Usted está aquí: lunes 7 de abril de 2008 Opinión México SA

México SA

Carlos Fernández-Vega
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■ Máximas de Zhenli Ye Gon inspiran a Carstens

■ La experiencia de Dubai

Ampliar la imagen La secretaria de Energía, Georgina Kessel, durante la reunión de trabajo con los legisladores del PRI, el pasado 2 de abril La secretaria de Energía, Georgina Kessel, durante la reunión de trabajo con los legisladores del PRI, el pasado 2 de abril Foto: José Carlo González

A la desastrosa cuan agujereada estrategia para alcanzar la “reforma” petrolera, el gobierno calderonista ha tenido la brillante idea de agregar la máxima del afamado pensador chino-mexicano Zhenli Ye Gon: “copelan o cuello”; “sin lefolma, más impuestos; sin ella, menos gasto público”.

Dada su innegable creatividad, en Los Pinos han retomado la fallida “política de convencimiento” por medio del chantaje, utilizada hasta el exceso por el “presidente del cambio” y su secretario de Hacienda, a quienes hasta sus apocalípticos augurios (ya no se diga los buenos) resultaron fallidos. Desde sus tiempos como subsecretario salinista de Ingresos, pero especialmente como secretario foxista de Hacienda, a Francisco Gil Díaz le apasionó “solucionar” las diferencias por la vía del cataclismo verbal (desde la “argentinización” del país hasta la amenaza de “caos nacional” si no se aceptaban sus propuestas). Felizmente nadie le hizo caso.

Así, dado que el mercado de las ideas en la clase gobernante es limitado, el secretario calderonista de Hacienda retoma las enseñanzas de su maestro Paco Gil, ahora en funciones de operador telefónico de trasnacional ibérica, y de su ronco pecho nos lanza la amenaza: “si no hay reforma (energética), lo más probable es que los ingresos petroleros cayeran rápidamente como proporción del producto interno bruto, y eso pondría sobre la mesa una cuestión muy clara que, de hecho, tendríamos que resolver todos los mexicanos: o más impuestos o menor gasto… Corresponderá al Congreso decidir por dónde se va” (La Jornada, 5/4/08), o lo que es lo mismo, apechuguen si no aprueban nuestra fórmula mágica.

La notoria incapacidad recaudatoria de la Secretaría de Hacienda (sin dejar a un lado la complicidad con la que “olvida” cobrar impuestos en los grupos económicos más poderosos del país y la magnanimidad con la que a éstos les cancela créditos fiscales y gracias similares) ha llevado al país a ocupar el nada honroso último lugar entre las naciones de la OCDE, en lo que a captación impositiva se refiere.

Durante décadas, la Secretaría de Hacienda, no sin la brillante participación del Congreso, rotundamente se ha negado a incrementar el padrón de causantes, eliminar regímenes especiales de tributación, corregir distorsiones e inequidades en el cobro de impuestos y demás gracias, entre las que sobresale la condición perdedora de la dependencia en la mayoría de las demandas fiscales interpuestas por los grandes grupos empresariales (Bimbo, mil 600 millones de pesos; TMM, 10 mil millones, por citar un par de ejemplos).

No puede, o no quiere, con lo que le corresponde; tampoco promueve una reforma fiscal de fondo, pero a la primera provocación posa el machete fiscal sobre el cuello de los exhaustos causantes cautivos. ¿Cuántas veces ha prometido el gobierno en turno que con tal o cual aumento de impuestos el país saldrá adelante, saldará la deuda social y los mexicanos, por fin, serán felices, dada la eficiente intervención de la SHCP? Todas, y el país se mantiene en el hoyo.

Lo anterior, cuando están de buenas, porque cuando, como ahora, el engrudo se les hace concreto (léase “reforma” petrolera), entonces viene el chantaje de “copelas o cuello”, cuando éste lo tienen los mexicanos verdaderamente escarapelado de tanto machetazo fiscal.

El doctor que diagnostica un “catarrito” económico para México por la recesión estadunidense parece no consultarse a sí mismo, porque unos son sus apocalípticos augurios derivados del rechazo de la susodicha “reforma” petrolera, y otros muy distintos sus pronósticos, así sean de corto plazo, para 2009.

En este contexto, Carstens proyecta lo siguiente (en documento oficial enviado al Congreso cinco días atrás): en 2009 el PIB de México crecería a una tasa anual de 4 por ciento; en igual año “se estima que los ingresos presupuestarios superen en 110 mil millones de pesos de 2009 el monto previsto en la ley de ingresos 2008, como resultado de los siguientes factores: mayores ingresos tributarios no petroleros en 55 mil 900 millones; mayores ingresos propios de las entidades de control directo distintas de Pemex en 25 mil 100 millones; mayores ingresos petroleros en 40 mil 400 millones, debido al mayor precio de referencia de la mezcla de petróleo mexicano respecto a lo aprobado en 2008 y que permite compensar la reducción en la producción y exportación del petróleo crudo estimados para 2009; la reducción de ingresos no tributarios en 11 mil 500 millones debido a que no se consideraron recursos no recurrentes”. Así, “el gasto neto presupuestario sería mayor en 110 mil millones de pesos… (aumentaría) 80 mil 500 millones el gasto programable y 29 mil 500 el no programable…”.

A mediados de la década de los 90 el jeque de Dubai reunió a sus notables para informarles que el petróleo estaba por agotarse (estimaba que en 2008), de tal suerte que urgentemente requería alternativas viables para captar recursos alternativos y evitar el colapso financiero del emirato. Se optó por explotar la industria turística, hacerla crecer exponencialmente, sacarle jugo a la microscópica costa de ese país y construir, entre otras cosas, tres maravillosas islas artificiales y el hotel más grande y caro del mundo. Pues bien, llegó el apocalíptico 2008 y el petróleo de Dubai no deja de fluir, como tampoco los multimillonarios recursos que al emirato le proporciona su industria turística.

En México, un país con todo tipo de recursos y riquezas, desde 20 años atrás, cuando menos, se supo del riesgo que se corría por el eventual agotamiento petrolero si no se invertía en infraestructura, exploración y tecnología. Cinco gobiernos consecutivos procedieron en estricto sentido contrario; abandonaron la industria petrolera, la exprimieron y patearon hasta dejarla morada, y la única “solución” de los “líderes” nacionales ha sido exprimir a los causantes cautivos y privatizar absolutamente todo, con los resultados conocidos y padecidos.

Las rebanadas del pastel

Decidieron “aliarse” con Repsol, hacer negocios con Shell, “asociarse” con Chevron y “consultar” a Petrobras, cuando era más sencillo y productivo haberse dado una vuelta por Dubai.

 
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