Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 8 de junio de 2008 Num: 692

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Entre grulleros te veas
RICARDO GUZMÁN WOLFFER

Poesía trágica
TEÓFILO D. FRANGÓPOULOS

Un oficio que se aprende
EUGENIO FERNÁNDEZ VÁZQUEZ

Fichas para (des)ubicar a Heriberto Yépez
EVODIO ESCALANTE

Diálogo alrededor de Sergéi Esenin
ROBINSON QUINTERO OSSA Y JORGE BUSTAMANTE GARCÍA

Esculturas con Eros
RICARDO VENEGAS Entrevista con CARLOS CAMPOS CAMPOS

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Ana García Bergua

De unos amores que matan

El amor puede ser muchas cosas, muy distintas del cliché que lo suele mostrar como un éxtasis prolongadísimo o una perdurable bonanza espiritual. Los cuentos de Amores que matan, el libro de Rosa Beltrán que ha merecido ya varias reediciones, nos muestran una serie de representaciones del amor, todas ellas entre cómicas y dolorosas. ¿Es necesario, parecen preguntarse los personajes de estos cuentos, sostener esta fantasía, este apego siempre un poco enfermizo, un juego en el que siempre alguien pierde y en el que el goce y el dolor juegan al subibaja?

“Tengo un amante veinticuatro años mayor que yo que me ha enseñado dos cosas. Una, que no puede haber pasión verdadera si no se traspasa algún límite, y dos, que un hombre mayor sólo puede dar dinero o lástima.” La protagonista del cuento “Shere-Sade” tiene que encarnar, en cada noche, a una de las mujeres de aquel hombre. Por él se coloca en todas las posiciones para, al igual que Sherezada, evitar que él la olvide y con ello la haga desaparecer.

Huni, el chino del “Manual de autoayuda para chinos”, no habla, aunque es un romántico. Su amante habla todo el tiempo, pero sus palabras son como esas cajitas chinas: cada cosa que dice disfraza otra.

“A nadie se le puede reprochar que odie y ame a la vez…” dice la esposa en “Tiempo de morir”, un cuento sobre los rituales del amor conyugal, rituales cada vez más vacíos que, paradójicamente, lo llenan todo hasta la asfixia. Consecuencia de éste podría ser el relato “Vacaciones”: aquí la familia se dibuja con las hostilidades y las culpas derivadas de convivencias viciadas, el borde en que los verdaderos sentimientos se manifiestan, a un paso de realidades que, de suceder, serían atroces.

Uno de los cuentos que más me gusta es “Graffiti”, el de la señora que entra a la facultad a estudiar letras clásicas y descubre, en los grafittis del baño de mujeres, toda una forma de comunicación, un mural de pasiones, deseos y urgencias: “ayúdenme a abortar”. La mujer encuentra en aquellas puertas pintarrajeadas una vía hacia otras libertades.

“Réquiem”, el cuento del amor materno, es terrible: una madre muere y sus hijas cumplen el ritual de llorar y preparar té. Luego se dan cuenta de que su mamá no las abandonará: “Mamá no entra en los zapatos”, empiezan a decir. El amor materno, como todos sabemos, es el lugar más tierno, dulce y asfixiante que puede existir. Al igual que “Antesala”, el cuento de los viajeros encerrados en un vagón de tren, este cuento tiene un elemento fantástico y pesadillesco.

“El hombre de esta mujer usa trajes Sidi” trata de los objetos del deseo, el paraíso que vive en las imágenes de los anuncios y la televisión. “Ambos seguían siendo una pareja de adultos elegantemente vestidos a crédito –dice en alguna parte– y, no obstante, a partir de sus encuentros furtivos con el amor poseían una energía extraña, una sonrisa impertinente que hacía suponer que hacían cómplices a los demás de un plan secreto.” Este cuento es el que aborda más claramente el amor como representación: al igual que los religiosos, amamos las imágenes del amor y, desde luego, al amor como marca comercial. En los cuentos de Rosa Beltrán hay una insistencia en este vacío, como en “Diletantes”, que trata de la fantasía de un viaje que hará una pareja, la posibilidad de una nueva vida representada por una beca en una universidad de Los Ángeles, su sol un poco postizo, la comida naturista, los cursos de meditación.

¿Cuánto pagaría una a cambio de unos instantes de sentirse amada? ¿Hasta dónde puede perderse el control, dar de sí, a sabiendas de que el otro escapará con algo de una misma? Esto parece preguntar “Primer amor”, donde una vendedora de libros entra en un juego de seducción con un joven estudiante. “Entreacto” aborda los rituales de la espera y las pequeñas certidumbres de un amor que ya es “un poco triste” pues ya se ha vuelto costumbre. También la espera puede ser un momento que atrapa y asfixia.

En todas las las representaciones del amor existe, a fin de cuentas, un elemento grotesco: “Al grito de ‘yo no soy criada de nadie', Juanita abandonó el lecho conyugal.

Volvió pronto, porque se había olvidado de tender la cama.”

Aunque el otro no nos quiera, aunque nos utilice, siempre habrá algo para lo que nos necesitará, un pretexto para el apego. Mejor ese vacío que dar el salto al otro gran vacío de la soledad. O como dice Amanda, la chica que vende pastillas para el aliento en el cuento del mismo nombre, cuando le dice a su familia que quiere ser aeromoza: “Pues sí, voy a ser gata, pero gata de Angora.”