue nombrado presidente de la Academia Francesa en esa ciudad. Ahí trabó amistad con el realizador de cine Federico Fellini y con el pintor Renato Guttuso.

Entre 1961 y 1978 fue consejero especial de André Malraux, entonces ministro de Cultura en el gobierno de Charles de Gaulle.

De su primer matrimonio, con la suiza Antoinette von Wattenwyl, Balthus procreó dos hijos, Stachou y Thadée. En 1967 contrajo segundas nupcias con una japonesa 35 años menor que él e hija de una familia de samuráis.

En 1977 se trasladó a Rossinière, Suiza, donde radicó hasta su muerte (ocurrida el 18 de febrero de 2001), con su segunda esposa, Setsuko, también pintora.

Balthus fue el único artista que en vida tuvo obras en el acervo del Museo del Lou-vre, la mayoría provenientes de la colección privada de Picasso, donada a ese recinto.

Sus pocas pinturas vendidas alcanzaron los precios más altos para artistas vivos: hasta 2 millones de dólares en subasta. El resto forma parte de diversos museos de arte en Estados Unidos, Francia, Suiza, Gran Bretaña y Japón.

El Museo de Arte Moderno de la ciudad de México exhibió hace algunos años un estudio al óleo para su obra El sueño.

En 2003 Setsuko echó a andar la Fundación Balthus, con sede en Suiza, que se ha encargado, desde entonces, de promover la obra del artista por el mundo.

La hipocresía de Estados Unidos

Balthus tachaba a Estados Unidos de hipócrita, al igual que a los críticos por opinar erróneamente acerca de sus pinturas de niñas (en nuestro país, a la hora de su muerte, se le asoció de manera irreflexiva con Lewis Carroll).

“Realmente no entiendo la incapacidad de la gente para captar las diferencias esenciales entre erotismo o sexualidad y pornografía. Por ejemplo, la industria publicitaria es pornográfica, especialmente la de Estados Unidos, donde se ve a una jovencita poniéndose un producto de belleza en la piel como si tuviera un orgasmo”, explicaba Balthus.

“Inmoral”, “escandaloso” y “perverso” fueron algunos de los adjetivos de quienes intentaron, sin éxito, descifrar la “rareza” en la obra de Balthus.

El diario The New York Times recordó, con motivo de la muerte del pintor, que artistas serios como Bruce Nauman, Wayne Thiebaud y Roy Lichtenstein “apreciaron la delicada elegancia de la obra de Balthus, más enigmática que explícita”.

El “legado estadunidense” de Balthus, añadía el crítico de arte Michael Kimmelman, “es una ilustración de nuestro propio puritanismo e hipocresía cultural en los que estamos envueltos. Como muchos europeos, Balthus encontró ridícula la creencia estadunidense de que el arte es una ocupación moral”.

Preferencia por el anonimato

Admirado por las escenografías que realizó en Francia para obras de Shakespeare, Camus y la ópera de Mozart Cosi Fan Tutte, Balthus escribió en sus memorias: “pintar es salir de ti mismo, olvidarte, preferir el anonimato y correr el riesgo, a veces, de no estar de acuerdo con tu siglo y con los tuyos”.

Animado por ese espíritu, produjo unos 300 lienzos e innumerables dibujos, obra definida por el poeta René Char como “el verbo en el tesoro del silencio”.

En Balthus, afirmaba su amigo Fellini, el tiempo es inalterable. Quizá por ello al pintor le gustaba jugar con su edad: nació en año bisiesto, justo el 29 de febrero, por lo cual afirmaba, poco antes de morir, ser veinteañero, pues sólo cada cuatrienio sumaba un año a su cuerpo y mil a su espíritu: “nací en el siglo XX, pero pertenezco mucho más al XIX”, decía.

Hoy, a un siglo de su llegada a este mundo, recordamos al “gran señor luciferino”, el “eremita de la luz”, quien hasta el último día cumplió su palabra: “Si me retirara de la pintura, sería como retirarme de la vida, del esplendor único, de la belleza a la que Dios me ha enviado”.

 
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