Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 8 de junio de 2008 Num: 692

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Entre grulleros te veas
RICARDO GUZMÁN WOLFFER

Poesía trágica
TEÓFILO D. FRANGÓPOULOS

Un oficio que se aprende
EUGENIO FERNÁNDEZ VÁZQUEZ

Fichas para (des)ubicar a Heriberto Yépez
EVODIO ESCALANTE

Diálogo alrededor de Sergéi Esenin
ROBINSON QUINTERO OSSA Y JORGE BUSTAMANTE GARCÍA

Esculturas con Eros
RICARDO VENEGAS Entrevista con CARLOS CAMPOS CAMPOS

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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Un oficio que se aprende

Eugenio Fernández Vázquez
Entrevista con Ángel González

 

Hace pocos días, en Madrid, murió Ángel González. Fue un poeta irónico y franco, duro, dirían algunos de sus lectores, comprometido con la esperanza, con la justicia y el amor, completarían casi todos. Fue alguien que en sus versos nos dejó la conciencia del peso de la historia sobre nosotros y de la necesidad de construir sobre ella un mundo mejor en el que quepa el amor y no haya que matar. Seis años antes de su muerte, en enero de 2002, de visita en México, accedió a esta entrevista. La charla tuvo lugar en casa de su amigo Paco Ignacio Taibo i y su esposa Maricarmen. Durante la hora y media que duró la plática, González fue contando su entrada en la poesía y dando un recorrido por ella, por sus influencias y sus gustos, por su concepción del verso. Nacido en España en 1925, contó cómo lo marcaron la Guerra civil y la dictadura. Profesor en Albuquerque y bueno conocedor de México, explicó cómo veía a los poetas de su tiempo a ambos lados del Atlántico y qué diría a los poetas jóvenes.

– ¿Cómo llegaste a la poesía?

–Mi encuentro con la poesía ocurrió muy temprano, casi desde niño. En mi casa se leía mucha poesía. Tenía una hermana que leía en voz alta, y eso me marcó mucho, porque descubrí así la musicalidad de los poemas. Luego el camino siguió a través de un libro que muchos desprecian, pero que no es malo: Las cien mejores poesías de la lengua castellana. Ahí empecé yo a leer y a entusiasmarme por todo, por el Romancero y el Cancionero del Siglo de Oro, que me impresionaron mucho, y por poetas como Espronceda, que tiene poemas que son muy propios para niños, como la “Canción del pirata.” A partir de ahí y hacia los ocho o nueve años, ya mi hermana me regaló algún libro, como Azul, de Darío, que también tiene poemas muy propios para niños, como la “Cacería del tigre en Bengala.” Más tarde, ya en la adolescencia o en la primera juventud, descubrí a poetas como Gerardo Diego, Lorca, Alberti, y eso me llevó a escribir. Para escribir lo importante es leer. Sin lectura no hay poeta. Por muchas emociones que sienta, por muchos entusiasmos interiores, si no se lee no se puede escribir poesía.

– Alguna vez dijiste que “el lector químicamente puro no existe”, pero entre el lector químicamente impuro y el escritor hay un salto. ¿Cómo se da?

–En mi caso se dio como un acto reflejo de la lectura. La lectura me hizo a mí desear hacer algo parecido a lo que estaba leyendo y lo empecé a hacer, sin ninguna idea de publicar, simplemente por una presión personal. Yo no tenía ni idea de que iba a publicar poesía cuando empecé a escribir.

– ¿La dabas a leer?

–A casi nadie. A algunos amigos, como Paco Ignacio, pero a pocos más. Cuando pasados los años estaba estudiando derecho, sí la di a leer, y ponía más atención a la poesía que al derecho. Pensé que a lo mejor aquello significaba algo, y entonces se la presenté digamos que a un profesional, que era Carlos Bousoño. Bousoño había sido amigo mío de niño y después le perdí la pista, porque él se fue a estudiar a Madrid y se convirtió en un crítico y en un poeta muy reconocido entonces, y un día me lo encontré en Madrid. Me atreví a pedirle una lectura de mis poemas, sabiendo que ya la amistad no lo iba a influir para decirme, como yo pensaba que decían mis amigos, “esto está muy bien” sólo por amistad. A él le dije: “Tú olvídate de que de niños jugamos juntos a las canicas. Quiero que leas esto porque no sé lo que es, no sé lo que significa.” Y Carlos lo leyó y me hizo un juego muy positivo. Me dijo: “No sé cuál sea tu dimensión de poeta, pero yo lo que te digo es que eres poeta de verdad y que los debes publicar.” Me presentó a Vicente Aleixandre y a otros y así empezó la historia. El grupo, que se empezó a formar en torno a algunos poetas de Barcelona y también de Madrid, solíamos comentar lo que estábamos leyendo. En mi caso, sobre todo correspondí con Jaime Gil de Biedma. Aquello era un auténtico taller de poesía. Jaime era un hombre muy sincero, muy inteligente y muy agudo, y decía lo que pensaba, y eso a mí me sirvió mucho.

