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Centenario de un gigante universal

■ Lamenta su nieto el desinterés de la burocracia cultural hacia la obra del también muralista

Jorge González Camarena, el pintor de la historia de México

■ Sus trabajos son reconocidos en otros países, como Chile, Italia y Bulgaria

■ Hoy será recordado, a 100 años de su nacimiento, en una sencilla ceremonia a realizarse en el IPN

Mónica Mateos-Vega

Ampliar la imagen Jorge González Camarena habla durante la inauguración del mural Liberación, que se encuentra en el Palacio de Bellas Artes, en 1959 Jorge González Camarena habla durante la inauguración del mural Liberación, que se encuentra en el Palacio de Bellas Artes, en 1959 Foto: Archivo Marcel González Camarena

Ampliar la imagen Fragmento del mural Presencia de América Latina, pintado en la universidad de la ciudad de Concepción, en Chile Fragmento del mural Presencia de América Latina, pintado en la universidad de la ciudad de Concepción, en Chile Foto: Archivo Marcel González Camarena

Ampliar la imagen El artista de niño El artista de niño Foto: Archivo Marcel González Camarena

Ampliar la imagen González Camarena durante la realización del mural mencionado González Camarena durante la realización del mural mencionado Foto: Archivo Marcel González Camarena

Ampliar la imagen Marcel González Camarena confía en que la historia le dará el lugar que se merece a la obra de su abuelo Marcel González Camarena confía en que la historia le dará el lugar que se merece a la obra de su abuelo Foto: Carlos Cisneros

La historia de México, sus raíces e imaginario nunca fueron tan majestuosos como cuando los retrató Jorge González Camarena, uno de los grandes pintores que ha dado el país, tan genial como su gran amigo Diego Rivera, pero sin el reconocimiento mundial de éste.

Hoy lunes 24 de marzo se cumplen cien años del nacimiento del artista, quien dedicó casi toda su vida al muralismo, la pintura de caballete (más de 2 mil piezas) y la escultura, sobre todo para narrar, mediante su obra, la época que le tocó vivir, “con un profundo compromiso nacional”, como él mismo explicó al recibir el Premio Nacional de Artes en 1970.

No obstante la gran relevancia del legado del pintor jalisciense, éste padece la indiferencia oficial: “si viviéramos en otra época sería distinto, pero a la actual burocracia cultural la obra de mi abuelo simplemente no le interesa o ni la conocen”, explica Marcel, el nieto mayor de González Camarena.

Es por ello que el homenaje para celebrar el centenario del natalicio del artista no será hoy, como correspondería a su gran talento, en el Palacio de Bellas Artes, donde se encuentra su espléndido mural Liberación, en el cual plasma que el hombre sólo puede librarse de sus ataduras por medio del conocimiento, sino en una sencilla ceremonia organizada por el Instituto Politécnico Nacional (IPN), que exhibe en sus muros Alegoría de la ciencia y la tierra.

Jorge González Camarena nació el 24 de marzo de 1908 en Guadalajara, Jalisco, donde residían sus padres, Arturo González y Sara Camarena, originarios de Arandas, quienes inculcaron en su familia el amor y el respeto por la riqueza cultural del país.

Tuvo siete hermanos, entre ellos Guillermo (el inventor de la televisión a color y con quien frecuentemente se confunde al muralista).

Desde niño, Coque (como lo llamó siempre con afecto su nieto Marcel) se sintió atraído por el arte. Sus primeros trabajos los realizó tallando guijarros hasta darles la forma que quería, moldeando arcilla que cocía en un horno construido por él mismo o bien dibujando tiras cómicas protagonizadas por personajes de su invención, los Chiquinitos, las cuales vendía a sus compañeros de la escuela.

Cuando la familia González Camarena se mudó a la ciudad de México, el maestro de pintura de la primaria donde estudiaba Jorge, el pintor Francisco Zenteno, reconoció sus dotes artísticas y le aconsejó ingresar a la Academia de San Carlos.

Así fue como, a los 14 años, el muchacho comenzó a asistir a la institución donde pronto se convirtió en ayudante de Gerardo Murillo, Dr. Atl, al tiempo que demostró su interés por defender al gremio artístico. Promovió el movimiento estudiantil para llevar a Diego Rivera a la dirección de San Carlos, y formó parte del consejo de maestros y alumnos para formular un plan de estudios más avanzado.

