Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 15 de junio de 2008 Num: 693

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El palimpsesto de
Marcel Schwob

ARTURO GÓMEZ-LAMADRID

Diálogos de utopía
MARCEL SCHWOB

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
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jsemanal@jornada.com.mx

 

Una conceptiva ordinaria
para el dramaturgo creador

De entre todas las iniciativas editoriales impulsadas por la revista mexicana de teatro Paso de Gato, se destaca sobremanera la puesta en circulación de sus Cuadernos, armados literalmente a partir de la retacería de papel resultante de más de cinco años de trabajo sostenido. Por ello mismo el precio de estos pequeños volúmenes es más que módico: veinte pesos, cantidad que, como señala Jaime Chabaud, director de la citada empresa editorial, es menor a la requerida para hacerse de una caguama, un cajetilla de cigarros u otros placebos requeridos para resistir el embate furioso de la existencia cotidiana. Estos cuadernillos funcionan también para divertir al espíritu, pero al mismo tiempo estimulan la agudeza creativa y crítica.

Compuesta por cuatro colecciones, esta serie de volúmenes a bajo costo busca contribuir a llenar, sencilla y asequiblemente, el hueco reflexivo que ha caracterizado para mal a nuestro endémico y diletante gremio teatral. Como parte de una de estas colecciones, la concentrada en la divulgación de material ensayístico sobre el oficio dramático, se ha publicado un escrito de quien es al mismo tiempo una las plumas referenciales del teatro latinoamericano contemporáneo y uno de los formadores de dramaturgos más decisivos en la historia reciente del teatro argentino. Una conceptiva ordinaria para el dramaturgo creador recoge algunas reflexiones que Mauricio Kartún (San Martín, Argentina, 1946) ha podido recopilar a lo largo de casi tres décadas de labor autoral y pedagógica, y en las que traza una sistematización de ciertas inquietudes que lo han acompañado (y más aún, que lo han hecho permanecer) en su dilatado trayecto por la escena y el aula.


Mauricio Kartun

Hay que decir antes que nada que el pensamiento y la prosa del autor de obras como El niño argentino convergen, lúcida y sugerentemente, en la disección de las herramientas inmanentes de un oficio. Con apenas treinta paginillas de extensión, esta conceptiva kartuniana divide y categoriza las cualidades esenciales para un aspirante a escritor escénico, y subraya lo que del discernimiento de la existencia cotidiana debe servirle como materia de arranque para sus tentativas de ficción. No es fortuito ni hacedero remarcar la palabra percepción : a lo largo de esta conceptiva, Kartún se muestra como un fenomenólogo convencido de que los motores esenciales de toda obra dramática radican inevitablemente en el enclave brumoso que separa y vincula a la conciencia de la esencia, y en el afilamiento de nuestra capacidad sensorial como el ejercicio primario para forjar ideas, conceptos y, después de ello, las primeras coordenadas de una ficción escénica. Entonces hay que ser leales a lo que nuestros sentidos, deseablemente dispuestos a la estimulación, captan y extrapolan del marco referencial al que conferimos las propiedades de lo real. Porque la sensorialidad, para el autor argentino, entraña “la capacidad para concebir con todos los sentidos una imagen”, y es la imagen la generadora primaria de cualquier relación dramática. La fidelidad a estos preceptos básicos puede traducirse en una textualidad orgánica, susceptible de transmitir el Mythos que subyace en su estructura.

A esta sensorialidad primigenia y a la extrapolación rigurosa de sus elementos rectores, Kartun opone, como etapas dialécticas pero complementarias, la objetivación rigurosa de dos cualidades: la dramática y la poética. Para mejor explicarlas, el autor las exhibe como una serie de elecciones conscientes: desnuda con simpleza y lucidez las redes significativas de una metáfora, y explica su ejercicio mediante su comparación con los mecanismos del humor. Argumenta las razones que nos han llevado a vivir inmersos en un sistema macro y ofrece las alternativas para hilvanar la obra dramática a partir de una concatenación de indagaciones minimales; allí, y no en las fachadas, se manifiesta el teatro como una micropoética, como una oposición drástica a los vicios de la pantalla baudrillardeana.

Para un medio cuya pedagogía dramatúrgica sigue estacionada en la revisión de géneros, estilos y estructuras, la lectura de esta conceptiva kartuniana es cuando menos perentoria; entre otras epifanías probables, podría descubrir que la instrucción se vale de la ilustración, ligera y genuina, de una serie de paradojas personales y profesionales.