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Jorge Ibargüengoitia

Triclinio y la bella Dorotea

Ampliar la imagen Imagen incluida en el libro El niño Triclinio y la bella Dorotea, de Jorge Ibargüengoitia, ilustrado por Magú, caricaturista de La Jornada Imagen incluida en el libro El niño Triclinio y la bella Dorotea, de Jorge Ibargüengoitia, ilustrado por Magú, caricaturista de La Jornada

Con motivo de las celebraciones por el Día del Niño, ofrecemos a los lectores de La Jornada –con autorización del Fondo de Cultura Económica– este adelanto del libro El niño Triclinio y la bella Dorotea, de Jorge Ibargüengoitia, ilustrado por Magú.

El niño Triclinio vivía con su papá, su mamá, y cuatro hermanas. No tenía amigos en la escuela porque sus compañeros de clase se burlaban de él por llamarse Triclinio. Con sus hermanas no jugaba porque ellas eran mayores y tenían novio.

Triclinio se divertía solo. En las tardes subía al tejado de la casa y se acostaba boca arriba a ver volar zopilotes en el cielo azul. En las noches de luna trepaba en el mezquite que había en el corral y desde allí veía cómo una familia de cacomixtles cazaba gallinas en los corrales de junto.

A veces cogía una concha marina que un pariente había traído de Veracruz y que servía para atrancar una puerta, se la ponía contra la oreja y oía el ruido del mar.

Como Triclinio era el más chico de la familia y el único hijo hombre, estaba encargado de acompañar a sus hermanas cuando salían con sus novios. Las cuatro hermanas, los cuatro novios y Triclinio siempre salían juntos.

Cuando iban al cine ocupaban una fila entera de butacas, cuando iban a la Alameda se sentaban en la banca más grande, cuando entraban en la nevería había que juntar tres mesas y cuando salían a dar la vuelta en la Plaza de Armas ocupaban todo el ancho de la banqueta.

Los novios de las hermanas eran muy generosos con Triclinio. Le regalaban palomitas en el cine, caramelos en la Alameda, helados de tres sabores en la nevería y dulces de cajeta y chocolate en la Plaza de Armas.

Los papás estaban muy contentos con sus hijas, las hijas con sus novios, los novios con ellas y Triclinio con lo que le regalaban los novios de sus hermanas. Es decir, todos eran felices.

En abril, poco antes de que empezaran las fiestas del pueblo, llegó un telegrama. El papá, la mamá, las hijas, los novios y Triclinio se juntaron en el comedor para saber lo que decía. El papá rompió el sobre, sacó el telegrama y leyó:

Llego el jueves
en el camión de
las siete y media.
Firmado:
La bella Dorotea

Todos quedaron encantados con la noticia.

–¡Viene nuestra sobrina de México! –dijeron los padres–, ¡nuestra prima! –dijeron las hijas–, ¡La bella Dorotea! –dijeron los novios.

Triclinio cogió la concha que estaba atrancando la puerta y poniéndosela contra la oreja oyó el ruido del mar.

Los padres, las hijas, los novios y Triclinio fueron a la terminal a recibir a la bella Dorotea.

Cuando llegó el camión y se bajó de él la bella Dorotea, los focos de la luz eléctrica se volvieron más brillantes, la sinfonola tocó la marcha nupcial y a todos los presentes se les abrió la boca y se les escurrió la baba.

La bella Dorotea venía vestida color salmón, era blanca como la leche, tenía ojos de azabache, y dientes de perlas. Pero lo mejor era el cabello: rubio platino y arreglado en forma de panal de abejas.

–¡Es como una reina! –exclamaron a coro los novios de las hermanas de Triclinio.

 
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