Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 8 de junio de 2008 Num: 692

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Entre grulleros te veas
RICARDO GUZMÁN WOLFFER

Poesía trágica
TEÓFILO D. FRANGÓPOULOS

Un oficio que se aprende
EUGENIO FERNÁNDEZ VÁZQUEZ

Fichas para (des)ubicar a Heriberto Yépez
EVODIO ESCALANTE

Diálogo alrededor de Sergéi Esenin
ROBINSON QUINTERO OSSA Y JORGE BUSTAMANTE GARCÍA

Esculturas con Eros
RICARDO VENEGAS Entrevista con CARLOS CAMPOS CAMPOS

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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jsemanal@jornada.com.mx

 

Entre grulleros te veas

Ricardo Guzmán Wolffer

Hay que aprovechar que en medio de la reforma penal y los tantos cuentos sobre la inseguridad cotidiana, nadie ha puesto la mira en las grúas. Si hay "funcionarios" que representan la impunidad, son los grulleros. A los policías tan temidos, desde municipales hasta guardias presidenciales, tarde o temprano les toca plomo o plata, pero a los grulleros nadie los toca ni con el pétalo de una rosa. Puesto que no se ve que algún gran reformador esté interesado en cambiar eso, hay que hacer productiva esa inercia.

Los grulleros chilangos pueden ser enviados a las cámaras legislativas para remover tanto a los bultos diputeibols que nomás no hacen nada de nada; ni la finta de votar las leyes, siquiera. Y ya de paso, los grulleros malditos podrían sacar a rastras a esos guapos políticos de carrera que se la pasan brincando de una cámara a la otra, o de ahí a la "administración" pública y luego de vuelta, que al final están más que estacionados en su papel de paracaidistas profesionales (es que saben aparentar que desquitan el sueldo). Claro, para ciertos secretarios o primeras damas serían necesarias dos o más grúas. No sólo porque son unos viles pesados, sino por el volumen del ego.

Como son intocables esos grulleros pecadores, podrían auxiliar en las fronteras para remover con sus máquinas prodigiosas a los gringos que se pasan al lado mexicano a hacer sus chuladas, desde llevarse el agua del río Bravo hasta secuestrar mexicanos. Algunos grulleros han sido contratados por los gringos para ver si les hacen el milagro de ganarles la guerra del Medio Oriente. No tanto por la placa o charola, que allá no servirá para nada, sino por ese modito que tienen de no hacer caso y anular al ciudadano para imposibilitarlo de cualquier comentario; que al final los iraquíes son de igual fisonomía que cualquier Secretario de Obras Públicas delegacional o chalán de corralón. Y para mí que esos iraquíes han de sentir bien feo al no ser escuchados. Aunque no siempre, es verdad. Los grulleros antisospechosistas también acostumbran, hay que reconocerlo, ser promotores de la legalidad. Pues ante cualquier reclamo, balbucean la frase matadora: váyase a juicio en el Contencioso, a ver de a cómo nos toca. Es decir, en lugar de ser majaderamente ñeros, conminan al ciudadano al ejercicio de las vías legales: por eso son tan atentos y siempre prudentes.

Son tan versátiles estos cultos y refinados chóferes salidos de los planteles de doctorado, que han inventado un nuevo lenguaje basado en monosílabos y señas. En algunos sitios arqueológicos los grulleros cooperan no sólo removiendo piedras y monolitos, ya ven lo cuidadosos y delicados que son para llevarse los automóviles, siempre preocupados de que no se raye la pintura o de que los sellos no marquen la lámina; sino que aprovechando su experiencia en el uso del lenguaje compactado, intercambian información con las etnias locales, que al final los grulleros les recuerdan a los anuales locales, por su rostro cruza de ídolo tolteca con roedor prehispánico.

Propongo que en el Museo del narco se haga una sala dedicada al grullero, para que el público aprenda por contraposición (o anticlímax, decía Kierkegaard).