En 1929, a los 21 años, cuando se perfilaba ya como el gran artista que llegó a ser, comenzó a escribir y dibujar para publicaciones como Revista de Revistas y Nuestro México. Al mismo tiempo, realizaba sus primeras investigaciones sobre arte prehispánico y popular, elementos que formaron parte esencial de su composición plástica.

En 1932 fue comisionado para restaurar los frescos del siglo XVI del convento de Huejotzingo, Puebla, donde radicó durante dos años.

“Tras redescubrir los frescos del convento franciscano, publicó un estudio sobre el resultado de sus investigaciones en la Revista Futuro, descubriendo que en esos muros trabajó el último pintor azteca y primer artista mexicano Marcos Cipactli, quien, como demostró mi abuelo, también pintó el lienzo original de la Virgen de Guadalupe, desmintiendo así su origen sobrenatural”, explica, en entrevista con La Jornada, Marcel González Camarena.

Así como preparaba sus pinturas con pigmentos naturales, inspirado en las técnicas de los tlacuilos del México antiguo, el pintor fue un apasionado de la música, “se incorporó tanto a la vida cotidiana de Huejotzingo, que inclusive se integró a la orquesta del pueblo, un cuarteto de música prehispánica, tocando la chirimía. Ahí comenzó a estudiar también el pensamiento mágico y las tradiciones de los antiguos mexicanos”.

En 1939, el artista pintó su primer mural, Alegoría de Zimapán, en el hotel Fundición, de Zimapán, Hidalgo. Poco más tarde, realizó uno de sus mejores trabajos, el Díptico de la vida, mural compuesto por dos tableros, pintado en el edificio Guardiola, de la ciudad de México.

Esta obra causó polémica, ya que González Camarena representó el tema de la vida con un hombre y una mujer desnudos, “dueños de la fuerza cósmica que respira la humanidad”, decía.

En defensa de la obra, recuerda Marcel, “Salvador Novo comentó ‘no es si son morales o inmorales, sino si son murales o inmurales’. Finalmente, el temblor de 1957 le causó pequeñas grietas al edificio, pretexto suficiente para que las autoridades decidieran destruir la obra”.

González Camarena es autor de obras como La erupción del Xitle, mural al óleo-cera que se ubica en el museo de sitio de la zona arqueológica de Cuicuilco, en el Distrito Federal; el bajorrelieve policromado en piedra, mosaico y pintura de hule realizado en el muro exterior de la Casa de Estudios del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, “que hoy es el símbolo de esa escuela y se reproduce incluso en los anillos de sus graduados”; así como del impresionante mural Belisario Domínguez, de 130 metros cuadrados, pintado al óleo en el plafón, y los tres muros del cubo de la escalera del edificio del Senado de la República.

El artista también trabajó en la fachada del edificio que ocupó Televicentro, ahí realizó una obra de 900 metros cuadrados, titulada Frisos de la televisión, a base de relieves escultóricos en cemento policromado con incrustaciones de cerámica, mismos que tras las remodelaciones de Televisa fueron destruidos.

En 1950 hizo otra de sus grandes obras en el edificio del Instituto Mexicano del Seguro Social de Paseo de la Reforma: en el vestíbulo pintó el mural México, con técnica a la vinilita, donde representa la construcción de nuestro país. Además, en la entrada principal realizó dos grupos escultóricos, El Trabajo y Maternidad.

En el Museo Nacional de Antropología pintó el mural en acrílico Las Razas, que se utilizó para imprimir, el 12 de octubre de 1992, un sello postal en conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América.

Su obra muralística cruzó fronteras: en la universidad de la ciudad de Concepción, en Chile, está Presencia de América Latina, obra hecha en 300 metros cuadrados que se reprodujo en una estampilla postal que conmemoró el 75 aniversario de esa casa de estudios y que, en un certamen realizado en Viena en 1996, fue premiado como “el más hermoso del mundo”.

En 1978, dos años antes de morir, realizó su último mural: Trilogía de Saltillo, pintado en el cubo de la escalera principal del edificio de la Presidencia Municipal de Saltillo, Coahuila.