– Eres abogado y vienes de una familia de maestros. Trabajaste mucho tiempo como funcionario y luego diste clases muchos años. ¿Cómo influyeron estos dos oficios en tu vida y en tu obra?

–Mira, la solución de ingresar en la administración, para un escritor era bastante común. Era tradicional en España. Muchos escritores eran funcionarios y de eso vivían y luego escribían lo que les apetecía. A mí me sirvió porque me resolvió el problema de ganarme la vida, y me dejaba mucho tiempo libre para escribir. Incluso llegué a escribir en horas de oficina. No tenía nada que hacer, y podía dedicarme a ello. El magisterio lo hice por seguir una tradición familiar. Lo ejercí unos meses, porque en el pueblo donde estaba curándome de esa tuberculosis de la que ya he hablado demasiado, la maestra se había vuelto loca y anunciaron una sustitución, y como estaba ahí al lado y a mí me apetecía trabajar, estuve un par de meses en la escuela. Pero ninguno de los dos oficios influyó en mi obra.

– Hay dos formas de llamar a tu generación: la del '50 y la Segunda generación de postguerra. ¿Cómo era y por qué los dos nombres?

–El título de Generación del '50 viene bien porque es el año en torno al cual todos estos poetas publicamos el primer libro. Yo publiqué en el '56, pero otros publicaron antes del '50, ganaron premios y así. El nombre de Generación de postguerra le viene porque es aquella generación que alcanza una cierta mayoría de edad cuando termina la Guerra civil española. Muchos ya habían publicado antes, como Gabriel Celaya. Es un poco complicado, porque fue un cruce de generaciones, porque los poetas se acabaron agrupando más por tendencias estéticas y políticas que por otra cosa. Por ejemplo, en la Generación de postguerra hay poetas como Ángela Figuera, que por edad sería de del '27, o como Celaya o Blas de Otero, que tendrían que ser del '36, y luego otros más jóvenes como José Hierro. Pero lo que los aglutinaba era la actitud ante la dictadura y la Guerra civil, tan reciente entonces. Éramos, digamos, poetas sociales, frente a los poetas oficiales que eran los garcilacistas, que tenían una temática nacionalista, católica, patriótica, o puramente amorosa o religiosa.


Fotos tomadas de: www.arquitrave.com

–La marca de la dictadura y de la Guerra civil hizo de ustedes unos poetas un tanto escépticos, con una esperanza un poco desencantada.

–En la segunda promoción, sí. La primera, que era la más característicamente social, estaba más cerca de lo que se podría llamar el realismo socialista. Era una poesía que quería afirmar una esperanza, que decía que “queremos al hombre nuevo cantando”, etcétera. La actitud de la generación siguiente, que es la mía, es ya más distante y escéptica. Aquellos poetas sociales hablaban en nombre del pueblo, nosotros hablamos a nombre propio. Y fue la postguerra lo que nos unió, porque la forma en que vivimos la guerra fue muy distinta. Jaime Gil de Biedma no oyó ni un solo tiro, y lo mismo Carlos Barral. Yo, en cambio, la pasé en Oviedo, ciudad sitiada, con cuatro o cinco bombardeos a la semana, que pasábamos en el sótano, con la trinchera frente a mi casa. En esa guerra perdí un hermano, por ejemplo.

–En una generación que ejerce una oposición al régimen desde entrelíneas, ¿cuál era la función de la poesía?

