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Isocronías

Ricardo Yáñez

■ Finezas de lo agreste

Lo agreste hermana. La frase es de Ricardo Baldor, uno de los organizadores del festival artístico de Navachiste. Y así es. En esa mezcla de romería, turismo ecológico (con sus bemoles, pero asimismo sus cuidados) y cultural, de vacaciones y alejamiento (parcial, pero efectivo) del mundanal ruido, con su (así fuere mínima, e incluso involuntaria) dosis de contemplación, ciertamente se crea un sentimiento de fraternidad, cuando no de cofradía: se sabe (o se siente) uno en el secreto, aunque difícilmente se sepa de qué secreto se trata.

Acaso, mejor aún (pero hay que poner atención en ese acaso), se reconozca uno en el misterio, formando a ojos vistas parte ineluctable de él. La palabra misterio, claro, suena siempre un poco tatatachán. No va por ahí. Y desde luego que la claridad del mismo, del misterio, no depende de los visitantes, proviene del paisaje. Bueno, claro que depende de los visitantes, en cuanto se dejan ser por el paisaje.

Tal ocurrió por ejemplo con Vladimir Bendixen y su fídula (instrumento medieval entre la viola y el violín) cuando como si nada se puso a tocar con los pies metidos en el agua ante una cámara televisiva e hizo que se nos olvidara la cámara y sintiéramos la fuerza de la quietud de la vastedad de la bahía, de modo que hasta los gritos de unos niños, el ruido de una piedra al hundirse entre el pausado oleaje, formaban parte de la música… que formaba parte de la música visual y sonora del paisaje.

Así ocurrió cuando un albañil, me dijeron (lo escuché de lejos, íbamos en un paseo ya programado rumbo a la Isla de los Pájaros), recitó de memoria los dos primeros cantos de La Ilíada.

Después sabría que desde la secundaria se había entusiasmado, enamorado, dicho mejor, de esa obra, y que ahorró para irse a recorrer los lugares en ella mencionados. Noble y rudo el sonido de su voz, de los versos, ponía su magia definitiva (magia suena algo new age, cierto, pero era magia) sobre la estela de la panga o lancha en que nos alejábamos, sobre las piedrecillas de la orilla, sobre las arenas, en el aire del sol de mediodía. Lo agreste hermana.

La música, las hogueras, el silencio también. Y el viento, que nocturno puso su dramatismo uno o dos días sobre las tiendas de campaña. Y los jejenes, que esta vez no abundaron, y las estrellas, que a pesar de la contundente luna, sí.

 
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