Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 25 de mayo de 2008 Num: 690

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Brito y Jiménez:
el rótulo del arte

RICARDO VENEGAS

Gritos de la noche
KLÍTOS KYROU

Realidades artificiales
y mentiras globales

JUAN MANUEL GARCÍA Entrevista con EDUARDO SUBIRATS

Introducción a Giacometti
YVES BONNEFOY

Alberto Giacometti
Carta a Pierre Matisse

El diálogo poético de Giacometti
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Dos poetas

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

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ALONSO ARREOLA

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Enrique López Aguilar
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Las setecientas palabras

El rabí le explicaba el universo:
“Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga.”
Y logró, al cabo de años, que el perverso
Barriera bien o mal la sinagoga.
J. L. Borges, “El gólem”

Quisiera alejar de la mente del lector cualquier confusión derivada del título de este texto: ni su tema está relacionado con especulaciones religiosas, ni se alude a una cifra cabalística, no obstante el epígrafe, cuyo contenido es el de una historia relacionada con la Cábala : en ella se relata el fallido intento de un rabino por crear vida con barro y con La Palabra , a la manera de Yahvé; la tradición le dio el nombre de gólem a ese (fracasado) experimento, “simulacro”: un ser animado, parecido al hombre, pero deficiente; una suerte de homúnculo goetheano, anticipación de la quimera cientificista del doctor Frankenstein, según la hizo llegar hasta nosotros Mary Shelley. El tema de estas meditaciones no es la Cábala , pero sí las palabras, desde un sesgo que recuerda vagamente al gólem: el equipo léxico, el repertorio verbal con el que suelen llegar los estudiantes de bachillerato a los primeros años de la universidad: un bagaje de setecientas palabras.

La persona más culta y sabia de una lengua no posee todas las palabras de la misma, si se considera que un sistema lingüístico abarca la historia completa de una lengua (el pasado y el presente siempre vivo), además de sus diversas geografías. En el caso del español, ya bastante complejo es el de México como para agregar el resto del sistema: todas las variantes dialectales que se hablan en Hispanoamérica y en España… Así, resulta difícil que un hablante tenga en mente la palabra marmesor, latinismo que luego fue desplazado por el arabismo albacea. Los diccionarios más voluminosos del español registran cerca de 90 mil palabras, lo cual no significa que ése sea el número total de las que existen en nuestra lengua: faltan los arcaísmos, las palabras en desuso, los dialectalismos, las palabras no recogidas en ningún volumen… Una persona que poseyera todo el sistema lingüístico español tendría la capacidad de comunicarse con estructuras medievales, renacentistas y modernas, así como de desenvolverse fluidamente entre sefarditas, argentinos, veracruzanos y sevillanos, y en todas las normas de cada región, lo cual se antoja imposible.


El rabí Loew y Gólem, 1899

¿Qué significa poseer un repertorio léxico de setecientas palabras? Por lo pronto, que acostadas una detrás de otra en una página, ocuparían cerca del dieciséis por ciento del espacio que esta columna ocupa en el papel; además, esas palabras incluirían nexos y verbos básicos (sobre todo, los regulares) con sus conjugaciones, sustantivos y adjetivos. ¿Cuáles? Misterio difícil de resolver, pues la manera como cada hablante articula su propio acervo es asunto completamente personal, y eso depende del entorno social y familiar, así como de la (in)existencia de lecturas, del nivel sociolingüístico al que se pertenezca y otras variables que terminan consiguiendo que, por ejemplo, en una misma familia puedan coexistir dos hablantes con léxicos de muy diverso nivel.

Los alumnos de las disciplinas de ciencias sociales y humanísticas deben enfrentarse a lecturas de Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Alfonso Reyes (¿cómo le hacen para descifrar el texto?). Sin embargo, en su léxico no se encuentran palabras como veleidad, certeza, cardumen; aunque sean recurrentes güey, chido, áypod y lúser; no se distinguen azar de azahar en la lectura, aunque se conozca todo el campo semántico del verbo chingar; mientras que, en la lengua escrita, exuberante se vuelve exhuberante, y exhaust, exausto. ¿Se puede leer, escribir y hablar con un modesto repertorio de setecientas palabras? Ése es otro misterio, aunque el primer presidente panista del país alcanzó la investidura con un universo léxico que difícilmente superaba ese número.

¿Son setecientas palabras? No lo sé. Algunos analistas hablan de doscientas; otros, de mil. Imagino difícil un censo preciso, pero creo que el número setecientos tiene una connotación simbólica equivalente a “escaso”, así como en la Biblia la expresión “setenta veces siete” equivale a “infinito”. Ahora que se planea otra reforma educativa, los jerarcas de la educación deberían saber que los decretos no borran el analfabetismo: no hace falta dar clases para darse cuenta de la manera como a la riqueza léxica de las antiguas generaciones mexicanas de hablantes le está pasando lo que al petróleo: las reservas se agotan y los nuevos hablantes se expresan como la generación del gólem (es decir, como descendientes de éste).