Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 11 de mayo de 2008 Num: 688

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Un pornógrafo sublime
RAÚL OLVERA MIJARES

Poética
ARIS ALEXANDROU

La batuta de Morricone
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Morricone en Oriente
LEANDRO ARELLANO

Ricardo Martínez:
rigor y poesía

MARCO ANTONIO CAMPOS

Escribir y ser otro
JUAN MANUEL GARCÍA Entrevista con MARIO BELLATIN

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Columnas:
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Paso a Retirarme
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Bemol Sostenido
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ANTROPOLOGÍA DE LAS CALLES

ANNA PI I MURUGÓ


Sociedades movedizas.
Pasos hacia una antropología de las calles,

Manuel Delgado,
Anagrama, Colección Argumentos,
Barcelona, 2007.

El antropólogo Manuel Delgado, en su libro Sociedades movedizas, aporta una serie de reflexiones en torno a la ciudad y sus diferentes concepciones. Delgado describe los intentos por inmovilizar el espacio urbano. Así expone las propuestas y realizaciones de las instituciones públicas y privadas para concretar una determinada ciudad, la ciudadanía y el urbanismo correctos, y con estrictas normas, pero que no reconocen la realidad social de la calle. Residente en Barcelona, ciudad que recorre y que detalla en este ensayo, sus consideraciones etnográficas sobre la ciudad son vividas y acompañadas de múltiples aportaciones teóricas de antropólogos, sociólogos, y de la literatura y el cine.

En este texto, el autor propone una nueva antropología de las calles y argumenta que el espacio público o el término que él defiende, la calle o plaza, nunca es igual para todos, pues la sociedad y la calle siempre están en movimiento. Asimismo, diferencia entre el concepto de ciudad, que se puede planificar, y el de urbano, que no posibilita la planificación, ya que es imposible racionalizar los espacios y flujos, así como domesticar las conductas y voces de los ciudadanos. El símil con el teatro permite al autor mostrar este carácter inestable de la calle y los ciudadanos que invalida los proyectos y acciones urbanísticas.

El autor, asimismo, polemiza con lo que llama una visión ciudadanista del espacio público, ya que el espacio público, con sus controles y fiscalizaciones, hace que muchas veces no sea un espacio social, pues delata al inmigrante o a la minoría. Se obstaculiza su paso y se exigen peajes o explicaciones que pueden llevar al encarcelamiento, la repatriación o la huida de los ciudadanos. Con ello se vulnera el derecho a la indiferencia que Delgado reivindica. El discurso de la tolerancia humanitaria y de la expresión a favor del multiculturalismo y la interculturalidad ciudadana, como opuesta al racismo y a la intolerancia, es también un tema abordado en el libro, pues responde únicamente a un elogio estético a la diversidad que sólo evita mostrar la explotación de los excluidos (inmigrantes, inducumentados, sin trabajo, hablantes de otras lenguas, etcétera) que viven en las calles de Barcelona. El discurso de la tolerancia, asimismo, permite calmar la indignación de los oprimidos y desviar la atención del núcleo central de los problemas.

Esta particular mirada de la ciudad, en la ciudad que nos propone Manuel Delgado, puede provocar enfado, enojo, sonrisas cínicas, críticas o gestos de asentimiento, pero en cualquier caso no nos deja indiferentes, nos permite ver la ciudad con nuevos ojos, y explorarla en sus movilidades por sobre sus lugares. En este sentido, nos invita a sospechar de la planificación urbana en su intento por ordenar y racionalizar la vida urbana, cuestionando la noción de espacio público que, al parecer, no sería necesariamente la realización de la democracia ciudadana, sino una nueva barbarie moderna que se aprecia ya en casi todas las ciudades del mundo.


FURIOSA LOCURA

ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ


Entre cielo y tierra,
Augusto Isla,
Instituto Mexiquense de Cultura,
México, 2007.

