Usted está aquí: domingo 11 de mayo de 2008 Política La historia congelada

Rolando Cordera Campos

La historia congelada

Las grandes transformaciones del capitalismo encuentran su prueba de ácido en la movilidad social. Incapaz de producir por sí solo igualdad o equidad, el sistema económico sólo puede alcanzar alguna estabilidad política si genera expectativas de ascenso en remuneraciones, tipos de trabajo, formas y niveles de vida. Sin embargo, no hay ley de hierro que asegure que esto vaya a ocurrir, ni siquiera como resultado de cambios dramáticos en las estructuras fundamentales de la organización económica.

Si hay movilidad individual o de estratos significativos, si se registran saltos de consideración de actividades poco productivas a actividades dinámicas con capacidad de inclusión y reproducción, puede esperarse que la nave vaya. Si la estratificación social se calcifica y determina sin apelación el reparto del ingreso, la riqueza y el excedente, lo que anuncia son tormentas que alterarán el modo de vida y producción y pondrán en riesgo el lugar del país en la globalización.

El cambio estructural globalizador era portador de una gran promesa: apertura económica, que traería apertura política y propiciaría renovación cultural, cosmopolitismo profundo y apertura sostenida de los sistemas de movilidad social.

La transformación productiva de nuestra globalización derivaría en empleo creciente de los poco calificados que se calificarían, y eventualmente dejarían de ser abundantes para determinar una elegante solución de mercado a la desigualdad funcional originaria. La política democrática, a su vez, recogería la voz de los de abajo y con la política social compensaría los daños, aumentaría el capital humano y construiría las bases de una efectiva igualdad de oportunidades. El cosmopolitismo empezaría por arriba, pero con el tiempo la migración rendiría sus frutos de aculturación y experiencia técnica y laboral, que se unirían a los de la venerada revolución educativa.

El relato quedó congelado y obliga a revisar las nociones macro y micro económicas y sociales que dinamizarían una estructura avasallada por las adiposidades de la protección y el estatismo, y propiciarían que el cambio estructural aterrizara en una mejor pauta de desarrollo.

Entre la promesa y la frustración presente hay un lapso largo de no-desarrollo, que resume un crecimiento económico aletargado, alta desigualdad y el bloqueo de la movilidad social.

En Movilidad social en el cambio estructural de México, coordinado por Fernando Cortés, Agustín Escobar y Patricio Solís (El Colegio de México, 2007), ocho investigadores sociales documentan un panorama poco alentador. No sólo vivimos una desigualdad aguda en la distribución del ingreso, registrada cada viernes de manera roma en el Viernes social de Reforma; no sólo mantenemos cuotas de pobreza impresentables; ahora debemos registrar que la movilidad social que se esperaba se presenta esquiva, rígida, como la califican Cortés y Escobar.

En la ciudad que “venció al desierto”, y pudo adaptarse con éxito al cambio, Patricio Solís encuentra que la movilidad estructural se mantiene en ascenso, aunque ahora ligada al incremento de los servicios en lugar de la manufactura. Pero, advierte, esta tendencia “clásica” debe ponderarse por el incremento en la desigualdad de oportunidades de acceso a las mejores ocupaciones, así como por el deterioro de las retribuciones económicas asociadas a las ocupaciones no materiales.

Según René Centeno y Solís, estas tendencias son comunes al resto del entramado urbano, con el agravante de que las altas tasas de movilidad absoluta ascendente encontradas podrían originarse más que en la mejoría del estatus ocupacional de los hijos, en el empeoramiento de la posición de origen, es decir, del estatus ocupacional de los padres.

La noción de movilidad contiene esperanzas realistas e ilusiones realizables. Esa era la misión de la cascada de cánticos a la modernidad y el cosmopolitismo que acompañaron el cambio, y que los cosecheros de la alternancia mantuvieron como mantra unificador de su coalición encapuchada.

Tal vez sea por esto último que los gobiernos de esta barataria victoria cultural se vean incapaces de transmitir alguna idea de avance o progreso, y que una y otra vez caigan en los espectáculos de una reformitis pudorosa que, sin embargo, no puede esconder la avidez grosera y miope de los grupos de negociantes que la promueven.

Sin justicia social, resultante de cambios en la distribución, empleo digno y expectativas de mejoramiento intergeneracional, la democracia se oxida y su producción simbólica se vuelve divertimento de acomodados. La idea de modernidad se torna simulación oligárquica y la reforma del Estado operación de desmantelamiento. En esas estamos; lo grave es que la República real se turna entre balas y muertos, demasiados.

 
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