Usted está aquí: domingo 23 de marzo de 2008 Política Recordar a Cárdenas

Rolando Cordera Campos

Recordar a Cárdenas

Recordar a Cárdenas es traer al presente lecciones de firmeza y coraje que desde este presente continuo parecen fantasías. Distorsionar su memoria, como buscan hacerlo para acomodar sus dichos a las más groseras estrategias de venta, no tendrá mas resultado que un rebajamiento mayor de nuestra pobre política constitucional, acosada por la fiebre utilitaria y las maniobras de distracción y confusión a que se dan entusiasmados priístas en fuga y expertos a la orden.

Sin duda falta norte estratégico, y no sólo en el frente de la energía. Como ocurría en aquellos años 30, cuando la Revolución quería bajarse del caballo y las masas no veían por dónde ni con quién. De aquí también la grandeza del general y los suyos, que no se doblaron ante la posibilidad de las cañoneras ni cedieron al chantaje de los regios y lo que quedaba de oligarcas. Como lo relata espléndidamente Alberto Enríquez en Nexos (0308), la serenidad y la convicción se impusieron en toda la línea y el país encontró nuevos espacios para la esperanza y la cooperación. Se pudo, entonces, imaginar una patria más o menos segura y promisoria, orgullosa de sus tradiciones y recursos.

No hay un mapa para recuperar aquella trayectoria que a pesar del autoritarismo presidencial que se afirmó con Alemán prometía un gradual mejoramiento material y cultural. En aquellos años la capilaridad social era creíble, aunque difícil de concretar, porque lo que se había impuesto era un circuito de ascenso individual mediado por la política corporativa, dependiente de mecanismos de selección verticales y en extremo concentrados. Eran los tiempos del progreso económico con estabilidad financiera, así como de la pax priísta, cuyos dignatarios veían como inconmovible.

Poco duró esta eternidad. Más pronto que tarde la inestabilidad se apoderó de la política y de los políticos, que no supieron sino golpear y matar cuando en 1968 los propios herederos de la proeza del desarrollo estabilizador dieron el primer aldabonazo de la necesidad del cambio. Por su parte, la economía mostraba ya enormes fisuras e inconclusiones en su estructura, que le impedían acomodarse oportuna y eficazmente a las tormentas que anunciaban el advenimiento de lo que hoy llamamos la globalización.

Con mas arrogancia que prestancia, Luis Echeverría y José López Portillo buscaron atajos para sortear el vendaval sin poner en riesgo la estructura del poder post revolucionario, pero no fortalecieron en tiempo y forma ni las capacidades productivas, que se asfixiaban en la dependencia y el endeudamiento, ni la política, que reclamaba democracia y un gobierno dispuesto a la deliberación como forma de construir consensos. Todo se lo llevó el remolino de la deuda externa, al calor del cual se nacionalizó la banca, pero se hizo evidente la debilidad del Estado que no supo lidiar con un Fondo Monetario Internacional convertido en agresivo cobrador de la deuda, ni enfilar la economía hacia unas reparaciones cruciales para surcar el mar revuelto de las grandes transformaciones de los años 90.

Sacando fuerzas de flaqueza, la sociedad inventó caminos de resistencia sin ruptura, mientras lo que quedaba de institucionalidad política era puesto al servicio de un ajuste draconiano y, luego, de un cambio estructural que prometía una pronta globalización y un seguro cambio de rumbo para crecer mejor y sin tanto sobresalto.

La política, todavía bajo el formato presidencialista autoritario pero ya en su primera pluralidad, y el petróleo, convertido en poderosa maquinaria productora de bienes y de dólares, ganancias y recursos fiscales providenciales, conformaron la columna vertebral de esa operación de salvamento y reconversión que pronto mostró sus propias debilidades conceptuales, morales, y de estructura. En 1994-1995 topamos con la violencia política, en Chiapas y Lomas Taurinas, y con la social, con el desempleo abierto más grande de la historia y el abandono en masa, o casi, de los empresarios, tanto de la economía productiva como del territorio nacional. Tras de ellos vendrían los millones de la emigración al norte, cada día más joven, instruida, urbana, hasta prefigurar la desbandada nacional. El amontonamiento a la mitad del túnel.

Política y petróleo, plural la primera con el colapso del priísmo, multimodal el segundo, al volverse el soporte principal del Estado famélico y, todavía, la inspiración de las mil y una noches, la cueva de Alí Baba, o la isla del tesoro, de las elites vueltas remedo oligárquico: mala hora para festejar modernidades mal concebidas. Buen momento, para recordar y aprender de Cárdenas, el valiente presidente mexicano que se atrevió a decidir por México y arriesgó su propio pellejo pero no jugó con la confianza ni el valor de los mexicanos, sino que contribuyó a que ambos se volvieran, por un buen tiempo, patrimonio de todos.

Ahora todo cambió y el tiempo aparece nublado. Podemos aspirar a que el horizonte se abra. Como nos lo enseñó el general que supo esperar, mostrar la razón y la justicia de sus actos, convencer y aprovechar como mago el tiempo apretado de las crisis y las guerras. Como podríamos hacerlo nosotros, con más edad, recursos y experiencia que la que Cárdenas tenía. Hay petróleo, pero falta la política buena.

 
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