Un concepto recorre el mundo: el de la utopía como fórmula perfecta de la convivencia social. Infamado, edulcorado, vilipendiado, envejecido prematuramente, exaltado, tachado de locuaz e irrealizable, rejuvenecido a ratos por soñadores irredentos, confundido con otras hechicerías (la felicidad obligatoria, el gobierno del proletariado, la tecnología y el progreso, la democracia sin adjetivos), un nutrido etcétera de festejos y calamidades lo ha entronizado (para después deponerlo) o lo ha juzgado a la ligera (para luego sufrirlo) en la historia humana.

Platón, Bacon, Tomás Moro, Vasco de Quiroga, Saint-Simon, Fourier, entre muchos otros, fueron impulsores de esta furiosa locura. Unos la relacionaron con el saber, otros con el trabajo organizado, con la religión científica (y lo que ello signifique), con la falacia del falansterio. Y unos más, examinados en su breve libro por Augusto Isla, pergeñaron (el verbo es de Borges) visiones distópicas que, al morderse la cola, consienten otra forma de la utopía, pues si bien puede parecer inaudito creer en fantasmas, no menos absurdo y casi pecaminoso es negar su existencia.

Oscar Wilde, h. g. Wells y George Orwell tienen en común algo más que la similitud de sus apellidos, esa w que pone de cabeza la m de Moro, sin duda uno de los grandes culpables. (Y digo culpables porque entregarse tan plenamente a estos diseños unitarios, fervorosos y bienintencionados del mundo es peligroso: su resultado puede ser el proyecto de una democracia interplanetaria y embustera como la de Bush, ese arbusto desarbolado.) Isla lo preconiza con su denuedo característico en sendos ensayos que acaso sólo acusen el acoso de emparejar visiones tan distintas, sobre todo la del dandy de Dublín, para quien la felicidad colectiva no existe, la individual es una forma del placer y el placer un vicio delicioso.

Wells creyó, sí, en el “sueño igualitario” como una mera forma de la sobrevivencia. Si la palabra ambición es ambigua porque alude tanto al deseo legítimo de aspirar a algo como a la ceguera de conseguirlo sin reparar en daños, otra palabra espléndida, prosperar , que entraña la emoción y los trabajos de perdurar, se ha pervertido cuando la identificamos groseramente con la acumulación de objetos codiciables. Pero perseverar en nuestro ser es lo que propone Wells como la salvación de la especie.

El caso de Orwell es el más emblemático, quizá por ser el menos frívolo o idealista de los tres. Su distopía es narrativa, además, pues si la explicitó en numerosos ensayos, florece aún mejor en sus dos novelas fundamentales: Rebelión en la granja y 1984. Es imposible referirla en un texto de tres mil caracteres. Pero quien se asome al libro de Isla podrá entender cómo la crítica de Orwell al totalitarismo en que devienen ciertas utopías políticas, es antes un examen devastador de todas las formas del fanatismo (incluido el liberal , esa supersticiosa pasión acrítica que padecen algunos intelectuales de nuestro medio) que el enjuiciamiento de una ideología en particular.

Es innegable que el sueño de ser feliz, en el rango de lo personal y en el aún más exigente de lo colectivo, es un delirio natural que nos dignifica como especie. Pero descreer de esos sueños es, asimismo, una alternativa plausible. El mérito del libro de Augusto Isla reside en describir atentamente las peculiaridades de esta bipolaridad.


EL DESTINO DEL INCONFORME

JORGE ALBERTO GUDIÑO HERNÁNDEZ


Canta la hierba,
Doris Lessing,
Byblos,
Barcelona, 2007.

Sin lugar a dudas, el Nobel es el más polémico de todos los premios literarios. Más allá de la suspicacia que apunta a razones extraliterarias para otorgarlo, las dudas recaen sobre él a partir de lo que premia. A diferencia de otros galardones, éste no se inclina a favor de un libro en particular, sino hacia la totalidad de la obra existente de un autor vivo. He ahí el problema. No se pueden llevar a cabo comparaciones exactas entre las obras de diversos escritores. Si concluir que un libro es mejor que otro ya es difícil, hacerlo cuando se acumulan por decenas sobre otros tantos puede requerir un mecanismo político o regional para resolver el dilema. Doris Lessing (Persia, 1919) no es la excepción. Muchas voces autorizadas han levantado la voz dada la cercanía idiomática con Harold Pinter y Coetzee. Tal vez tengan razón. Sin embargo, lo importante no es si ella era la mejor autora entre los candidatos, sino si su obra merece el galardón. La única forma de obtener una respuesta es leyéndola.

