Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 30 de marzo de 2008 Num: 682

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Siete poemas
LEDO IVO

De intelectuales,
críticos y mafiosos

ANDREAS KURZ

La conciencia republicana de Gallegos Rocafull
BERNARDO BÁTIZ V.

Vivo por el arte
JAVIER GALINDO ULLOA Entrevista con JUAN SORIANO

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Columnas:
Jornada de Poesía
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Enrique López Aguilar
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Música perdida

No se trata de música extraviada irreparablemente, sino de la que habita el fondo de un cajón revuelto, tesoro que aguarda el azar de unas manos curiosas: dentro de la obra de compositores considerados menores –pesos semipluma musicales–, puede ocurrir el feliz hallazgo de algo que no les fue característico, que no les proporcionó fama o resulta insospechado dentro de su horizonte personal; sin embargo, se trata de obra incógnita que revela oficio y talento.

No pienso en autores de buena calidad, contemporáneos de grandes músicos y opacados por el genio de éstos (de alguna manera, recibieron las lecciones de los maestros y, simultáneamente, alimentaron su obra), como Ferdinand Ries o Heinrich von Herzogenberg; ni en otros como e. t. a. Hoffmann, reconocido cuentista y autor de música que supera los alcances del diletantismo; tampoco en golondrinas de un solo verano, como –para cambiar la atmósfera– “A whiter shade of pale”, de Procol Harum, o “House of the Rising Sun”, de Eric Burdon y The Animals; tampoco en autores como Donizetti y Verdi, cuyas obras orquestales y de cámara, no operísticas, son tan irrelevantes como la mayoría de sus óperas, pues repiten el artificioso y vacuo estilo belcantístico, casos muy diferentes al de Puccini, mucho más complejo que sus mencionados colegas y antecesores: en su obra orquestal están las raíces de algunos impulsos de la música para cine compuesta por Morricone.


Anton Diabelli. Franz List,
Franz Von Suppé

Pienso, más bien, en autores como el austriaco Anton Diabelli (1781–1858), más conocido en su tiempo como editor y por una composición que lo hizo famoso: en 1819 decidió publicar un volumen de variaciones sobre un vals, escrito con ese propósito, para que cada compositor austríaco importante hiciera una variación sobre ese tema; cincuenta compositores respondieron: Schubert, Liszt y Hummel, entre los más conocidos; a Carl Czerny se le encargó la escritura de una coda para cerrar el conjunto y el resultado fue publicado bajo el título de Vaterländische Künstlerverein. Beethoven, en lugar de ofrecer una sola variación, compuso treinta y tres ( la primera corrige una modulación armónica en la sección B del vals original ), y fueron publicadas en volumen aparte, en 1824: Las treinta y tres variaciones Diabelli, en Do mayor. El caso es que Diabelli produjo un modesto número de obras como compositor, incluidas varias misas. Ernesto de la Peña afirma que existe una multitud de manuscritos con música religiosa de Diabelli –la cual sigue siendo muy apreciada en Austria–: en la que hoy se puede conocer, gracias a las grabaciones discográficas, se percibe a un autor muy superior al del vals para las variaciones mencionadas.


Jacques Offenbach, Nepomuk Hummel, Johann Strauss hijo Imágenes: cortesía de portrait.kaar.at

En otro nivel se encuentra el caso de Franz von Suppé (1819–1895), descendiente de una familia belga y emparentado lejanamente con Donizetti: nació en Split, ciudad de la Dalmacia croata, con el nombre de Francesco Ezechiele Ermenegildo Cavaliere Suppé Demelli, que luego germanizó como Von Suppé. Fue autor de óperas y operetas que nunca lograron competir con las de Johann Strauss hijo, ese monstruo de la segunda mitad del siglo xix . La supervivencia de Von Suppé ha quedado en música que ilustra caricaturas y noticieros, incluida la de Poeta y campesino, y Caballería ligera (cuyo tema principal fue justamente ridiculizado en el final del desternillante capítulo 41 de Rayuela). De manera menos famosa, compuso tres misas, oberturas de concierto, sinfonías, canciones… aunque su verdadera perla es un Requiem , escrito para el director teatral Franz Pokorny, cuya calidad casi se encuentra a la altura de la mejor música religiosa de su época. No se puede ir tan lejos con Jacques Offenbach (1819–1880), su contemporáneo, músico alemán nacionalizado francés, también autor de operetas y asociado para siempre con el Can-cán, pero no puede olvidarse su no tan extravagante Cuarteto para cuatro violoncellos.

También están los casos de Jules Massenet (1842–1912), compositor edulcorado, autor de óperas donde ejerció la marca de la casa, no obstante los ecos wagnerianos de Clarimonde : lo mejor se encuentra en su escasa música para piano solo; y de Ottorino Respighi (1878–1936), conocido por Los pájaros y sus series sobre los pinos, las fuentes y las fiestas romanos, no obstante ser más interesantes su Tocatta para piano y orquesta, el Concierto para piano en el modo mixolidio y la Sonata para violín y piano, en Si menor.

En la lista puede agregarse una multitud de etcéteras. Como los tesoros del cajón revuelto son numerosos, sigue siendo vigente la sentencia latina: ars longa, vita brevis.