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Bernardo Barranco

Juan Sandoval Íñiguez, el cardenal ranchero

El cardenal Sandoval ha presentado al Papa su renuncia a la arquidiócesis de Guadalajara, como lo manda el derecho canónico al cumplir 75 años. Dicho trámite está acompañado de reproches y escándalos a raíz del anunciado donativo de 90 millones de pesos por parte del gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, para el llamado Santuario de los Mártires, en el que al parecer se destinan recursos del erario, privilegiando a la Iglesia católica y atropellando, por tanto, la equidad de las minorías religiosas. Asimismo se sienta un nuevo precedente contra el carácter laico del Estado.

Seguramente el hecho ha sido minimizado por el propio Sandoval, tan acostumbrado ya a los altercados y grescas mediáticas que han acompañado a su ejercicio episcopal. Robusto, rojizo, rebosante de salud, el cardenal está confiado en que Roma postergue su retiro; sin embargo, ya ha escuchado las campanadas del implacable reloj que indican que su jubilación está próxima y que se cierra un ciclo.

Más que un católico ultraconservador, el cardenal Sandoval es, a decir de la investigadora Renée de la Torre, un clérigo a la antigua. Es decir, un sacerdote tradicionalista de ideas fijas y rígidas, al que le cuesta trabajo comprender los cambios de época que atraviesa la sociedad. Uno no se explica los pleitos casados que mantiene el prelado con grupos de derechos humanos, colectivos de mujeres, homosexuales, intelectuales, académicos, dirigentes de partidos políticos y periodistas. Es decir con todos aquellos sectores pensantes y actores seculares.

Tras el trágico asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas en mayo de 1993, todos pensaban que el sucesor natural sería su obispo auxiliar Martín Rabago, que guardaba gran ascendencia local; sin embargo, el Vaticano realizó cambios y enroques, bajo la conducción del entonces nuncio Girolamo Prigione: Juan Sandoval viene a Guadalajara procedente de Ciudad Juárez. Como Norberto Rivera, en tiempos del delirio romano para combatir todo brote de progresismo católico en los años 80, Juan Sandoval se ensañó en combatir corrientes de la teología de la liberación y de la pastoral de las comunidades eclesiales de base, presentes vivamente al interior del seminario que él dirigió y del que se jacta constantemente. De inmediato el nuevo arzobispo de Guadalajara utilizó la causa de Posadas para posicionarse no sólo ante el difícil clero tapatío, sino para ganar notoriedad en la clase política regional y de paso hacerse sentir en el Vaticano. Con terquedad ha denunciado una y otra vez su hipótesis de complot pero que no ha podido o no ha querido demostrarlo de manera contundente. Dicha posición lo llevó a enfrentarse con muchos obispos, que querían llevar la fiesta en paz; recordamos aquel sonado episodio en el que el extinto obispo de Cuernavaca Luis Reynoso, y José Fernández Arteaga, obispo de Chihuahua, formaron parte del grupo interinstitucional que en 1998 integró una nueva investigación del caso Posadas. En su reporte final y en su carácter de jurista, Reynoso consideró que no existen pruebas suficientes para demostrar que hubo un complot contra el religioso. Gracias a su tenacidad Sandoval ha convencido tanto a los obispos como a la Santa Sede de que el magnicidio fue fruto de un crimen de Estado.

Juan Sandoval nació en Yahualica, en la región de Los Altos de Jalisco, cuna de la guerra cristera y de los sectores católicos más conservadores del país. Sus modales hoscos y sus polémicas declaraciones lo han llevado a tener fricciones con diversos actores de la sociedad. Es un cardenal claridoso, sus planteamientos no guardan ni matiz ni sutileza, son contundentes y no admiten mediación, como cuando declaró que: “Se necesita no tener madre para ser protestante”, provocando la reacción airada de los Testigos de Jehová y otras iglesias. Sobre los homosexuales, estableció que “las desviaciones de algunas personas no deben servir para condenarlas, pero tampoco para presumirlas; que las mantengan más bien en secreto”. O sobre el acoso a las mujeres, el cardenal estipuló que “las mujeres no deben de andar provocando, por eso hay muchas violadas”, lo que le valió duras críticas de los colectivos femeninos, por lo que se vio obligado a desdecirse (Efe, 25/09/2003). Sus confrontaciones con el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en Jalisco son sonoras. El año pasado no sólo arremetió contra su líder Gabino Berumen Cervantes, sino provocó a la militancia al llamarlos “hijos de las tinieblas” (La Jornada, 9/5/2007).

Estos ejemplos muestran el efervescente temperamento del cardenal, que lo lleva a imprudencias costosas. No obstante, es un actor poderoso en Jalisco. Su secreto ha sido articularse con la iniciativa privada y con el gobierno, estableciendo redes triangulares de complicidad, apoyo y fortalecimiento institucional mutuo. Cada vez que alguno enfrenta una controversia, es respaldado por los otros. Sin duda el episodio más delicado que ha enfrentado el cardenal son las acusaciones en 2003 por lavado de dinero y nexos con el narcotráfico, así también su estrecha relación con José María Guardia, el zar del juego; dicha denuncia fue promovida, como todos recordamos, por el ex procurador Jorge Carpizo McGregor. Así, sus cuentas, nexos familiares, movimientos y negocios fueron investigados. Si bien fue finalmente exonerado, el cardenal en un momento pareció zarandeado por la presión mediática que se generó en su contra.

Con la renuncia presentada a Benedicto XVI, la pregunta obligada es sobre el perfil necesario para un alto prelado hoy. Los estilos hoscos, rudos y bravucones que poseen Rivera y Sandoval responden a otro momento de la circunstancia mexicana, donde los actores religiosos negociaban políticamente, palmo a palmo, espacios y posiciones de la Iglesia. Hoy se antoja otro tipo de negociación, con ánimo más mediador y dialógico. Importante tomar nota de ello que, con los cambios hechos y por venir, se está reconfigurando el relevo generacional del conjunto del episcopado mexicano en más de 30 por ciento.

 
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