Canta la hierba es la primera de sus novelas. La que servirá como antecedente temático de las venideras y la que es el punto de arranque de una carrera exitosa. Mary Turner es una mujer feliz. Británica por herencia, vive en alguna parte del África meridional. Aunque no se sabe con exactitud a que país corresponde, parece ser el reflejo de todo lo que sucede dentro de las colonias inglesas. Con más de treinta años en su haber, su felicidad, consistente en sus relaciones sociales, se viene abajo cuando escucha por casualidad a sus amigas burlándose por su incapacidad de conseguir marido. Entonces decide casarse. Lo hace con Dick Turner, un granjero con el que no tiene nada en común. De hecho, apenas y se conocen. No se han de haber visto ni media docena de veces en circunstancias por demás protocolarias antes de la boda. Apenas llega a su nuevo hogar, Mary se da cuenta del error cometido. Ella no está hecha para la vida campirana, para las limitaciones, para la falta de personas a la redonda. Entonces se abandona. Cada nueva tarea cae en el saco roto de su indolencia y en el infortunio del entusiasta que es su marido.

A partir de un manejo envidiable de los tiempos, Doris Lessing consigue contagiar la decadencia en la que van cayendo los personajes a lo largo de los años, contagiando al lector de una impotencia dolorosa como la que más. Al mismo tiempo, va construyendo un relato en el que la crítica social, la semiesclavitud y la resignación se van apoderando de cada una de las páginas, hasta desembocar en un final que cumple con las expectativas. Canta la hierba es tan sólo la primera de una serie de novelas poderosas que, si bien no necesariamente ganan a la hora de competir una a una con las de otros autores, saldrán bien libradas gracias a su propuesta y a la luz que arrojan sobre una serie de circunstancias que suelen sernos ajenas.



Lo desconocido es entrañable. Arte y vida en Octavio Paz,
Rafael Jiménez Cataño,
Jus,
México, 2008.

En medio de la vorágine de tinta que se vierte en estos días con motivo del décimo aniversario luctuoso de Paz, Jiménez Cataño publica este profuso ensayo con el propósito de “echar una mirada a las mismas cosas que observó Paz, con la conciencia de pedirle demasiado y la convicción de que puede dar lo que se le pide”.



Necrologías,
Antonio Ramos,
Jus,
México, 2007.

De “lúcida y amena aventura reflexiva y literaria” califica su propia cuarta de forros la propuesta que Ramos, treintañero neoleonés galardonado y becado en múltiples ocasiones, ofrece en este pequeño volumen de textos sobre “la escritura como proceso vivencial y creativo”, y que no trata tanto sobre la muerte, como se colegiría del título, sino “sobre la vida […] sobre sus grandezas y miserias espirituales”.



Fosa común. Ficciones súbitas,
Armando Alanís,
Ediciones Fósforo,
México, 2008.

Este coahuilense avencidado en Ciudad de México es autor, entre otros, del cuentario La mirada de las vacas así como de las novelas Alma sin dueño y La vitrina mágica . Súbitas tanto por su extensión como por el chicotazo que saben dar al lector, estas ficciones abordan los límites de la supuesta realidad y los trastocan en un mundo que, siendo otro, se percibe más auténtico.



Más allá del acceso a la información.
Transparencia, rendición de cuentas y estado de derecho,

John M. Ackerman (coordinador),
Siglo XXI Editores,
México, 2008.

Con el apoyo de la UNAM , la UdeG , la Cámara de diputados y el CETA –Centro de Estudios sobre la Transparencia y el Acceso a la Información-- , aparece este volumen con textos, entre otros autores, de José Ramón Cossío, Jonathan Fox, Juan Pablo Guerrero, Jerry L. Mashaw y Owen Fiss.