Usted está aquí: jueves 6 de marzo de 2008 Cultura Bibliotecas

Margo Glantz

Bibliotecas

Entre libros, bellamente editado por Landucci, con fotografías de Héctor Velasco Facio, muestra bibliotecas mexicanas de particulares, maravillosas y funcionales, muchas; otras, parte de la decoración de una casa. “Cuando estaba en segundo de primaria, empecé a comprar libros”, confiesa Carlos Monsiváis; Alí Chumacero explica que, “cuando era muy niño y apenas sabía leer, ya me informaba de lo que pasaba en el mundo a través de los periódicos. Leía los muñequitos, caricaturas, noticias sencillas, pero ya tenía mucho que ver con la letra impresa”.

Para hacer una biblioteca se requiere la pasión y la paciencia del coleccionista y una devoción de polígrafo, la pulsión ineludible de comprar libros, inoculada desde la infancia o desde la juventud. José Luis Martínez, gran amigo, recientemente fallecido, dice con elocuencia y precisión en la entrevista que le hizo la autora del libro, Corina Armella de Fernández Castelló: “Recuerdo en particular la venta que organizó la editorial Porrúa, en abril de 1940, de los despojos de la biblioteca de don Joaquín García Icazbalceta –se decía entonces–, y de estos libros que se instalaron en un patio anexo a la librería, se publicó un Catálogo de libros mexicanos, quizá reunido por otro gran bibliófilo (quizá Felipe Teixidor); ese gran catálogo es como un paraíso perdido para los amantes de nuestra literatura e historia. Todos los libros existentes que eran importantes estuvieron en esta venta a precios que hoy nos parecerían increíbles: 22 códices; el Kingsborough, Antiquities of Mexico, 9 vols, 15 mil pesos; los 18 volúmenes de la Colección Cultura, mil 500 pesos, la primera edición de Bernal Díaz, Historia verdadera... Madrid 1632, 2 mil 100 pesos, los 10 tomos del Diccionario Universal de Historia y Geografía, 1853-1856, 850 pesos; los cuatro volúmenes de la edición de Del Paso y Troncoso de papeles sahaguntinos, Madrid, 1905- 1907, 800 pesos , y la primera edición del Vocabulario de lengua castellana y mexicana, 1571, de Alfonso de Molina, 2 mil pesos. Me limité a comprar veintitantos tomos de los estudios literarios de Saint Beuve y alguna minucia mexicana. Y si yo hubiera decidido conseguir 5mil pesos prestados, habría comprado maravillas valiosas”.

Su enorme e indispensable biblioteca, una de las más completas y bien organizadas de literatura mexicana, consta de alrededor de 50 mil volúmenes perfectamente ordenados y catalogados. Y pronto pasará, entera, a una sala de Palacio Nacional, dato que me provoca ciertas inquietudes: ¿qué biliotecarios especializados la mantendrán viva y qué tipo de público podrá consultarla? ¿Será dispersada o será un adorno para que las autoridades actuales presuman de su inexistente cultura? Hubiésemos preferido que el Estado hubiese comprado la casa de José Luis y conservado la biblioteca en las perfectas condiciones en las que él la dejó. Una biblioteca devotamente coleccionada como muchas otras en el pasado, pero que, como la Sor Juana, la de Sigüenza y Góngora o la del mismo Icazbalceta, esenciales para la historia de México, acabaron repartidas y vendidas como “despojos”; otro ejemplo, la de don Julio Torri, amante del erotismo, cuyo acervo fue despedazado y mal vendido hasta que Julieta Campos y Enrique González Pedrero compraron lo que quedaba, aún valioso, para el acervo de la biblioteca de Villahermosa.

Estos datos nos llevan a considerar el problema de las bibliotecas tanto públicas como privadas en un país donde estas últimas son escasas o se construyen para gloria y orgullo de un presidente corrupto y ágrafo, como lo demuestra flagrantemente la muy malfamada Biblioteca Vasconcelos, fraude que debe investigarse a fondo; sí, este país que suele vender sus más valiosas colecciones a bibliotecas estadunidenses y en el que quienes tienen la pasión por la cultura se ven obligados a construir su propia biblioteca. Reitero, coleccionadas con paciencia y desvelo, deberían, como la de José Luis, mantenerse completas y en el recinto que su dueño les construyó, como un deber del Estado, para que las sostenga y ofrezca esas colecciones a los investigadores o simples lectores que quieran utilizarlas, como ha sucedido con la extraordinaria biblioteca de Andrés Henestrosa entregada a Oaxaca. Consideración importante en un momento de grave crisis para la educación en el país, cuando nuestras máximas autoridades piensan que la gestión de la cultura y la educación deben manejarse como si se tratase de un simple partido de futbol.

 
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