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México también debe a González Camarena la salvación del fuerte de San Juan de Ulúa, en Veracruz. En 1953 pretendían destruirlo para construir en su lugar unas bodegas y un muelle.

En esa época el maestro se encontraba pintando Águila en Vuelo, mural al óleo de 250 metros cuadrados realizado sobre el plafón del edificio del Banco de México, “al saber del atentado que se pretendía cometer, con gran conciencia cultural, fundó el Comité Pro Defensa y Restauración del Castillo de San Juan de Ulúa, y gracias al apoyo de distinguidos veracruzanos, logró salvar ese patrimonio nacional”, señala su nieto.

El 23 de junio de 1966 González Camarena se convirtió en miembro titular del Seminario de Cultura Mexicana. Además, gracias a un concurso en el que resultó triunfador, realizó la representación pictórica del retrato escultórico de Michelangelo Buonarotti, obra que se encuentra en la casa natal del artista italiano en Caprese. Por este retrato, el gobierno de Italia le otorgó al pintor mexicano la condecoración al Mérito en Grado de Commendatore della Republica.

A finales de los años 70, el gobierno de México le encargó a González Camarena un obsequio para el pueblo búlgaro, un San Jorge. El maestro fue invitado a Bulgaria a develar el cuadro, y las autoridades de ese país, encantadas con el cuadro, le ofrecieron realizar una exposición itinerante que recorrería varios países durante un año, comenzando por su capital Sofía, y concluyendo en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

“Pero la colección personal de mi abuelo era de apenas cinco pinturas, pues todo lo vendía. Le compraban hasta los lienzos en blanco, le preguntaban, ‘maestro, ¿qué va a pintar en esa tela?’, él decía, ‘no sé’, y le respondían, ‘pues lo que sea se lo compro, no importa cuando lo termine’.

“Para la exposición en Bulgaria, sabedor de que los coleccionistas no prestan sus cuadros por tanto tiempo, propuso que le diera un año para preparar una colección personal. Durante el último año de su vida, a marchas forzadas, produjo cerca de 80 cuadros, considerados por él como lo más representativo de su obra.

“Desafortunadamente para el pueblo mexicano y para el mundo la exposición itinerante nunca se realizó: mi abuelo murió el 24 de mayo de 1980 debido a un derrame cerebral. Fue velado en el Palacio de las Bellas Artes, donde se le rindió un homenaje nacional de cuerpo presente. Sus restos reposan en la cripta familiar en el panteón de Dolores, nunca hemos querido que se le traslade a la Rotonda de las Personas Ilustres, aunque nos lo han solicitado en diversas ocasiones.

“Jorge González Camarena fue, antes que un gran artista, un hombre sencillo. Nunca buscó la fama, aunque mantuvo relación con todos los políticos de la época, siempre pensó que sólo le quitaban el tiempo y que eran unos hipócritas. Por eso decía que toda la historia estaba manipulada y quería plasmar en sus murales lo que consideraba la verdad.

“Disfrutaba, por ejemplo, sentarse en un ladrillo a comer con un albañil porque le gustaba mucho la compañía de la gente humilde, decía que era más honesta, más auténtica”, señala Marcel.

La obra que González Camarena pintó durante el último año de su vida se repartió entre su familia, como él lo dispuso en su testamento, luego de ganar un pleito legal de 13 años con el crítico Antonio Luna Arroyo, quien involucró a la Universidad Nacional Autónoma de México para pelear 22 cuadros.

La mayor parte de sus trabajos de caballete se encuentran en colecciones privadas, tanto nacionales como extranjeras (por ejemplo, el museo Soumaya, o el acervo del empresario estadunidense Henry Ford).

Algunos de sus cuadros también se encuentran en el Museo de Arte Moderno y se sabe que uno de sus grandes coleccionistas fue el ex presidente José López Portillo.

A cien años de su nacimiento, hay muchos pendientes para que su legado sea conocido y apreciado, en primera instancia, en esta tierra que retrató con pasión y esplendor: “la historia se encargará de darle el lugar que le corresponde, quien vea su obra sabrá por qué, de eso no tengo la menor duda”, concluye Marcel.

 
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