Foto: Graciela Pereira de Souza

Eculturismo:  “indigenismo” a la moda

 

Lizette Santana Belmont

 

 

Hace más de dos años que funciona en la comunidad wixárika de San Andrés Cohamiata (Tateikie) un proyecto de “eculturismo” impulsado por la Comisión Nacional para el De­sarrollo de los Pueblos Indios (cdi). Desde entonces, la comunidad recibe a turistas de Vallarta, Guadalajara y di­versos lugares del mundo con mucho más comodidades que en cualquier otro momento de su historia, ofreciendo un espectáculo cultural atractivo sólo para los ajenos a las verdaderas tradiciones wixárika —su antigua manera de vivir el costumbre, es decir, todo un año de­di­cado a la milpa y la celebración de las fiestas en torno a el ciclo agrícola.

El “eculturismo” se enmarca en las estrategias mundiales del desarrollo rural: primero unos cuantos sexenios de políticas económicas destinadas a privatizar la tierra y poner en manos de las grandes empresas agroalimentarias los cultivos tradicionales, luego el territorio originario indígena es decretado “reserva natural”, de manera tal que resulte la única opción para que las comunidades indígenas accedan al mundo “civilizado” mediante el uso “sustentable” de sus recursos, hecho casualmente indispensable para mantener el sistema económico.

Así, la moda son las reservas naturales y el encanto de sus poblaciones, mayormente indígenas, en vitrinas: pequeños espacios entre las grandes urbes donde las personas simplemente escenifiquen episodios folklóricos de su cultura y vivan de las miserias que los espectadores les abonen por la puesta en escena.

San Andrés Cohamiata comienza a ser escenario de estas obras teatrales: los principales actores tienen bien memorizados sus diálogos (guiones pensados en instituciones gubernamentales y privadas). El escenario visible o frontstage fue promovido por la cdi con una inversión inicial de un millón de pesos y posteriormente 813 mil pesos para equipamiento. La escenografía consta de centro ceremonial, 16 cabañas, dos cocinas, una sala de exposiciones, cinco tejabanes, un temascal y varias letrinas. Este centro “eculturístico” queda ubicado al poniente de San Andrés, y allí los turistas pueden descansar y pasar varios días admirando las riquezas ecológicas y culturales del mundo wixárika —por eso el término “eculturismo”: ecología, cultura y turismo en una misma experiencia.

El espectáculo comienza por la mañana. En el primer acto, un guía de turista y dos músicos tradicionales recorren en compañía de un grupo de turistas espectadores el antiguo sitio sagrado Tateikie.

Más tarde, en el segundo acto, el grupo se desplaza al “calihuey alterno” (el centro ceremonial turístico, pero no el centro ceremonial, por eso alterno) donde se narra la cosmovisión y mitología wixárika en presencia de una fogata. Ocurre lo que denominaron “limpia espiritual” a cargo un maraka’ame (el sabio, el chamán, el curandero, el cantador, el sanador que cuida el mundo en la tradición wixárika) con su muvieri (la “flecha emplumada del hablar”), quien junto con el narrador ofrecen al finalizar este supuesto ritual, una jícara tradicional para recibir las propinas de los observadores —ahora partícipes— de este acto, que culmina cuando los turistas salen de la ceremonia y miran la sorprendente gama de colores de las artesanías típicas, hacen el recorrido comprando, se alojan en las cabañas o regresan a Vallarta.

El “eculturismo” fue planteado en la Sierra como proyecto comunitario y aunque goza del auspicio de la cdi es “independiente”. Casualmente la em­presa turística Vallarta Adventures obtuvo ciertos beneficios e incrementos en sus viajes, y espera consolidar convenios entre la cdi y la empresa de taxis turísticos Maracame-Huichol (avionetas que van de Ixtlán del Río, Nayarit a las comunidades huicholas). En California, Puerto Vallarta y Monterrey, también se están montando las obras teatrales de los huicholes.

El grupo Tatewarí, proveniente de Santa Bárbara, California, lleva cinco años asistiendo a la escenificación eculturística de las fiestas sagradas y la peregrinación a Virikuta, y han concluido el curso preparatorio para el papel de maraka’ame cantador. Ya se prepara un nuevo grupo de actores que arribará al territorio wixárika en septiembre.

En Monterrey un grupo de danzantes mestizos hace la puesta en escena en el Parque Natural La Huasteca, y del mismo modo asisten en compañía de la asociación civil Enlazando Tradiciones a la fiesta tradicional de Semana Santa en Tateikie, presuntamente convertida en la exposición más grande de la tradición huichol —y es “en vivo”.

Y finalmente, una obra maestra promovida por la cdi:  el Festival Wixárika en Vallarta, donde unos 30 artesanos, autoridades y algunos maraka’ate de San Andrés Cohamiata hacen representaciones teatrales de las fiestas sagradas del Tambor (Tatei Neixa), del Cambio de Autoridades (Patsixa) y del Peyote (Hikuri Neixa).

Entre aparadores con maniquíes vestidos a la última moda, los wixaritari venden su artesanía y su cultura durante 15 días en la Plaza del Caracol, con el patrocinio del gobierno de Jalisco, los ayuntamientos de Puerto Vallarta y Mezquitic, el Instituto de la Artesanía Jalisciense, Sectur-Jalisco, la Procu­raduría de Asuntos Indígenas del Estado, la u de g, up y el Fidetur de Puerto Vallarta entre otras organizaciones, empresas y hoteles. Es el gancho perfecto para promover el “eculturismo” en las comunidades wixaritari ya que además de las presentaciones, diariamente se proyecta el video promocional de la cdi y volantes promocio­nales.

El “eculturismo” de la cdi no es únicamente los nuevos hoteles en medio de la sierra sino la explotación de lo cultural y ecológico (artesanía, escenificación teatral de fiestas y rituales), más vuelos o traslados por tierra (que implica construir carreteras e impulsar agencias de transporte), y la “necesaria” infraestructura turística y de telecomunicaciones. Un negocio redondo para quienes gestionan recursos vía proyectos comunitarios en zonas indígenas y para las agencias de turismo encargadas de administrar los viajes propios de esta panacea de desa­rrollo rural sustentable promovido por el discurso institucional para turistas “ecológicamente responsables y conscientes de la riqueza cultural”.

Mientras, se sigue reproduciendo un esquema vertical y torcido de “atención a la miseria” que esconde tras bambalinas (o backstage) a los verdaderos actores de la tradición wixárika: los comuneros, empeñados en una vida de sembradores, agobiados día a día por satisfacer sus necesidades de agua potable, educación, infraestructura y comunicaciones, quienes entienden esta situación como una furtiva ofensiva gubernamental con el fin de mantener un control político-económico-social del territorio y la riqueza natural.

Con todo y su  discurso desarrollista posmoderno, el “eculturismo” no ha logrado confundir a los comuneros wixaritari porque ellos saben que esos proyectos nunca funcionan, los mantienen endeudados y pretenden atarlos a una modernidad ajena a su tradición. 

En la Sierra Huichola, los caciques han invadido tierras por muchos años y el gobierno lo único que ha hecho es indemnizar a los invasores, decretar unidades de manejo ambiental y proyectos de servicios ambientales, en la misma lógica de control territorial.

El “eculturismo” busca ocultar esto y proyecta al público una escena pintoresca de la realidad indígena, promocionando un descanso y una tranquilidad de los paisajes serranos que los wixaritari no conocen, mientras se profundiza la invasión invisible de los antiguos territorios.