Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 27 de abril de 2008 Num: 686

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Medicina a tiempo
LETICIA MARTÍNEZ GALLEGOS

Prólogo
DIMITRIS PAPADITSAS

De cómo no aprender los pasos de baile
JUAN MANUEL GARCÍA

Cinco poemas
EMILIO COCO

Paz y las sílabas del silencio
ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

Octavio paz y el arte de ametrallar cadáveres
EVODIO ESCALANTE

Entrevista con Enrique Estrázulas
ALEJANDRO MICHELENA

Leer

Columnas:
Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Hugo Gutiérrez Vega

EL VALLE DE LOS CAÍDOS EN JALISCO

La filosa crestería de la Sierra de Comanja entraba en las primeras sombras de la noche cuando, desde la terraza de la casa de mis tíos, se dominaba todo el paisaje: la áspera sierra con sus pinos y oyameles y el llano que apenas verdeaba gracias a la breve lluvia del día anterior y que, como los olivos de la Tierra Santa de Pellicer, crecía sus “agrios y torcidos” huizaches. El tío Camilo, dominado por su mente filosófica y su talante liberal, prendió su cigarro de hoja y empezó a desgranar sus recuerdos demasiado recientes de la “segunda” (con ese nombre se conocía al segundo levantamiento cristero que fue una orgía de crueldad y de bandidaje). La “primera”, provocada, en buena medida por el clero que cerró los templos, y por los excesos jacobinos de Calles, había sido una guerra religiosa que, a pesar de sus crueldades (cometidas por las dos partes beligerantes) respetó las leyes no escritas de la guerra y tuvo muchos aspectos de espontaneidad y de entrega generosa maculada por el integrismo y por la participación solapada de las propietarios de la tierra, que veían con temor la inminencia del reparto agrario. Para muestra basta un botón: un rico hacendado de Querétaro, ante el hecho de que sus peones andaban alebrestados y querían formar el núcleo de población que antecedía al reparto de las tierras y al establecimiento del ejido, organizó, apoyado por un canónigo regalón y pícaro, unas misiones en las que se habló de la presencia del demonio en el “robo” de las tierras, se alabó al sistema feudal y a sus paternalismos y se amenazó con castigos infernales a los peones involucrados en el despojo de las tierras y la vejación a sus legítimos propietarios, ungidos por Dios para pastorear a una mansa peonada acogotada por la tienda de raya y sujeta, entre otras muchas humillaciones, a la viscosa práctica del derecho de pernada. Cuando las cosas se ponían color de hormiga arriera, los peones eran llevados al santuario de Atotonilco, Guanajuato, para que participaran en unos ejercicios espirituales llenos de ruidos de cadenas arrastradas, de luces misteriosas (los ojos de los diablos) y de alaridos estremecedores. Ya convencidos de que los patrones estaban en lo justo, los peones, ataviados con un jubón blanco y adornados con guirnaldas de flores, salían al atrio del convento para recibir la frescura vespertina de la gracia y entonar el “que viva mi Cristo,/ que viva mi rey,/ que impere triunfante/ por siempre su ley”. Muchos de los ejercitantes se convirtieron en cristeros y pelearon bajo las órdenes de Gorostieta, Degollado, los curas Vega y Pedroza y el famoso “catorce”, conocido con ese nombre por haber liquidado, en una pelea épica, a catorce “pelones”.

La “primera” terminó con los tratados que firmaron Portes Gil y los jerarcas de la iglesia. La “segunda” fue iniciada por los descontentos con los tratados y, al poco tiempo, se lumpenizó por completo y se convirtió en una “robadera” y una “matazón” (mi tío dixit) que asoló, sobre todo, la región de los Altos de Jalisco. Estas delirantes crueldades son narradas, con maestría, por Guadalupe de Anda en su novela Los bragados, y por Goitortua en su interesante narración titulada Pensativa. Soldados capados, cristeros colgados, ristras de testículos en las plazas de los pueblos, asesinatos de los que se negaban a colaborar con “la causa”, maestros rurales desorejados y, algunos de ellos, desnarigados… en fin... crueldades extremas y, ya casi para terminar, una orgía de violencia parecida a la descrita por Pasolini en su película Saló, y que fue el réquiem sangriento que antecedió a la caída del fascismo.

Las dos partes del conflicto, como en todas las guerras civiles, cometieron desmanes y crueldades. Por esa razón no entiendo cómo a las autoridades del estado de Jalisco se les ha ocurrido construir una versión mexicana del Valle de los Caídos del siniestro franquismo. Enfrente deberían construir un monumento dedicado a la memoria de los soldados ajusticiados, de los funcionarios públicos menores atormentados y de los maestros desorejados o venadeados en los campos de un país convulsionado, en el que no cabían (ni caben) las actitudes maniqueas ni las bendiciones unilaterales. Por otra parte, el monumento cristero le costó al estado noventa millones de pesos. Este contubernio entre la Curia y el gobernador es una muestra clara de las intenciones que algunos panistas tienen respecto al Estado laico.

jornadasem@jornada.com.mx