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Olga Harmony

Dos obras para niños

Hay que reiterar siempre que el teatro infantil que ofrece el Instituto Nacional de Bellas Artes –entre otras instancias, como Alas y raíces de los niños– es una excelente alternativa no sólo para los malos programas televisivos, sino para las Cenicientas, Campanitas y otros vejestorios no siempre bien escenificados que por desgracia todavía se presentan en algunos espacios teatrales. Diversión y calidad es lo que se ofrece, de la mano de muy buenos directores, y ahora me ocuparé de dos obras que llevan al público infantil a conocer literatura de países muy distantes geográficamente como son Bulgaria y Suecia. En el primer caso, Mocasín, un paisaje búlgaro de Reynol Pérez Vázquez me produce algunas dudas.

La primera es que el dramaturgo bajacaliforniano con estudios en Sofía presente justificadas denuncias contra la burocracia pseudosocialista que hubo en ese país, pero que ya no existe, por lo que resulten obsoletas sobre todo para los niños mexicanos que la desconocen por completo. La misma crítica se podría hacer, entre nosotros, a instituciones como Infonavit o Fovisste y a cualquier politiquero mexicano en lugar de Petrov, que sufren las mismas burocracias y, aunque los menores que asisten a los teatros no carezcan de espacios como la familia Todorov, podría serles más cercana. La segunda es que una directora tan capaz y experimentada como Sandra Félix haga hablar a sus actores con un acento que se supone búlgaro, pero con diálogos en español. Hechas estas salvedades, habría que exponer que se trata de un texto que busca despertar la ternura hacia las mascotas de manera divertida, sobre todo con ese enorme perro al que se culpa de todos los males del vecindario. La escenificación, en un espacio diseñado por Juan Carlos Roldán –también responsable de la iluminación y el sonido– que reproduce el pequeñísimo departamento cuenta con un elenco de actores que yo no conocía, pero que se desenvuelven con pulcritud: Heleanne, Fili Morales, Carol Sánchez, Víctor Román, Karina de la Cruz, Saremi Moreno, René Arellano, Mariana Romero, Pastora Chazarín y René Moya, en que algunos doblan papeles.

¿Sabes silbar? del dramaturgo sueco Ulf Stark, en traducción de Iván Olivares y la directora Aracelia Guerrero, cuenta una tierna historia de entendimiento entre dos generaciones, que nunca cae en el sentimentalismo por la gracia del texto, la dirección y los actores participantes. Si bien la idea de que un hombre tan senecto como el abuelo Memo pueda tener por nieto a un niño de siete años, lo que contradice la realidad, hay que recordar que es un abuelo adoptado por Leo entre los huéspedes de un ancianato, lo que hace mucho más chispeante tanto las enseñanzas del hombre mayor como su vuelta a los juegos infantiles para regocijo suyo y el nieto y el sobrino que lo adoptaron.

En una escenografía debida a Jesús Hernández un tanto abstracta, pero que ubica los diferentes espacios, con esas ventanas que se abren en el muro frontal, apoyada por las proyecciones y los vi-deos de Rafael Illescas y Andrea Medina –que dan momentos tan idóneos como el del árbol en que se trepan Alex, Leo y Memo– Aracelia Guerrero conduce a sus actores con grandes aciertos, como los juegos en el carromato hechizo, la torpeza de los dos niños para jugar baraja, la falta de destreza total que muestra Leo en todo momento, sobre todo en la deliciosa escena de la comida que preparan para el cumpleaños del abuelo adoptado. Delicadeza y gags muy afortunados se unen en esta escenificación que tiene, entre otras virtudes, la de no intentar caracterizar a Miguel Romero con apoyos externos como el abuelo Memo, sino atenerse a su capacidad actoral que tampoco exagera en su gestualidad al anciano. La dificultad de actores jóvenes encarnando a niños pequeños también se resuelve con la eficacia con que Alejandro Morales representa al decidido Alex y Leonardo Ortizgris al tímido y torpe Leo. Marcela Castillo dobletea de buena manera los diferentes roles de Sra. Guerrero, Panadero, Doña Sire y Nora.

 
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