Usted está aquí: jueves 24 de abril de 2008 Opinión Politizar el deporte

Miguel Marín Bosch

Politizar el deporte

El próximo octubre se cumplirán 40 años de la matanza de Tlatelolco y de los Juegos Olímpicos en nuestra ciudad. El 3 de octubre de 1968 los medios de comunicación dieron cuenta, con distintos grados de imparcialidad, de lo ocurrido el día anterior en la Plaza de las Tres Culturas. Los gobiernos extranjeros, el movimiento olímpico y la sociedad civil internacional reaccionaron tímidamente y los juegos fueron inaugurados el 12 de octubre. El Comité Olímpico Internacional (COI) se reunió brevemente para considerar la cancelación de los juegos. Decidió no hacer nada.

Hoy la reacción de la opinión pública mundial hubiera sido muy distinta. Muchos países hubieran cancelado su participación. En 1968 nada de ello ocurrió. Lo que sí conmovió a la opinión pública fue el gesto de desafío de dos atletas negros (hoy afroamericanos) estadunidenses. Al recibir las medallas de oro y bronce en los 200 metros planos, Tommie Smith y John Carlos alzaron el puño con guante negro para proclamarse en favor del poder negro (Black power). El COI, que no había dicho nada sobre lo ocurrido en Tlatelolco, decidió prohibir de por vida su participación en los Juegos Olímpicos. Avery Brundage, presidente del COI, consideró que una manifestación política no tenía cabida en un foro internacional olímpico.

Los Juegos Olímpicos siempre han tenido un aspecto político, a veces más, a veces menos. La designación de la sede de los juegos es un acto altamente político (y comercial). Los de 1916 iban a ser en Berlín, pero se atravesó la Gran Guerra. Luego, en 1931, el COI volvió a escoger a Berlín. Con ello quiso enviar una señal de que Alemania había regresado a la comunidad de naciones tras su aislamiento después de la Primera Guerra Mundial. Los juegos de 1936 resultaron ser los más politizados de la historia.

Con la llegada al poder de Adolf Hitler en 1933 surgió un movimiento en Europa y Estados Unidos para boicotear los juegos de 1936. Hitler no fue un gran entusiasta de los juegos, pero su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, consideró el evento como una oportunidad única para dar a conocer “las bondades” del régimen nazi. El debate en Estados Unidos fue particularmente intenso. En un principio el presidente del comité olímpico estadunidense, Avery Brundage (los funcionarios vinculados a los Juegos Olímpicos suelen eternizarse en los cargos directivos), estuvo a favor de un boicot. Luego, sin embargo, tras un viaje VTP a Berlín en septiembre de 1934, aceptó la participación de los atletas estadunidenses. Pero tuvo que hacer frente a una vigorosa oposición de grupos judíos, sindicatos, agrupaciones de universitarios y no pocos atletas. ¿Su argumento? Los Juegos Olímpicos son para los atletas, no para los políticos.

Los Juegos Olímpicos han sido boicoteados por algunos países en dos ocasiones. En 1980, a raíz de la invasión de Afganistán por la Unión Soviética, el presidente Jimmy Carter ordenó a los atletas estadunidenses no acudir a Moscú. Otros siguieron el ejemplo. La Unión Soviética no tardó en reciprocar y, junto con sus aliados, no asistió a Los Ángeles. En ambas casos los perjudicados fueron los atletas.

Se dice que el llamado espíritu olímpico busca crear un mejor mundo y en paz mediante la comprensión, la amistad, la solidaridad y el fair play. Se supone que es un movimiento ajeno a la política que busca enaltecer los valores más dignos de la humanidad. Pero poco de lo anterior se palpa en los propios Juegos Olímpicos. Para empezar, se compite en función del Estado-nación. En la ceremonia inaugural se agrupa a los atletas bajo sus respectivas banderas nacionales. No pocos de los individuos triunfadores se envuelven literalmente en la bandera de su país. Los resultados se listan por nación y lo que empieza como una victoria de un individuo se convierte muy pronto en una contienda entre estados.

En estos días se está volviendo a poner a prueba el espíritu olímpico. En la medida que nos vamos acercando a los juegos de Pekín, a celebrarse la primera quincena de agosto, se han venido intensificando los intentos por presionar en varios frentes al gobierno chino. Es comprensible que haya opositores, dentro y fuera de China, que quieran aprovechar la coyuntura de los juegos para tratar de arrinconar al gobierno chino.

En una primera instancia sus críticos se concentraron en la crisis humanitaria en Darfur. Como el socio comercial más importante de Sudán, se exigía a China que presionara al gobierno de Jartum para que pusiera fin al conflicto militar en la región occidental de ese país.

Desde finales del año pasado, un pequeño grupo de activistas, incluyendo a la actriz Mia Farrow, proclamaron los juegos de Pekín como la Olimpiada del genocidio por las atrocidades que siguen ocurriendo en Darfur. Por esa misma razón en febrero Steven Spielberg renunció al cargo de director artístico de la ceremonia inaugural de los juegos. Pero no es fácil poner al gobierno chino contra la pared. Luego apareció y persiste la cuestión del Tibet. ¿Hasta dónde estarán dispuestos a llegar los disidentes tibetanos dentro y fuera de Tibet? Ya hubo un primer conato de violencia que las fuerzas chinas lograron controlar sin demasiada violencia. En India también ha habido manifestaciones vigorosas.

Por otra parte, el paseo de la llama olímpica por el mundo ha dado pie a incidentes, unos más violentos que otros. A raíz de lo anterior, el presidente francés Nicolas Sarkozy anunció que no asistiría a la ceremonia inaugural a menos que Pekín permitiera la presencia de los medios de comunicación en Tibet y entablara un diálogo con el Dalai Lama. Éste ha aconsejado calma a sus seguidores, quienes no parecen estar dispuestos a hacerle caso. Si hay un enfrentamiento violento en Tibet, la respuesta del COI no será la misma que hace 40 años.

 
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