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Teresa del Conde/ II y última

El peso del realismo

A veces las exposiciones pecan de exceso de información. La que empecé a comentar en mi nota anterior la requiere, y es en ella donde pueden encontrarse algunas referencias interesantes.

Entre las más acertadas está la exhibición de un recorte de la revista Hoy, del 2 de marzo de 1940, que reproduce imágenes de la Feria de San Juan de los Lagos.

En fotorreportaje de Enrique Díaz aparece allí el antecedente directo del extraño cuadro La manda, de Carlos Orozco Romero (1942), que por cierto fue redescubierto hace años en la embajada de México en Praga por Sergio Pitol, obra que al pertenecer a las colecciones del Instituto Nacional de Bellas Artes (a partir de 1947, año de adquisición de Las dos Fridas), se pudo así recuperar para el acervo del Museo de Arte Moderno (MAM).

En la fotografía, una de las peregrinas corresponde casi exactamente a la imagen al óleo del pintor jalisciense. Éste la despojó de la corona y modificó el corte del vestido, convirtiéndolo en una prenda más antigua, de color malva.

Dejó intacta la cara, cubierta por una ligera tela, como una media, que insinúa sólo la colocación de las facciones, un nopal a la altura del busto hace las veces de escapulario y en la mano derecha, la extraña aparición, que en la fotografía resulta ser testimonio de una costumbre o de cierto exorcismo, sostiene un recipiente que parece contener la ofrenda.

La vendedora de fruta, de Olga Costa, fue pintada el mismo año que Las músicas dormidas, de Rufino Tamayo. Son dos obras que ofrecen entre sí un contraste radical y ambas tienen sus puntos de referencia en otras, la de Tamayo es de sobra conocida (El gitano o gitana dormida del Aduanero Rousseau), no tanto así la vendedora de Costa, cuya composición es casi idéntica a un anónimo italiano de principios del siglo XVII que se encuentra en el museo Brera, de Milán.

Si Olga Costa lo conoció, o no, es cosa que se desconoce, pero el tema de la mujer que vende fruta viene a ser arquetípico y suele presentar algunas connotaciones eróticas, cosa que sucede más en el cuadro italiano que en el de Costa, cuya vendedora, presidiendo los planos escalonados sin efecto de perspectiva entre racimos de plátanos, ofrece al posible comprador una pitahaya abierta.

En 1952 Raúl Anguiano pintó el clásico tema de El espinario, dándole absoluta tónica local al representar a un indígena de pelo largo que se extrae una espina del talón. Si vemos bien la figura nos damos cuenta de que la pierna derecha guarda imposible posición, cosa que no puede tomarse como licencia poética.

El cuadro La espina (del que existe más de una versión, pero la mejor y más reproducida es la del MAM) no está, a mi juicio, pese a su indudable éxito, entre las mejores de sus creaciones de ese momento, tan es así que en el escueto rubro que se ofrece sobre el surrealismo, la presencia de este maestro se reitera con una espléndida pintura que proviene del Centro Cultural Cabañas.

En la sección Las utopías rurales hay una obra de Ricardo Martínez que fue un regocijo redescubrir, pues hacía largo tiempo que no se veía. Se conoció, creo que por primera vez, mediante una exposición de obras realizadas por maestros consagrados cuando éstos eran jóvenes, en la Galería de Arte Joven, de la calle de Marne, que dirigía Francisco de Hoyos, sobrino del pintor.

Paisaje de Santa Rosa, con los preciosos magueyes en primer plano, hace pensar en algunas pinturas de Gunther Gerzso muy anteriores a la etapa geometrizada con la que solemos identificarlo.

De modo que en esos tiempos los nexos que se daban y que permeaban además de la pintura el cine, la fotografía, el cartel, la estampa, la publicidad, de la que hay bien elegidas piezas en la muestra, dieron como resultado un pujante conjunto de obras que antes que nada se caracterizaban por su captación de temas nacionales en variedad de estilos.

Eso es lo que ilustra, de manera versátil y variada, la exposición objeto de estos comentarios en los que puede verse inclusive a María Félix interpretando (muy mal) un poco convincente papel de maestra rural en una película de la mal llamada Época de Oro del cine mexicano, que contó con presencias femeninas bellísimas, como la propia María, Elsa Aguirre y Dolores del Río, entre otras.

 
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