Usted está aquí: jueves 17 de abril de 2008 Opinión Navegaciones

Navegaciones

Pedro Miguel
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■ Abrabanel, Cervantes, Wells...

■ Recordación del gueto

Ampliar la imagen Insurrectos asesinados tras el aplastamiento de la revuelta. www.eilatgordinlevitan.com/warsaw/w_pages/warsaw_ghetto_scenes.html Insurrectos asesinados tras el aplastamiento de la revuelta. www.eilatgordinlevitan.com/warsaw/ w_pages/warsaw_ghetto_scenes.html

A decir de los enterados, el sefardí Yehuda Abrabanel, o León Hebreo, y sus Dialoghi d’amore, fueron una influencia decisiva para el joven Miguel de Cervantes; hablan, claro, de una influencia circunscrita a lo literario, no a lo religioso y cultural, por más que el novelista descendiera, sospechan algunos, de judíos conversos. Años después, en una célebre batalla contra los otomanos, Cervantes, quien peleaba en la galera Marquesa, fue “herido de dos arcabuzazos en el pecho y en una mano”. Las lesiones no pusieron en peligro su vida, pero un trozo de plomo le seccionó un nervio del antebrazo y la mano izquierda le quedó inútil y anquilosada. Hasta donde se sabe, el hombre era diestro y los saldos del percance no le impidieron desempeñarse en el oficio que habría de desarrollar más adelante y que le dio tanta gloria después de muerto. Cervantes estaba muy orgulloso de su participación en la batalla del Golfo de Lepanto, en la que combatió a pesar de tener fiebre, pero el resto del mundo piensa que su hazaña principal consiste en haber escrito miles y miles de páginas que hasta la fecha transmiten a millones de personas sentimientos de felicidad, tristeza, intriga, vergüenza, indignación, asombro, piedad, asco, regocijo y perplejidad.

Para ser novelista hay que tener una gran condición física, incluso en nuestros tiempos, cuando el teclado de la computadora ha venido a facilitar la tarea. Se me hace un nudo en la garganta al imaginar al pobre tullido, reclinado en silla y escritorio, que no fueron precisamente ergonómicos, desarrollando su caligrafía a lo largo de centenares y centenares de hojas de papel, sin más herramientas que una pluma de ganso y un tintero. Hace muchos años, cuando leí La máquina del tiempo, del socialista Herbert George Wells, pensé que una aplicación obvia y urgente de ese aparato tendría que ser la entrega a domicilio de una máquina de escribir en la Valladolid de principios del siglo XVII. Lo sigo pensando, aunque cambiaría el artefacto mecánico por una lap top y agregaría al paquete una silla con soporte lumbar y altura ajustable. Por favor, ingenieros del futuro, si un día logran construir algo así como lo imaginado por el autor británico, no pasen por alto ese envío y, de paso, si no les es mucha molestia, entreguen otro, idéntico, en la casa del propio Wells, situada en la Londres de fines del XIX.

Yehuda Abrabanel sostenía que el amor es el principio que domina a todos los seres, y que “desde la Primera Causa que lo ha producido hasta la última criatura, nada hay sin amor”. Tal vez en la Varsovia de mediados del siglo XX algún remoto descendiente del entrañable pensador sefardí haya comprobado en carne propia lo relativo de ese postulado: criaturas sin amor alguno abundaron, y abundan, en toda la historia humana, y algunas de las más odiosamente célebres fueron las que implantaron el Tercer Reich en Alemania.

Desde el medievo hubo juderías en diversas ciudades europeas, pero fueron los nazis quienes concentraron en guetos a las poblaciones hebreas con el propósito de exterminarlas. Wikipedia dice que el gueto de Varsovia fue establecido en octubre de 1940, y que un mes más tarde fue aislado del resto de la urbe mediante un muro que lo rodeaba. En esa enorme cárcel fueron hacinadas 380 mil personas, un tercio de la población total de la ciudad, en un área que representaba 2.4 por ciento de toda la extensión urbana. Entre los numerosos judíos que eran introducidos manu militari al gueto y las abundantes muertes que ocurrían adentro por inanición y peste, esa cifra de pobladores se mantuvo constante en los años siguientes. En 1941 las raciones de comida para los judíos del gueto eran, en promedio, de 253 calorías diarias, en contraste con las 670 que consumían los polacos, y que eran de hambre, habida cuenta de que la ingesta diaria mínima debe ser de mil 500. A la población y al ejército alemanes, en cambio, se les asignaban raciones equivalentes a 2 mil 600 calorías.

