Usted está aquí: domingo 11 de mayo de 2008 Opinión Diez de mayo

Néstor de Buen

Diez de mayo

Esta fecha tan connotada, celebrada, conmemorada y todo lo demás, siempre me trae recuerdos contradictorios. Me da la impresión que fue en Estados Unidos donde se propuso dedicarla a las madres, y que el diario Excélsior sugirió adoptar, lo que ha desatado en nuestro país, desde hace muchos años, el mayor acopio de cursilería y afanes mercantiles que se pueda imaginar. Claro está que al 10 de mayo lo sucede, con intenciones semejantes, una serie de homenajes que huelen cada vez más al mayor espíritu comercial del mundo. Así, de memoria, sobre la marcha, pueden recordarse los días del padre, el maestro (muy próximo, por cierto), el abogado, el niño y otros tantos más, por lo menos.

Pero para mí el 10 de mayo tiene otra significación. En ese mismo día, en el año de 1940, el ejército alemán invadió Bélgica, Holanda y Luxemburgo en una ofensiva que después se desvió a Dunquerque con la intención nunca cumplida de iniciar allí mismo, a través del Canal de la Mancha, la invasión de la Gran Bretaña. Tal vez el capricho de Hitler y las dificultades que podía suponer esa invasión, lo llevaron a cambiar el rumbo y dirigirse a París.

La idea, desde un punto de vista político, no era tan mala. La conquista de París, que se llevó a cabo a fines de junio, tenía el aliciente de presentar a las tropas nazis desfilando por los Campos Eliseos, bajo la mirada triste, no podría ser de otra manera, del Arco del Triunfo.

Pero ese gusto que se dio Hitler probablemente cambió el ritmo de la guerra. De inmediato ocupó el resto de Francia; el general Petain, el héroe de la guerra de 1914, se hizo cargo de un gobierno favorable a los nazis y pasaron muchas cosas más hasta que, invadida la Unión Soviética, con éxitos aparentes de los nazis, surgió Stalingrado y a partir de allí se inclinó la balanza en favor de los aliados, incluyendo los éxitos en África, la invasión angloamericana sobre Francia y en 1945 el final de la guerra.

Ese 10 de mayo los De Buen estábamos en París. Mi padre, a la vista de las circunstancias, había hecho arreglos para ir a la República Dominicana. A punto de entrar los alemanes, viajamos en tren a Burdeos, no sé si el último que salió de París y allí, en medio de la debacle francesa, iniciamos el viaje a América.

No culminó en Santo Domingo. Mi general Leónidas Trujillo no permitió que El Cuba, el vapor de la Trasatlántica francesa en que viajábamos alrededor de 500 españoles, pudiera desembarcarnos. Se inició así la parte más dramática del viaje que, gracias al general Cárdenas, culminó un 26 de julio de 1940 en el puerto de Coatzacoalcos, mejor conocido en las cartas de navegación por Puerto México y calificado con razón por Eulalio Ferrer como el Puerto de la Esperanza. No fue nada fácil aprendernos el nombre de verdad.

Por esa razón, que es más que suficiente, el 10 de mayo tiene para mí un valor histórico totalmente diferente al de la cursilería rotunda del Día de las Madres. Este fecha hace pensar en si las madres deben ser recordadas sólo un día al año y no falta quien aproveche esa circunstancia –tal vez porque carece de madre, en el buen sentido del hablar popular de nuestro pueblo– para dar cumplimiento a un compromiso público y notorio al que lo conduce la publicidad desenfrenada, la determinación de esa fecha como día de descanso en múltiples contratos colectivos de trabajo y la suspensión de labores en casi todos los centros laborales.

No es casualidad, sin embargo, que en nuestro país la ofensa más grande que se ha podido inventar tiene como protagonista a la madre. Ya Octavio Paz hizo la reseña, genial, como todo lo de él, de la expresión rotunda de la injuria en México.

Por supuesto que recuerdo a mi madre, mujer ejemplar que vivió las contingencias de un exilio difícil y el fallecimiento muy temprano de mi padre. A ambos les rindo homenaje permanente. Y por supuesto que también a Nona, mi esposa, madre de siete hijos y abuela de 16 nietos. Pero no es mi homenaje el cumplimiento del supuesto deber que nos impone una costumbre perniciosa.

Es, simplemente, la combinación de la admiración y el profundo cariño, ganados a pulso. Y eso vale todos los días del año.

 
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