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■ Antes del encierro había cuartos vacíos, sin ventanas; ahora tiene 8 puertas, algunas electrónicas

El austriaco que secuestró y violó a su hija buscaba convertir su sótano en fortaleza

■ El abogado de Joseph Fritz podría aducir enfermedad mental de su cliente para evitar la cárcel

Afp

Ampliar la imagen Residentes de Amstetten, Austria, transitan ayer al lado de un rollo de papel con los comentarios de apoyo a la familia de Josef Fritzl, el hombre incenstuoso que procreó siete hijos con su hija Elisabet Residentes de Amstetten, Austria, transitan ayer al lado de un rollo de papel con los comentarios de apoyo a la familia de Josef Fritzl, el hombre incenstuoso que procreó siete hijos con su hija Elisabet

Amstetten, 5 de mayo. Josef Fritzl, el austriaco que secuestró y violó a su hija Elisabeth durante 24 años y engendró con ella siete hijos, pensó en convertir el sótano de su casa en una celda en 1978, cuando su futura víctima tenía 12 años, reveló el lunes la policía.

“Podemos decir con certeza que previó instalar una pequeña celda”, según los planos de construcción de su sótano que presentó en 1978, dijo Franz Polzer, jefe de los investigadores en una conferencia de prensa en Amstetten, en la que dio a conocer los últimos elementos de la investigación. El sótano tenía antes del secuestro de su hija, a finales de agosto de 1984, varias habitaciones vacías, sin ventanas ni sistema de ventilación.

“Actualmente, para entrar en esa prisión hay que abrir ocho puertas, cinco con llave; para las otras tres se necesitan conocimientos específicos en electrónica”, precisó Polzer.

Unos 30 investigadores proseguirán en los próximos días con el examen minucioso que realizaron durante la última semana del refugio antiatómico construido en el sótano de la casa de Fritzl.

El austriaco encerró allí a su hija Elisabeth –que desde los 11 tuvo que sufrir las agresiones sexuales de su padre– cuando tenía 18 años. Declaró oficialmente la desaparición de su hija al afirmar que se había ido de casa para entrar en una secta.

“La cautiva y sus primeros hijos tuvieron que vivir en una habitación de alrededor de 32 metros cuadrados”, hasta 1993, indicó Polzer.

La víspera, el jefe investigador confirmó que Elisabeth pasó los primeros meses de su secuestro atada con una “correa”.

Pero tras el nacimiento de los primeros niños, la habitación “empezó a ser demasiado pequeña y entonces unió otra pieza” de unos 20 metros cuadrados que ya existía desde que la casa fue construida, hacia 1890, según los detalles dados por el investigador.

Tres de los hijos, de 19, 18 y cinco años, vivieron siempre secuestrados en el sótano junto con su madre y nunca habían visto la luz del sol.

A otros tres, de 12, 14 y 15 años, Josef y su mujer los adoptaron en calidad de “abuelos”. El hombre los sacó del sótano cuando eran bebés de meses y explicó que su hija los abandonó ante su puerta. Un séptimo hijo murió poco después de nacer, en 1996.

La hija mayor, Kerstin, de 19 años, cuya hospitalización hizo que se descubriera el caso, “ya no está en peligro de muerte inminente”, anunció el lunes el director del hospital local, Albert Reiter.

Sin embargo, su estado sigue siendo preocupante, por lo que los médicos la mantienen en un coma artificial con respiración asistida.

Elisabeth, de 42 años, su madre Rosemarie, de 69, y los cinco hijos restantes reciben atención médica en el hospital siquiátrico de Amstetten-Mauer.

Comparten unas dependencias de unos 80 metros cuadrados y ya empezaron a mantener un ritmo de vida familiar y mejorar poco a poco, según el director del centro, Berthold Kepplinger.

Por su parte, el abogado del sospechoso, Rudolf Mayer, anunció el lunes en una entrevista con la Afp que aducirá la irresponsabilidad de su cliente para evitar que termine su vida en prisión.

“Parto del principio de que alguien que comete tales actos es un enfermo mental. Para mí es irresponsable”, afirmó.

Por su parte, este padre incestuoso –a quien sus vecinos consideraban un amable abuelo mientras él tiranizaba a su familia– parece un caso típico de “narcisismo maligno” con el agravante de un gusto por hacer daño, explicó el lunes el criminólogo y sicólogo Thomas Müller.

Según este último, que ha escrito un libro titulado El hombre, ese monstruo, sobre casos semejantes al de Fritzl, estos criminales satisfacen su amor por el poder mediante la reducción a la esclavitud de sus allegados.

 
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