Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 27 de abril de 2008 Num: 686

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Medicina a tiempo
LETICIA MARTÍNEZ GALLEGOS

Prólogo
DIMITRIS PAPADITSAS

De cómo no aprender los pasos de baile
JUAN MANUEL GARCÍA

Cinco poemas
EMILIO COCO

Paz y las sílabas del silencio
ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

Octavio paz y el arte de ametrallar cadáveres
EVODIO ESCALANTE

Entrevista con Enrique Estrázulas
ALEJANDRO MICHELENA

Leer

Columnas:
Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
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Juan Domingo Argüelles

Octavio Paz: el corazón secreto del poema

El 30 de julio de 1985, Octavio Paz (1914-1998) envió una carta a su amigo catalán, el también poeta Pere Gimferrer, en la cual, entre otras cosas, le decía: “Qué difícil se ha vuelto, para mí, escribir una línea de poesía. Por una parte, mi exigencia es mayor: aspiro a una suerte de transparencia y economía en la que lo no dicho sea siempre el núcleo, el corazón secreto del poema –un misterio límpido, claro; por otra, esta época no es propicia a la creación poética. Tampoco el país en que vivo. Pero Luis Cernuda me decía: ¿qué tiempo y qué país lo son?”

Estas reflexiones de Paz están recogidas en el libro Memorias y palabras: Cartas a Pere Gimferrer 1966-1997 (México, Seix Barral, 1999), que da cuenta de una profunda empatía humana, poética e intelectual entre ambos escritores. El libro es de una riqueza prodigiosa, y se regresa a él, una y otra vez, siempre con gran provecho.

En aquel ya lejano 1985, Octavio Paz escribía, precisamente, algunos de sus poemas más intensos y más diáfanos: con esa transparencia y esa economía que ambicionaba, y que produjo varias páginas magistrales de su libro postrero de poesía, Árbol adentro (1976-1988). Por ejemplo, el poema mismo que da título al libro y que es un prodigio de música, economía verbal e intensidad de significaciones, en cuyos primeros versos leemos: “Creció en mi frente un árbol./ Creció hacia dentro./ Sus raíces son venas,/ nervios sus ramas,/ sus confusos follajes pensamientos.”

De esa misma época es su magistral epigrama filosófico, sobre la duda y la paradoja, “En defensa de Pirrón”. En sus siete heptasílabos confluyen el extraordinario poeta lírico y el agudo pensador: “Juliano, me curaste/ de espanto, no de dudas./ Contra Pirrón dijiste:/ No sabía el escéptico / si estaba vivo o muerto ./ La muerte lo sabía ./ Y tú, ¿cómo lo sabes?”

En octubre de aquel año, el autor de Pasado en claro, le confió lo siguiente a Gimferrer: “Sigo leyendo a los poetas de ese período [el bizantino]: Agatías, Paulo el Silenciario (mi favorito) –un verdadero poeta erótico– y Juliano, el ex prefecto de Egipto.” En Árbol adentro quedaron las huellas de ese fervor. “Constelación de Virgo” es otro ejemplo de perfección: “Hipatía, si miro luces puras/ allá arriba, morada de la Virgen,/ no palabras, estrellas deletreo:/ tu discurso son cláusulas de fuego.”

Octavio Paz creía, y todo el tiempo dio prueba de ello, que poesía y pensamiento forman un invisible pero muy real sistema de vasos comunicantes. La reflexión sobre la condición humana está no únicamente en sus certeros ensayos, sino también en casi toda su obra poética y muy especialmente en sus últimos libros: Pasado en claro (1975), Vuelta (1976) y Árbol adentro (1987). Para Paz, sin curiosidad no puede haber crítica, y, en este sentido, él se siente hermano de poetas como Cernuda y Antonio Machado.

El 27 de mayo de 1987, le escribió a Pere Gimferrer: “La poesía es cruel: siempre nos pide más de lo que podemos darle. También es el gran consuelo: escribir una línea que valga la pena, más que una recompensa, es una absolución. Nuestros errores y fallas cobran sentido, no fueron en vano –son las huellas de una peregrinación. Entonces podemos ver con menos rubor a nuestros maestros e incluso pensamos que alguno de ellos –Góngora, Darío o el adusto Quevedo– aprueba con una sonrisa.”

Para Paz, el poema es un ser vivo que nos da la posibilidad de hacer palpables los misterios. El 19 de enero de 1989, le escribió a Gimferrer: “La literatura, la poesía, es una ética y una estética que colindan con la religión. La obra literaria nos deja vislumbrar, como los sacramentos religiosos, el otro lado de la realidad. Es una comunión y una visión. Pero no es un ritual ni un sacrificio; es un fragmento de la antigua totalidad. Es una experiencia solitaria y entre solitarios. Incluso podría añadirse: es una comunión con fantasmas (aunque estos fantasmas sean más reales que la gente de carne y hueso con que hablamos todos los días).”

A diez años de su muerte física, releer a Paz es recordarlo y admirarlo. La pasmosa sencillez y la increíble diafanidad de su poesía última constituyen, efectivamente, un milagro. Tal es el caso de los cuatro versos (“En Mallorca”) que le dedica a Rubén Darío: “Aquí, frente al mar latino,/ palpo lo que soy:/ entre la roca y el pino/ una exhalación.”