Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de abril de 2008 Num: 683

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Leandro Corona, juglar
GREGORIO MARTÍNEZ

El poeta
ARIS DIKTAIOS

En honor de un documento no destruido
JELENA RASTOVIC

Alabanza al santo duque Lázaro
MONJA YEFIMIA

Kósovo: un despojo a la vista de todos
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Manuel Stephens

Última de soliloquios

Terminó la temporada 2008 de Soliloquios y Diálogos Bailados en el Centro Cultural Los Talleres. La función de cierre estuvo conformada por obras del español Antonio Quiles, del capitalino Antonio Salinas y una pieza creada conjuntamente por el sonorense David Barrón y Bárbara Alvarado, quien reside en Querétaro.


Orlando Scheker

Quiles, a quien ya habíamos visto un solo de improvisación en función anterior, coreografió e interpretó Cualquier otro. Al entrar el público al foro, Quiles se dirige a él hablando por micrófono y dando algunos antecedentes de su personaje, como el de que la primera vez que bailó en público olvidó la coreografía y lloró el resto del tiempo, y la advertencia de que tiene una lesión y baila con dolor. Esto da lugar a pequeñas danzas que van intercaladas con otros diálogos y con supuestos gags –como cuando persigue la luz de cenitales. Los niveles técnico y actoral de Quiles son insuficientes para hacer contundente su presencia en escena y la obra está precariamente construida, recurriendo a estrategias que pretenden ser efectistas, como hacer playback a una versión flamenca de la canción “Payaso” –emblemática de Javier Solís–, bailar parado sobre un trozo de carne que cae del techo, o el mismo uso de parlamentos. La cita al novelista Javier Marías que habla sobre la pérdida y el devenir no consigue salvar a esta muy endeble pieza.

La gran expectación de toda la temporada era, indudablemente, el regreso al escenario de Orlando Scheker. Él es el actual director del Colegio Nacional de Danza Contemporánea, resultado de la intensa labor que llevó a cabo Guillermina Bravo a lo largo de la trayectoria del ahora desaparecido Ballet Nacional de México, y es una figura importantísima dentro de la pléyade de artistas que hicieron brillar a esta compañía. Scheker es un bailarín cuya personalidad está sumamente codificada para el público, su participación en obras como El llamado, Constelaciones y danzantes, Bastón de mando y Sobre la violencia sigue siendo memorable, tanto por la maestría en la ejecución de la técnica Graham como por su belleza física en el escenario. Estas son premisas que Barrón y Alvarado, quienes tomaron el alto riesgo de componer para Scheker, no deberían haber pasado por alto. Entreyó, monólogo coreográfico con un solo final es una obra carente de estructura: sin sentido de progresión dramática y con serias inconsistencias en la articulación de los vocabularios que utiliza. La pieza alude a una extraña y tardía salida del clóset del personaje que interpreta Scheker, combinada con momentos de supuesta introspección. Los coreógrafos no logran dar vigencia a este tipo de narrativa, que de principio a fin tiene un tono patético mal manejado, y se muestran atrapados en derroteros de décadas atrás, llegando incluso a provocar un penoso humor involuntario entre el público. Trabajar con bailarines de la talla y la madurez de Scheker exige, de principio, tener conciencia de su historia y sus alcances. Pero lo insólito es que tampoco el propio Scheker haya marcado sus límites.



Carmen Correa


La obra que salvó la función, presentada entre las dos anteriores, fue A la orilla de un árbol, de Antonio Salinas, bailada por Carmen Correa. Salinas es un bailarín de excepción con una fructífera experiencia en la composición de solos que él mismo interpreta. A la orilla de un árbol es una meditación sobre las perspectivas que toma el sujeto al transcurrir del tiempo. En el escenario aparecen una pequeña banca y un árbol, espacio que Correa habita saturándolo con movimiento (cabe destacar el interesante y bien resuelto uso de la banca) y con momentos casi estáticos con una carga mayormente gestual. Viéndola en perspectiva, la obra comienza con la ansiedad por el movimiento puro, para después irse modulando hacia un estado de cotidianeidad; esto marca la trayectoria interior del personaje que abandona la incertidumbre y el ímpetu de esperar algo no predecible y se asume en la simple atención a su propia condición en el ahora. Correa es una bailarina clásica que está notablemente bien dirigida por Salinas, y consigue evitar todos los condicionamientos técnicos y estilísticos del ballet que pudieran interferir con esta obra de corte contemporáneo. Con una seguridad y precisión encomiables –que mínimamente tropiezan en las frases de piso–, Correa se vislumbra como una intérprete que puede integrarse y destacar en la danza contemporánea. Salinas y Correa forman una buena mancuerna que ojalá se proyecte a futuro.