Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 9 de marzo de 2008 Num: 679

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HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El diccionario de
los que no están

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Eurídice
SATAVROS VAVOÚRIS

Sandor Marai y el
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SERGIO A. LÓPEZ RIVERA

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El diccionario de los que no están

Gabriela Valenzuela Navarrete


Ilustración de Huidobro

A estas alturas, ¿qué se puede decir del Diccionario crítico de la literatura mexicana de Christopher Domínguez Michael que no se haya dicho ya? ¿Que está incompleto? Cierto. ¿Que es parcial y hasta tendencioso? Cierto también. Mi título es más que obvio: es el diccionario de los que no están.

La primera noticia que tuve del diccionario vino de una colega (escritora ella) que impartía antes que yo el curso de narrativa mexicana contemporánea enfocado a alumnos de creación literaria, es decir, futuros escritores. El diccionario parecía ser el libro de texto perfecto para el curso, pues abarca prácticamente las mismas décadas: de 1950 a la actualidad. La mía es una lista arbitraria, por supuesto, y para nada exhaustiva: no puedo abarcar sesenta años de narrativa mexicana en cuatro meses. Sin embargo, otro es el problema: de setenta cuentistas y novelistas incluidos en la lista del curso sólo veinticinco aparecen en el diccionario.

“La verdad es que me ocupé de que aparecieran todos los novelistas, los poetas y los ensayistas mexicanos cuya lectura me ha impresionado a lo largo de 25 años como crítico literario”, dice Domínguez Michael en su prólogo. ¿Qué hay entonces con la obra de poetas como Hugo Gutiérrez Vega, Marco Antonio Campos o Héctor Carreto, o de cuentistas como Mónica Lavín, Rosina Conde o Rosa Beltrán, si sólo basta abrir una antología de poesía o de cuento para toparnos con sus nombres? ¿O novelistas como David Martín del Campo o Eugenio Aguirre que publican al menos una novela nueva al año? ¿Significa que a pesar de escribir tanto no han escrito un solo texto que llame la atención? No es que deban gustarle a la fuerza; es que como crítico literario tiene la obligación de por lo menos reconocer la trascendencia de esas obras.

Si bien no debe dictar qué leer, un “diccionario crítico” sí debe ser una especie de mapa de la historia literaria para guiar a lectores menos avezados, como mis alumnos de creación. ¿Cómo puedo recomendarles la lectura de un libro que olímpicamente ignora a decenas de nombres importantes para quienes aspiran a ser escritores? ¿Qué tipo de poetas, cuentistas o novelistas van a ser si no saben quiénes los precedieron?

La realidad es que el afán totalizador nunca funciona bien; de hecho, es quizá el mayor pecado del crítico si intenta llevarlo a cabo en solitario. Harold Bloom levantó ámpula con su famoso Canon occidental, pero él mismo justifica sus limitaciones: se puede escribir un libro sobre veintiséis autores, pero no sobre cuatrocientos. Domínguez Michael también afirma en el prólogo que lo que hace es una antología personal. ¿Por qué no presentarla entonces así y no con el pomposo nombre de “Diccionario”? De ser una antología se le habría colocado junto con los numerosos estudios similares en los que nos apoyamos los críticos, pero un diccionario inmediatamente suele colocarse por encima de todos pues se asume como una voz más autorizada… Lástima que éste no tiene con qué sostenerse arriba.