De hecho, la inanición y las epidemias empezaron a matar en masa a los habitantes del gueto antes incluso de que comenzaran las deportaciones hacia Treblinka, el 22 de julio de 1942. En los siguientes 52 días, 300 mil judíos fueron enviados a la muerte, pero al principio quienes iban quedando en el enclave pensaban que los deportados eran enviados a campos de trabajo. A fines de ese año, los 60 mil que aún permanecían en el gueto tuvieron indicios de lo que realmente ocurría y decidieron resistir las siguientes deportaciones. El 18 de enero de 1943, cuando los militares alemanes intentaron llenar los trenes con los 60 mil que quedaban, un pequeño destacamento de combatientes judíos –cerca de mil– expulsó a los opresores y, con unas pocas armas viejas, tomó el control del gueto.

Se tendió el cerco, que sólo pudo ser burlado en contadas ocasiones por integrantes del Ejército Territorial polaco y de la comunista Guardia del Pueblo, quienes llevaron a los sitiados unos pocos pertrechos y municiones. Eso no alivió gran cosa la situación desesperada que se vivía adentro. En la noche del Pésaj, el 19 de abril de 1943, las panzertruppen inician su avance hacia el gueto. Los alemanes avanzan quemando casa por casa, demoliendo los sótanos y los desagües que servían de reducto a los insurrectos, y asesinando a cuanto hebreo caía en sus manos. La resistencia organizada termina en cuatro días. Muchos de los combatientes se suicidan y familias enteras se lanzan al vacío desde las ventanas de los edificios en llamas. El 8 de mayo, tras 20 días de combates continuos, los ocupantes ordenan incendiar lo que queda del Gueto de Varsovia. Los sobrevivientes que logran salir de las alcantarillas y escapar del infierno son cazados fuera del muro por polacos colaboracionistas. El 13 de mayo, el comandante alemán Jürgen Stroop reporta: “180 judíos, bandidos y subhumanos, han sido destruidos. El sector judío de Varsovia ya no existe. Las operaciones a gran escala finalizaron a las 20:15 horas, al hacer estallar la sinagoga. El número total de judíos con lo que se actuó fue: 56 mil 65, incluyendo judíos capturados y judíos cuyo exterminio puede ser probado”.

Hoy en día es casi imposible enviar víveres y medicinas –y no por falta de una máquina del tiempo– a los cercados habitantes de Gaza, a los que el régimen israelí mata de hambre en castigo por ser palestinos, con maneras más correctas y presentables que las empleadas por los nazis contra los hebreos de Varsovia, sí, pero que de todos modos habrían sido consideradas repugnantes por el renacentista León Hebreo.

Años atrás, cuando leí la historia de aquella sublevación desesperada de los judíos de Varsovia, volví a pensar en el artefacto imaginado por Wells y salió una cosa de inocultable influencia vallejiana (“Me viene, hay días, una gana ubérrima, política / de querer, de besar al cariño en sus dos rostros”). Nunca supe qué hacer con ella, y aquí la pongo.

Suene tonto o banal, suene obsoleto,

se debe regalar a los deudores

billetes que cambiaran de colores

y pan a los judíos en el gueto.

(En vez de estar haciendo este soneto

tendría que mandar dulces y flores

a quien se está muriendo entre dolores

y un beso a los judíos en el gueto.)

Es bueno compartir los sinsabores

de aquel que va a morir, y lanza el reto

sin temor a sucesos posteriores.

Hay que darle al tullido un esqueleto,

un pulmón al que sufre de estertores

y un rifle a los judíos en el gueto.

 
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