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José Cueli

Mal de archivo

En su libro Mal de archivo: una impresión freudiana, Jacques Derrida aborda el tema de la escritura, asunto de archivo. Huella, impresión, traza..., para él, mal de archivo. Derrida aborda esa problemática mediante un diálogo exegético con el sicoanálisis. Temática cuyo análisis abre con una frase contundente:

“Los desastres que marcan este fin de milenio son también archivos del mal: disimulados o destruidos, prohibidos, desviados, ‘reprimidos’ (...) Nunca se renuncia, en el inconsciente mismo, a apropiarse de un poder sobre el documento, sobre su posesión, su retención o su interpretación.”

Hace un llamado al sicoanálisis para una revolución (al menos potencial) en la problemática del archivo. Incita a hacer una distinción entre el archivo y aquello a lo que se ha reducido la experiencia de la memoria y el retorno al origen, la búsqueda del tiempo perdido.

Empieza por ubicar el archivo y, tras él, el arconte (ar-kheion). Archivo como la espera sin horizonte de espera, la impaciencia absoluta de un deseo de memoria, que inútilmente intentamos apresar ignorando la fugacidad del instante, y más aún, archivo que se torna un Mal de archivo, sin duda un síntoma, un sufrimiento, una pasión, aquello en lo que se inserta el mal radical.

El archivo como violencia archivadora, a la vez instituyente y conservador. Archivo, según Derrida, económico en este doble sentido: guarda, pone en reserva, ahorra, mas de un modo no natural, es decir, haciendo la ley (nomos) o haciendo respetar la ley.

El léxico freudiano insiste, entonces, sobre una cierta tecnología “impresora” de la archivación (Eindruck, druck, drucken) y nos confía su sentimiento acerca de esta inversión excesiva y en el fondo gratuita en un archivo que quizá sea inútil (alusión a un párrafo de El malestar en la cultura, donde Freud dice que quizá ha desperdiciado mucha tinta y mucho papel para no decir algo nuevo).

Esto, según Derrida, es un asunto de captatio benevolente; ya que inmediatamente después Freud sugiere que esta archivación no sería tan vana y de pura pérdida; en esta hipótesis aparecerá lo que tiene que aparecer, una tesis irresistible, la posibilidad de una perversión radical, justamente la diabólica pulsión de muerte, de agresión, de destrucción. Pulsión de destrucción de la economía o más bien en la aneconomía síquica, en la parte maldita de ese gasto en pura pérdida.

Al final de cuentas otro nombre para Ananké, la necesidad invencible. Pulsión silenciosa y muda que por operar en esas condiciones nunca deja un archivo que le sea propio. Pulsión de tres nombres que destruye su archivo por adelantado, como si esto le fuese inherente, como si fuese su motivación. Trabaja de manera archivolítica, con la intención de borrar sus huellas que, por tanto, no pueden denominarse propias. Fagocita su archivo aún antes de haberlo producido, por tanto, anarchivística.

“Incluso cuando toma forma de un deseo interior, la pulsión de anarquía todavía escapa a la percepción”, salvo en los casos, como dice Freud, que “se disfraza, se tiñe o se maquilla de algún color erótico”. Impresión de matiz erógeno que dibuja una máscara en plena piel. “La pulsión archivolítica nunca está presente en persona ni en sí misma ni en sus efectos. No deja ningún monumento, no lega ningún documento que le sea propio. No deja en herencia más que un simulacro erótico, su seudónimo en pintura, sus ídolos sexuales, sus máscaras de seducción: bellas impresiones. Estas impresiones son quizá el origen de lo que tan oscuramente se llama la belleza de lo bello. Como memorias de la muerte”.

 
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