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Carlos Bonfil

■ El llanto de la mariposa

El cuarto largometraje del neoyorkino Julian Schnabel (Basquiat, Antes que anochezca; Berlín/Lou Reed) adapta el recuento autobiográfico del periodista, jefe de redacción de la revista Elle, Jean Dominique Bauby, fallecido en 1997, a los 44 años, a consecuencia de un accidente vascular. El título original de su libro es La escafandra y la mariposa. Schnabel lo respeta, y también sus editores en español, aunque no así los distribuidores de la cinta en habla hispana, quienes prefieren asestarle un sentimental título gancho para la taquilla, El llanto de la mariposa. Por fortuna, la cinta de Schnabel, Le scaphandre et le papillon, es algo muy diferente.

Luego de sufrir una embolia al conducir su auto, Bauby cae en un prolongado estado de coma del que despierta para descubrir la parálisis casi total de su cuerpo. Su padecimiento es diagnosticado como un locked-in syndrome (síndrome del encierro en sí mismo), ocasionado por un corto circuito en el tronco cerebral que cancela la comunicación entre el cerebro y las funciones motrices.

El único músculo de su cuerpo que sobrevive a la atrofia generalizada es el del ojo izquierdo, y esta inesperada movilidad le permite expresar sus sensaciones, comunicarse con enfermeras, médicos y familiares, y a la postre dictar, mediante un sistema de interpretación de guiños de su ojo único, el libro que sirve de base a la película. La primera parte del filme, que se inicia con una serie de radiografías como fondo para los créditos, y prosigue con el punto de vista de Jean Dominique tomando conciencia de su estado casi vegetativo, es todo un acierto de la dirección y del fotógrafo polaco Janusz Kaminski.

El espectador adopta la mirada del paciente y con él la percepción de un mundo exterior sobre el que ha perdido todo control. Un guiñapo, un vegetal, un conejillo de indias sobre el cual experimenta a diario el cuerpo médico; un monólogo interior incesante –confusión verbal sin interlocutores ni destinatarios– condenado a caer continuamente en el vacío. Durante buena parte de la película el espectador no puede ver al paciente, encerrado con él en su cuerpo, mirando con él lo que él mira. En un pasillo, durante un paseo en silla de ruedas, el espectador percibe fugazmente, al mismo tiempo que Bauby, el rostro que la enfermedad ha deformado, la boca torcida, el labio inferior caído, el ojo alerta, desmesuradamente abierto. A estas alturas Schnabel ha conseguido lo más difícil de la experiencia: penetrar parcialmente en el mundo interior del protagonista, entender la sensación de encierro que Bauby intenta ilustrar con la imagen de un buzo en la profundidad del océano, encerrado en su escafandra, perdido para todos, al punto de la asfixia; y también la metáfora opuesta, su liberación progresiva mediante el ejercicio de la imaginación, gusano de seda que rompe la crisálida para convertirse en mariposa.

En manos de otro realizador, y con la interpretación de otro comediante (se pensó primero en Johnny Depp, luego en Eric Bana), el resultado podía haber sido chantajista y burdo, como pretende mostrarlo el título de la cinta en español. Sin embargo, el trabajo impecable de Mathieu Amalric, actor francés predilecto de Olivier Assayas y de Arnaud Desplechin, confiere a la cinta a la vez calidad expresiva y honestidad moral. Schnabel sortea con éxito los escollos más previsibles: no hay el discurso edificante con mensaje de superación personal, ni tampoco la idealización del paciente como figura romántica llena de virtudes. Jean Dominique aparece como un ser multifacético, capturado en su frivolidad pasada mediante flash-backs, y en su insensibilidad amorosa hacia su ex mujer, pero también en la dimensión de una conciencia que la enfermedad ha pulido y transformado. No hay, como en Mar adentro, de Alejandro Amenábar, alegato alguno en favor de la eutanasia, pues Jean Dominique ha descubierto, en su encierro insoportable, el goce hasta entonces insospechado de una plenitud vital en la expresión literaria.

 
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