Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 30 de marzo de 2008 Num: 682

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Siete poemas
LEDO IVO

De intelectuales,
críticos y mafiosos

ANDREAS KURZ

La conciencia republicana de Gallegos Rocafull
BERNARDO BÁTIZ V.

Vivo por el arte
JAVIER GALINDO ULLOA Entrevista con JUAN SORIANO

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Columnas:
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Juan Domingo Argüelles

Poesía y patología

El vínculo entre creación artística y neurosis, entre poesía y depresión, es de suyo antiguo, pues, aunque todo el mundo puede padecer depresión, es en el ámbito de los creadores artísticos donde encontramos la más extrema fragilidad, como si la antiquísima melancholia fuese un tributo que, en mayor o en menor grado, tuviesen que pagar los artistas por el placer y el dolor de crear.

Parecería que una sensibilidad superior o, por lo menos, excedida, predispone a este sufrimiento y hace caer, tarde o temprano, en una crisis mayor a la víctima. En La montaña mágica, de Thomas Mann, el jesuita Naphta (que acaba suicidándose) parecía creerlo así. Su hipótesis es incluso más grave y abarcadora: “La enfermedad es perfectamente humana, pues ser hombre es estar enfermo. En efecto, el hombre es esencialmente un enfermo, y el hecho de que esté enfermo es precisamente lo que hace de él un hombre, y quien desee curarle, llevarle a hacer la paz con la naturaleza, ‘volver a la naturaleza' (en realidad no ha sido nunca natural), todo lo que hoy se exhibe en materia de profetas regeneradores, vegetarianos, naturistas y otros, todo ese estilo Rousseau, por consiguiente, no busca otra cosa que deshumanizarlo y aproximarlo al animal. [...] Lo que distingue al hombre de toda otra forma orgánica es el espíritu, ese ser netamente despegado de la naturaleza y que se siente opuesto a ella. Es, pues, el espíritu de la enfermedad, de lo que depende la dignidad del hombre y su nobleza. En una palabra, es tanto más hombre cuanto más enfermo está, y el genio de la enfermedad es más humano que el genio de la salud.”

En épocas más recientes, este tipo de reflexión, aparentemente pesimista, encuentra eco científico en neurólogos y psiquiatras como Oliver W. Sacks (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero), quien expresa que la condición humana es quintaesencial de la enfermedad, pues “los animales contraen enfermedades pero sólo el hombre cae radicalmente enfermo”.


Baudelaire

Es obvio que las diversas manifestaciones neuróticas del poeta –incluida en su grado extremo la depresión– están asociadas con la pérdida de la realidad y al privilegio, a veces absoluto, de la imaginación. Así lo considera el pensador y ensayista francés Albert Jacquard, quien en su Pequeña filosofía para no filósofos asegura que “lo que distingue la imaginación sana de la loca es la aceptación de la crítica por parte de aquélla y su rechazo por parte de ésta”.

Para Jacquard, “es patológico el hecho de tomar por real lo que es un producto de la imaginación. Nuestra actividad intelectual necesita múltiples fuentes; no rechacemos la fuente de los mitos, ni tan siquiera la de las alucinaciones, que han proporcionado material a tantas obras de arte. Un poeta es a menudo un alucinado. Pero si la imaginación pasa a ser la única fuente, se corre un peligro tan serio como si la realidad fuera la fuente exclusiva”.

Si, como piensa Jacquard, el poeta es a menudo un alucinado, esa alucinación, siempre en el borde de la lucidez, en el filo de la inteligencia y la racionalidad, puede abismarse de pronto hasta impedir por completo que el alucinado pueda siquiera moverse, tomar la pluma o la máquina y producir la escritura que antes le parecía tan natural, tan suya, tan aparentemente fácil. Y es que la depresión nos pone de cabeza, nos saca de la realidad y nos condena, en su manifestación profunda, a un sufrimiento que nadie puede comprender del todo sino el enfermo.

Al referirse a su dolorosa experiencia depresiva, William Styron (Esa visible oscuridad), expresa: “Cierto día radiante, en un paseo por el bosque con mi perro, oí una bandada de gansos del Canadá graznando allá arriba sobre los árboles de frondas resplandecientes; una vista y un son que normalmente me habrían alborozado, el vuelo de aves me hizo detenerme, clavado de temor, y permanecí allí encallado, desvalido, temblando, consciente por vez primera de que era presa no de las meras ansias de la privación de alcohol, sino de una grave enfermedad cuyo nombre y entidad era capaz al fin de reconocer. De vuelta a casa, no podía quitarme de la cabeza el verso de Baudelaire, exhumado del lejano pretérito, que llevaba varios días deslizándose por los bordes de mi conciencia: ‘He sentido el viento del ala de la locura.'”