–Es complicado. El primer deber, si sustituimos la palabra “función” por “deber”, es ser buena poesía. Lo demás es adjetivo. Poesía social, poesía amorosa, incluso poesía religiosa, ¿por qué no? Eso no marca ni para bien ni para mal un poema. Lo primero que tiene que hacer un poeta es meter en sus versos todo lo que le preocupa, todo lo que le interesa o le obsesiona, y así fue nuestro caso. En nuestro caso, la presencia de la dictadura era tan evidente, tan inesquivable, tan violenta, que tenía que formar parte de lo que nos preocupaba.

– ¿Y el lector en todo esto qué papel juega?

–Sin lector no hay poema. El lector completa el poema, lo recrea, lo interpreta. Sin lector, el poema queda como sin terminar. Manuel Machado decía que el lector es quien hace al poema: “Mientras el pueblo no las canta, las coplas, coplas no son”, pero mi aspiración sería, más que ser cantado, ser leído.

–Hablando de Machados, pero del otro, Antonio, a él le dedicas uno de tus ensayos, y el otro es para Juan Ramón Jiménez. Son dos personalidades muy distintas.

–A mí de joven Juan Ramón me deslumbró, como creo que pasa a algunos jóvenes, si no es que a todos. La novedad de su lenguaje era algo absolutamente original. En cambio, Machado tenía un lenguaje viejo, que venía mucho del romanticismo, del modernismo. Era un lenguaje que yo calificaba de “polvoriento”. Y eso me separó de él. En cambio, Juan Ramón, el de la poesía desnuda, que influyó entera a la generación del '27, me impresionó. Sin embargo, Machado, cuando lo redescubrí, me pareció que era realmente el poeta de lo inefable, que era a lo que aspiraban los poetas puros, lo que buscaba ser Juan Ramón. Machado fue uno de los intelectuales españoles de su tiempo que mejor entendió los problemas de España. Machado, que vivió en pueblos muy pobres de España, entendió, a diferencia de muchos de su generación, que la decadencia del país no era sólo espiritual, sino material.

– A los jóvenes les dedicas uno de tus poemas más agresivos. ¿Siguen siendo los jóvenes “hijos de Pedro, nietos de Piedra,” petrificados?

–Hay mucho joven petrificado hoy en día, pero ese poema va dirigido al discurseador, que podía ser el propio Franco. De cualquier forma, creo que la poesía evolucionó de actitudes sociales, de lo que luego se llamó el realismo crítico, que era mi generación, hacia un escepticismo y un hermetismo en manos de los poetas llamados “novísimos”, que surgen a mediados de los años sesenta, y esa vuelta a la llamada poesía pura, sin connotaciones, me alejaba. Eso por fortuna duró poco. Ahora, una generación más joven vuelve a enlazar con lo que nosotros habíamos planteado. Es una poesía realista, en cierto modo. Por el lenguaje que usa, que es el lenguaje cotidiano, el lenguaje de todos; porque habla de la cotidianeidad.

– ¿Cómo ves la poesía latinoamericana?

–Es una materia para mí inabarcable. La puedo juzgar sólo por algunas cabezas muy destacadas, pero no en su totalidad. Están Neruda, Vallejo, José Emilio Pacheco, Jaime Sabines, que representan una poesía que está muy cerca de la que yo busco, de la que yo hago, y luego hay otro tipo de poetas que no coinciden nada con mis gustos, como por ejemplo Paz. Son poetas que me dejan fuera de lo que hacen. En España también hay muchos poetas “pazianos”, por llamarlos de alguna manera, y luego muchos poetas que están más en la misma línea que yo, y que creo que son la corriente mayoritaria.

– ¿Y hoy en día?

–Yo lo que creo ver, y a lo mejor me estoy engañando, es que en Latinoamérica en general, con excepciones muy notables, y no tan excepcionales, el cultivo de la vanguardia está más vivo que en España. Siguen creyendo en una vanguardia que ya es retaguardia. Antes se definía por ruptura con lo anterior, y esa ruptura crea cosas maravillosas, pero seguir ahí me parece una especie de pompierismo. Ya está hecho. El valor del mingitorio de Duchamps es el de descubrir que existe la posibilidad de que un urinario sea una escultura. Pero no tiene ningún mérito seguir haciendo lo mismo.

– ¿Qué les dirías a los jóvenes?

–Que tienen que escribir una poesía que diga algo y que se entienda. Que lean, y que si encuentran un poeta que les interese y que sea bueno, lo relean. Y que si quieren escribir, que no tienen otra, que lean poesía. Que no se olviden que el de poeta es un oficio que se aprende leyendo y volviendo a leer.