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Adolfo Sánchez Rebolledo

¿Es el PAN de derecha?

Surgido como reacción a las políticas radicales del cardenismo, el panismo es por derecho propio el heredero histórico del viejo partido conservador y una fuerza que aspira a hacer compatible las tradiciones con la modernización capitalista del país, pospuesta durante los años de turbulencia de la Revolución Mexicana y amenazada, según la derecha, por los afanes justicialistas de Lázaro Cárdenas. Una página dedicada a la exégesis del fundador del PAN, Manuel Gómez Morín, recuerda su desazón ante los “ensayos cardenistas”: “... una pesada tolvanera de apetitos desencadenados, de propaganda siniestra, de ideologías contradictorias, de mentira sistemática, impide la visión limpia de la vida nacional”. Convertido en partido ideológico, doctrinario dirán después, su influencia real se vincula a la elite católica y empresarial, pero vive durante décadas al margen de las grandes decisiones, anclado en cierto liberalismo que ve en la democracia la realización de un destino, sin renunciar a la (muy cambiante) doctrina social cristiana. “Al postular la primacía de la nación, el partido pretende que se afirmen los valores esenciales de tradición, de economía y de cultura. Busca también inspirar la ordenación jurídica y política de la nación en el reconocimiento de la persona humana concreta, cabal, y de las estructuras sociales que garanticen verdaderamente su vida y desarrollo”, escribe Gómez Morín .

Con el tiempo, la vertiente “hispanista”, la más próxima a ciertas nociones provenientes del falangismo español, se fortalecerán con las nociones del anticomunismo que domina la guerra fría, mismas que se aplican a la realidad nacional para identificar al estatismo mexicano con los estados burocráticos soviéticos, al igual que se compara a la Iglesia católica con las llamadas “Iglesias del silencio” en Europa del este. De esa mistificación histórica procede la carga victimista del PAN como sujeto del cambio democrático, su desafiante pretensión de ser la “única” oposición democrática, cuando, salvo notables excepciones personales, siempre fueron cómplices útiles ante la aplicación autoritaria de la fuerza y la ley contra las izquierdas. Como sea, el panismo diluye sus peculiaridades originarias para incluirse en el arco mayor de la democracia cristiana, no obstante que en México todos los intentos de adoptar el membrete son saboteados por los gobiernos “revolucionarios”: la ley, por lo demás, impide el uso de conceptos religiosos en la actividad política.

Pero algo no cambia: la resistencia a ser y representar el partido de la derecha. En un país donde la Revolución ocupa casi todo el siglo XX el más mínimo intersticio, la reacción niega su pasado, rompe con su historia y se presenta bajo la fórmula de un humanismo cristiano importado del escenario moral y político europeo y, más adelante, de la aceptación cada vez menos crítica de los supuestos del capitalismo que la propia Iglesia comienza a cuestionar, pero jamás se acepta como lo que es: el partido de la derecha. No el único, acaso, pero sí el más antiguo, perdurable y exitoso.

El ascenso del PAN está indisolublemente ligado a las urgencias de un empresariado cupular, cuyo futuro depende de sus relaciones con el Norte, inquieto o francamente en contra de la rigidez de la burocracia gobernante, cuya larga crisis aún no está resuelta. La aparición del “neopanismo democrático”, así como la declinación de los viejos doctrinarios responde a esta nueva coyuntura nacional e internacional, al establecimiento de los paradigmas de la revolución neoliberal que trastocan el funcionamiento general del “sistema”. Es la hora de la política “realista”.

De pronto, los panistas, como los derechistas españoles, a los que ellos tienen como modelo, aceptan la muerte de las ideologías; dudan de la validez de la geometría política y se lanzan a calificarse como fuerza de “centro”, esto es, una especie capaz de adaptarse a las circunstancias sin atarse las manos o el pensamiento a una visión preconcebida. Por eso, cuando Felipe Calderón dice en España que lo suyo no es la “derecha”, no se desmarca de nadie, pues allí Aznar y Rajoy, derechistas reconocibles, son los postulantes de esa posición en el Partido Popular. Todos se dicen de “centro”; todos son humanistas y se dicen laicos, aunque esa afirmación pase por la reivindicación de los privilegios de la Iglesia católica que marca la pauta a seguir.

Esa desideologización se expresa en otras formas. Al gobierno, al Presidente y sus portavoces les molesta que la ideología se “mezcle” con los grandes temas de la economía y la política: quieren reflexiones asépticas, técnicas, no contaminadas por los valores, los principios, las concepciones, es decir, quieren planteamientos que sin decirlo sirvan a los intereses establecidos y dominantes, aquellos que se consideran satisfactorios, aunque “imperfectos”. Todo es opinable, pero nada debe cambiar el derecho a decidir del Presidente. Ésta es, claro, una pretensión muy pobre, aceptable si acaso para los burócratas que ejecutan órdenes, pero imposible de aceptar para una ciudadanía que no sólo quiere saber cómo hacer ciertas reformas sino aprobar para qué y para quién deben aprobarse. No les gusta el debate al más alto nivel. Pero tampoco quieren que la ciudadanía se exprese libremente. ¿La derecha es demócrata?

P.D. Los desencantos se convierten en agravios. Un libro de José Antonio Crespo demuestra que el TEPJF no hizo la tarea en 2006. ¿La habrá hecho la Suprema Corte de Justicia en el caso del ISSSTE?

 
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