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Editorial

Racismo en Estados Unidos

El 17 de octubre de 1968, los atletas afroestadunidenses Tommie Smith y John Carlos subieron al podio tras haber conseguido el oro y el bronce, respectivamente, en la prueba de los 200 metros de los Juegos Olímpicos de México y levantaron sus puños, envueltos en guantes negros, en protesta por la discriminación racial que imperaba en Estados Unidos.

Esa manifestación les valió a ambos atletas el ser expulsados del certamen por el Comité Olímpico Internacional (COI), en un acto que contravino el principio de hermandad que supuestamente subyace en esas competencias y que reflejó además incongruencia por parte del organismo, que tres décadas antes, durante los Juegos de Berlín rehusó sancionar a los atletas alemanes que desfilaban haciendo el saludo nazi. Para colmo de males, a su regreso a Estados Unidos, los corredores suspendidos fueron relegados a la marginalidad, el desempleo y el escarnio social.

Para poner las cosas en perspectiva, debe recordarse que por esos años la nación vecina vivía tiempos convulsionados, marcados principalmente por la estela del Movimiento de los Derechos Civiles, en protesta por la situación de inequidad y segregación en que vivían los afroestadunidenses, y el asesinato –el 4 de abril de 1968– de Martin Luther King, máximo líder de ese sector de la población. Asimismo, durante los años 60 surgió y se consolidó el movimiento conocido como Black Power (Poder Negro), apuntalado por la fundación, en 1966, del Black Panthers Party (Partido de las Panteras Negras), una organización creada inicialmente como mecanismo de autodefensa ante las agresiones raciales, y cuyas demandas hoy pudieran parecer indiscutiblemente legítimas, pero que en ese entonces eran poco menos que aberrantes para el conservadurismo segregacionista de la sociedad estadunidense: libertad, derecho al empleo, fin de la opresión, vivienda digna, educación, salud, alimentación y justicia.

La marginación a la que fueron condenados los atletas Smith y Carlos refleja en forma clara y contundente la situación que se vivía en la nación vecina, que históricamente se ha proclamado defensora mundial de la libertad y los derechos humanos, pero que en la práctica ha distado mucho de hacer valer tales principios, incluso en su propio territorio y con sus ciudadanos. En aquel entonces, el racismo, la discriminación y la xenofobia de la sociedad estadunidense eran alimentados por una campaña en medios de comunicación, en la que se sostenía que las Panteras Negras estaban en guerra contra los blancos. De tal modo, el grupo gobernante de Estados Unidos logró segregar por partida doble a los atletas referidos: por la protesta emitida y por el color de su piel.

El racismo de la sociedad en el país vecino es un fenómeno que se ha mantenido a lo largo del tiempo. Ciertamente, los afroestadunidenses gozan hoy de derechos políticos y sociales que eran impensables hasta hace unas décadas –una muestra de ello es que un integrante de ese sector de la población, Barack Obama, tiene posibilidades de llegar a la Casa Blanca en noviembre próximo–, pero en muchas regiones continúan dándose las muestras de repudio hacia los integrantes de ese y otros sectores de la población, como la comunidad latina. En esencia, muchos de los elementos contra los que protestaron Smith y Carlos se mantienen presentes, y ratifican la valía de ese acto que tuvo lugar en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria.

 
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