Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 16 de marzo de 2008 Num: 680

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La música en el aire
JOAQUÍN BORGES TRIANA

De la dramaturgia al teatro
ESTHER SUÁREZ DURÁN

La danza y los bailarines
ISMAEL ALBELO

Una mirada al cine
ENRIQUE COLINA

La diversidad poética
ALEX FLEITES

El desánimo narrativo
ARTURO ARANGO

Arte cubano: mercado, mutación y diversidad
RAFAEL ACOSTA DE ARRIBA

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Ana García Bergua

Llegadas a puerto

Muchas grandes ciudades se encuentran junto al mar. Sus puertos enormes son, también, ciudades de barcos. Las ciudades portuarias parecen desafiar de manera permanente a una naturaleza que no siempre está domesticada. En las ciudades mediterráneas, el mar parece un telón de fondo azul, la mascota dormida junto al sillón que pocas veces despierta. En cambio, en el norte el mar es una amenaza, una bestia capaz de desencadenar pasiones desbordadas. Los puertos son también una metáfora del estancamiento, el bochorno y la podredumbre moral: prostíbulos, refugio de marineros sin barco o de maleantes. La vida en un puerto tiene siempre algo de provisional, de alegre y aterrador. De algunos libros con puerto extraje unas citas que hablan de este carácter mutable, de hombres y de dioses.

Ítaca es algo así como el puerto originario, del que parte y al que retorna Ulises y con él todos nosotros. Todos tenemos nuestra Ítaca. En La Odisea dice: “En el país de Ítaca hay un antiguo puerto, abrigado de los vientos y las olas por dos escarpados promontorios, donde las embarcaciones pueden anclar sin necesidad de amarras. A la entrada del puerto crece un olivo de abundante follaje, cerca de atrayente gruta, resguardo del sol, donde las ninfas o náyades se entretienen en tejer maravillosos paños que luego tiñen con púrpura marina. También brotan ahí manantiales de agua perenne. La gruta tiene dos entradas: la una del lado del Bóreas, por donde pasan los mortales; la otra del lado del Noto, reservada a los dioses.”

Por su lado, Drácula llega al alegre puerto de Whitby en Yorkshire, encarnando al mal en la novela de Bram Stoker. La goleta guiada por dos cadáveres –el vampiro y el capitán muerto amarrado al timón– fondea en aquel lugar precedido por enormes olas que se elevan por encima de las montañas: “ Unas masas de niebla marina comenzaron a invadir la tierra, nubes blancas y húmedas que avanzaron de manera fantasmal, tan húmedas, vaporosas y frías que se necesitaba sólo un pequeño esfuerzo de la imaginación para pensar que los espíritus de aquellos perdidos en el mar estaban tocando a sus cofrades vivientes con las viscosas manos de la muerte”

Otra llegada a puerto es la del estudiante Karl Rossman en América, de Kafka. Desde el barco, la mirada del narrador nos ofrece esta descripción de la fauna de barcos que anima el gran muelle de Nueva York: “Entretanto, la vida portuaria proseguía ante las ventanas; pasó un barco de carga, chato, con una montaña de barriles que debían estar amontonados milagrosamente, pues no comenzaba a rodar, y su paso casi sumió el cuarto en plena oscuridad. Pequeñas lanchas de motor, que Karl hubiera querido mirar detenidamente si hubiese tenido tiempo, se deslizaban fragosas y en líneas rigurosamente rectas, obedeciendo a contracciones de las manos de un hombre erguido frente al timón…Botes de los vapores transatlánticos avanzaban al remo, con sus marineros dedicados a esa ardua tarea, repletos de pasajeros, sentados tales como se les había metido allí, sin hablar y llenos de expectación, aunque algunos no podían dejar de girar sus cabezas para contemplar el panorama cambiante. ¡Agitación sin término, inquietud porque el elemento inquieto transfería a los desamparados seres humanos y a sus obras!”

Ese tránsito portuario alcanza una de sus expresiones más profundas en El extranjero, la gran novela de Albert Camus que transcurre en Argel. Mersault, su protagonista, es un hombre que vive a la intemperie en sentido estricto, es decir, sujeto a sus sensaciones más inmediatas, símbolo de la ausencia de un asidero moral. El puerto aparece ante Mersault como su vida anterior, como la línea que cruzó un poco inadvertidamente y que lo aparta de los hombres como el muelle lo hace con el mar: “Al salir del Palacio de Justicia para subir al coche, reconocí por un breve momento el olor y el color de la tarde de verano. En la oscuridad de mi prisión móvil, volví a encontrar uno a uno, como desde el fondo de mi cansancio, todos los ruidos familiares de una ciudad que amaba y de una cierta hora en que solía sentirme contento. El grito de los vendedores de periódicos en el aire ya sosegado, los últimos pájaros en la plazoleta, el reclamo de los mercaderes de bocadillos, el lamento de los tranvías en los altos virajes de la ciudad y este rumor del cielo antes de que la noche caiga sobre el puerto, todo recomponía para mí un itinerario de ciego, que conocía perfectamente antes de entrar en la cárcel.”