Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 11 de mayo de 2008 Num: 688

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Un pornógrafo sublime
RAÚL OLVERA MIJARES

Poética
ARIS ALEXANDROU

La batuta de Morricone
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Morricone en Oriente
LEANDRO ARELLANO

Ricardo Martínez:
rigor y poesía

MARCO ANTONIO CAMPOS

Escribir y ser otro
JUAN MANUEL GARCÍA Entrevista con MARIO BELLATIN

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Naief Yehya
naief.yehya@gmail.com

El legado del régimen Bush

EL FIN DE LA DEMOCRACIA

A cinco años de guerra en Irak y casi siete de “guerra contra el terror”, podemos decir sin temor a exagerar que la democracia en Estados Unidos ha fallecido. En víspera de las elecciones presidenciales, las campañas de los contendientes por la nominación por el Partido Demócrata, Barack Obama y Hillary Clinton, se han centrado en cosas insignificantes y se han tornado, especialmente por parte de Clinton, en estrategias feroces para satanizar a su rival y, de paso, envenenar el proceso. Los agentes de relaciones públicas y los medios de comunicación han logrado, con más eficacia que nunca, transformar la elección en un vacuo concurso de carisma, en el que el triunfador será el que logre crear la imagen de ser una persona cualquiera, alguien con “quien uno quisiera tomarme una cerveza”. Ningún criterio podría parecer más idiota, particularmente cuando el país vive una depresión económica y está empantanado en guerras de las que no habrá salida rápida.

EMPANTANADOS

Desde la caída de Hussein, Estados Unidos ha mantenido una actitud esquizofrénica respecto del clérigo rebelde Muqtada al Sadr, a quien un día acusa de ser terrorista y al día siguiente trata de seducir y sobornar. Al Sadr se tornó en líder carismático cuando las tropas de ocupación demostraron no sólo ser incapaces de restablecer los servicios básicos, sino cuando tampoco pudieron impedir las masacres de shíitas, como la que tuvo lugar el 2 de marzo de 2004, cuando varias bombas estallaron en Karbala y Kadhimiyah, matando a más de 270 personas y dejando a cientos de heridos. En ese momento quedó claro que los estadunidenses serían usados en un complicado y mortal ajedrez interétnico. Ese y muchos otros actos de violencia de proporciones gigantescas y de motivación evidentemente sectaria, sirvieron como justificación para el establecimiento de fuerzas de autodefensa shiíta, como el ejército Mahdi o las brigadas Badr. Mientras los ocupadores, que desconocían las políticas interétnicas y despreciaban la complejidad de la cultura local, cayeron en la trampa, y mientras por un lado atacaban a los sunitas en Fallujah, destruyendo la ciudad y convirtiendo ese nombre en sinónimo de oprobio, por el otro trataban infructuosamente de eliminar a Al Sadr. Esto sólo consolidó el poder del clérigo y obligó a algunos grupos sunitas a reconocer que necesitaban otra estrategia, ya que la confrontación directa con el ejército estadunidense era una locura, de ahí que hayan entrado en una alianza con los ocupadores para combatir a Al Qaeda (y de paso exprimir algunos dólares a los estadunidenses), formando los Consejos del despertar, una táctica que les hará ganar tiempo, destruir a un enemigo común, rearmarse y esperar una buena oportunidad para volver a atacar a los shiítas.

SEIS PUNTOS


Dólares de decepción

Recientemente fue revelado (Daily Mail, 11/ IV/ 2008) que los más altos círculos del gobierno (Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Condoleezza Rice, etcétera), no solamente aprobaron el uso de la tortura, sino que tuvieron varias discusiones secretas en las que acordaron y diseñaron el uso y los métodos que se emplearían para obtener confesiones de los sospechosos. Esto viene a confirmar una sospecha universal y a sumar un punto más al legado del régimen Bush y la cofradía de los neocons : la efectiva destrucción del prestigio y la credibilidad que le quedaba a Washington, la devastación del ejército estadunidense en un combate prolongado e inútil que convertirá su equipo y material en chatarra, reducirá los niveles de enrolamiento y hará que numerosos soldados activos aprovechen la primera oportunidad para darse de baja.

Una recesión económica propiciada en gran medida por el altísimo costo de una guerra que sólo ha sido negocio para corporaciones petroleras (con el barril a 114 dólares), agencias de mercenarios, traficantes de armas y líderes corruptos (iraquíes, estadunidenses y otros, tanto civiles como militares).

La desestabilización del Oriente próximo por un despertar islámico militante que hará tambalearse a varios regímenes del mundo árabe.

Una catástrofe humanitaria apabullante por los millones de iraquíes desplazados que ahora viven en condiciones de miseria en Siria, Jordania y otros países de la región que se encuentran a su vez rebasados.

Pero lo más importante y trágico es haber provocado la muerte de cientos de miles de iraquíes, más de 4 mil soldados estadunidenses, la destrucción de miles y miles de familias y transformación de Irak en una zona de desastre.