Usted está aquí: jueves 12 de junio de 2008 Opinión Los prohombres

Olga Harmony

Los prohombres

La soledad, el deseo de trascender con un hecho insólito que haga olvidar la mediocridad de la vida tal como se vive, además de la extraña apropiación de ese otro contrastante que Frankie realiza con Bepo, mientras éste desea encontrar un sentido a su vida dando un curioso sentido a su muerte, son las premisas de este texto de Noé Morales Muñoz en que da carne a los protagonistas –del que supimos sólo por escuetos boletines de prensa– del caso conocido como el del caníbal de Rotemburgo. En 2001 un hombre escribe en Internet solicitando a alguien que acepte ser comido y la solicitud es atendida por alguien con el que se establece una relación que dará lugar al macabro desenlace. Lo insólito del caso da pie para que muchos en todo el mundo se pregunten las razones de ambos personajes y el joven dramaturgo mexicano intenta, no una respuesta que desde aquí parece imposible, sino una reelaboración imaginaria, con mucha carga metafórica, de lo que habría podido ser la relación de dos hombres tan dispares con un mismo objetivo. Despojada de toda morbosidad, la obra responde al irónico título de Los prohombres porque ambos, la víctima que otorgó su consenso y el victimario, piensan que realizan un acto extraordinario que abrirá nuevos caminos al futuro humano para escapar de la rutina y el tedio.

Los personajes que plantea Morales son deliberadamente extremos. Frankie es un inhibido hombrecillo que teme al mundo exterior, con medios económicos que no se explican pero que resultan evidentemente suficientes para una vida que únicamente conoce el acontecer diario a través de Internet, lo que lo vuelve abiertamente metafórico de esa gente que sólo se relaciona a través de la tecnología. Asexuado, reticente, habla de su madre, pero el autor soslaya con acierto todo intento de banal psicología que lo acercaría a una de esas series estadunidenses de freudismo instantáneo. Frankie permanece en la sombra en que desea ocultarse a diferencia de Sepo, el casi moribundo homosexual parlanchín que no tiene empacho en describir sus proezas sexuales y en mostrar un rudo interés vital que le hace ver su estúpido sacrificio como la culminación de una vida que quisiera aventurera. El dramaturgo no insiste demasiado en la caracterización de sus personajes o la indagación de sus motivos, prefiriendo una mirada impersonal y casi abstracta para que el espectador desprenda sus propias conclusiones a partir de la perorata con que Frankie increpa a Sepo olvidando su habitual frío recato.

Este texto dramático requiere, a mi parecer, de una escenificación fría, meticulosa y realista que vaya marcando los avances de la pérdida de peso de Sepo al tiempo que se vislumbran ciertas entretelas de personalidades y motivos, nunca muy pronunciadas, apenas delineadas sobre todo en el caso de Frankie. El director Ginés Cruz optó por lo contrario, por cierta estridencia en el tono del montaje, muy evidente en el innecesario strip-tease de Sepo, así como en la escenofonía de Mk Hernández y Antonio García Isaac. Es posible que el director le quiso dar un sesgo grotesco al tema, tan grotesco como los semidesnudos del buen actor Enrique Cueva para eludir todo morbo posible, aunque la obra ya lo elude, pero resultan muy inconsistentes algunos trazos, como ese mover el perchero de un lado a otro para macar transiciones temporales. La escenografía de Luis Conde consiste en una mesa larguísima que abarca más allá del proscenio, de cuyos cajones salen los objetos necesarios, tres sillas y el perchero, y es esa enorme mesa la que subraya la esencia de la relación entre los dos personajes y sirve de pasarela para algunos de los movimientos que Ginés Cruz pide a sus actores y que rompen también con la frialdad del texto, un buen texto existencial visto como thriller por el director y que cuenta con las buenas actuaciones de Humberto Bustos como el elusivo Frankie al que dota del misterio indispensable, y Enrique Cueva como el desparpajado Sepo que no para de relatar banalidades.

 
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