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Carlos Martínez García

Entre Bimbo y las FARC

Mala metodología, y peor ideología, es hacer normativa la experiencia personal. De nueva cuenta se han desatado los expertos súbitos en un tema informativo, quienes sentencian sin pruebas y hacen generalizaciones para descalificar a una institución educativa, la UNAM, mucho más compleja que los esquemas reduccionistas hechos por aquellos pretendidos eruditos.

En el asunto de estudiantes unamitas presentes en un campamento de las FARC-EP en territorio ecuatoriano, y bombardeado por comandos del ejército colombiano, han salido varios críticos a señalar lo ominoso de que en Ciudad Universitaria existan reductos ultras que simpatizan con la organización guerrillera. Al respecto quiero dejar claro que no comparto en absoluto la causa de las armas, soy decidido partidario de los medios pacíficos y democráticos para transformar a las sociedades. Dicho esto me parece necesario hacer un ejercicio reflexivo sobre las razones de que un muy reducido grupo, comparado con los miles que conforman la comunidad de la UNAM, decida embarcarse en apoyar causas como las que dicen representar las FARC. Sobre todo cuando ha quedado claro que tal grupo recurre a formas de lucha más cercanas a lo delictivo que a la búsqueda de justicia social.

Los salmistas de la libre empresa han aprovechado el incidente mencionado para descalificar tajantemente el estudio que de disciplinas humanísticas se realiza en la UNAM, particularmente en la Facultad de Filosofía y Letras. Tomo el caso del columnista de negocios Carlos Mota, de Milenio, como ejemplo de epítetos lanzados sin bases más allá de sus pareceres. En su escrito “¿Quién quiere estudiar filosofía en la UNAM?” (Milenio Diario, 6/3/08) empieza por preguntar si los egresados de Filosofía y Letras o de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM podrían ser contratados en empresas como Unilever, Nokia, Sony o Cemex. Primera anomalía: según el pontificador, si los egresados de las facultades citadas no anhelan laborar o no son contratados por los conglomerados empresariales que él dice, entonces, automáticamente son sospechosos o fracasados dignos de consideración. Pero no mucha, porque todavía no cotiza en la Bolsa. All you need is a job, but only in the top ten companies.

Acto seguido universaliza su vasta experiencia compartiendo su sabiduría en los recintos de la máxima casa de estudios: “Durante la única conferencia que dicté en uno de los auditorios de la UNAM, años atrás, recuerdo que los estudiantes me escuchaban con cara de no entiendo nada, como si les estuviera hablando de otro planeta. Yo les hablaba de liderazgo empresarial, y les puse ejemplos de Bimbo o Sabritas. Yo he dado clases por años, y no tengo problema para comunicarme en un lenguaje claro con quien no domina la materia de negocios. El problema estaba del otro lado”. Conclusión ontológica: si no tienes como aspiración de vida seguir el modelo de liderazgo del gurú Mota, acude a un sicoanalista para que te ayude a enderezar tu existencia. To be or not to be in Bimbo or Sabritas, that is the question.

Los paradigmas de Carlos Mota, Bimbo y Sabritas, son muestras que debería sacar a relucir con más cuidado. En el primer caso nada más recordamos que fue el propietario del Osito Bimbo, Lorenzo Servitje, quien en 1997 recurrió al chantaje de cancelar publicidad de su empresa a Canal 40 si éste transmitía un programa –hoy punto de referencia para el periodismo de investigación televisivo– en el que se denunciaba la pederastia del fundador de los Legionarios de Cristo: el padre Marcial Maciel. ¡Viva la libertad de empresa, pero no la libertad de expresión! Católico ultraconservador, los dineros de Lorenzo Servitje han financiado proyectos de altos clérigos y organizaciones católicas que buscan revertir la historia y quitarle el carácter laico al Estado mexicano.

En lo que toca a Sabritas, quedó bien demostrado que todo se vale para vender más. ¿Cómo olvidar la campaña, cúspide de la mercadotecnia, las papas del Papa? En su última visita a México (¿o fue en la penúltima?) los genios publicitarios vendieron por millones bolsas de papitas con la fotografía de Juan Pablo II, con la complicidad contractual de conspicuos integrantes del Episcopado mexicano. Lección: si una persona o acto no se puede comercializar, bien merecido tiene el limbo existencial. El problema no fue el bombardeo al campamento de las FARC, sino que sus perpetradores olvidaron buscar patrocinadores para transmitirlo en vivo, o subirlo a You Tube.

Para el dispensador de consejos empresariales “el problema está en la intención profesional con la que egresan varios jóvenes de esas facultades. Quieren romper el mundo, no construirlo”. ¿Y la intención profesional de camadas de egresados del Tecnológico de Monterrey, la Universidad Anáhuac, la Iberoamericana, et al., de hacer negocios a toda costa? ¿Acaso no han dejado ya abundantes constancias de que a su llegada a gobiernos municipales, estatales y federal se han servido de ellos para hacer jugosos negocios y perpetrado corruptelas?

Aprovecho para sugerir a Carlos Mota que indague sobre la intención profesional con la que formaron al empresario/político Juan Camilo Mouriño la Universidad de Tampa, Florida, donde estudió economía, y la Universidad Autónoma de Campeche, que le otorgó una maestría en finanzas. ¿Será que ahí le enseñaron a medrar económicamente al amparo de negocios faltos de ética?

 
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