Usted está aquí: jueves 19 de junio de 2008 Sociedad y Justicia Navegaciones

Navegaciones

Pedro Miguel
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■ Algo sobre los odiosos

■ Los mayores enemigos de la humanidad

Ampliar la imagen Un ejemplar de Anopheles aedes, captado mientras saquea a un humano Un ejemplar de Anopheles aedes, captado mientras saquea a un humano

Por las noches, en lugar de los angelitos con los que se supone que uno debería soñar, Dios me manda zancudos. Supongo que será una pequeña venganza de Su parte ante mi negativa reiterada a creer en Él. Le comenté esa sospecha a un amigo creyente y me sugirió que diera gracias al Altísimo por enviarme zancudos y no demonios. “Si Dios es capaz de mandar entidades diabólicas a las habitaciones de los mortales incrédulos, la teología está en graves problemas”, pensé para mis adentros, y opté por desviar el rumbo de la plática. Suficientes horas de sueño y quién sabe cuántos mililitros de sangre me han robado esos culícidos (no es insulto, sino clasificación científica) como para que ahora pierda además, por culpa de ellos o De Quien los Envía, una bonita amistad.

No vean en ello mala entraña para con el género femenino, pero entre los mosquitos sólo las hembras se alimentan de sangre, en tanto que los machos son más bien vegetarianos y observan una dieta de néctar, savia y jugos de fruta.

La diferencia no es perversidad, sino que las futuras mamás mosquitas necesitan de proteínas para transferírselas a los huevecillos, los cuales pueden ser depositados en superficies de agua sumamente pequeñas (les basta con un centímetro cuadrado) y completar su ciclo vital (de huevo a larva, de larva a pupa y luego, a animal adulto) en sólo 10 días, dependiendo de la temperatura ambiente. En los climas fríos y en las sequías, los huevos pueden permanecer inactivos a la espera de tiempos mejores.

A pesar de su tamaño diminuto, estos bichos recurren a la tecnología de punta: para ubicar en primera instancia a sus víctimas detectan las emisiones de bióxido de carbono exhalado por éstas, y a distancias menores son capaces de identificar, gracias a las emanaciones infrarrojas, si el cuerpo que tienen enfrente es de sangre caliente o fría. Cuando introducen su probóscide en la piel inyectan, entre otras sustancias, anticoagulantes, vasodilatadores y supresores de inmunidad, para que ninguna reacción del despojado les interrumpa la cena. Pero lo más grave no es eso, sino que en el curso de su banquete a costillas nuestras pueden, además, mancharnos el organismo con diversas armas biológicas muy desagradables: malaria (paludismo), dengue, fiebre amarilla, virus del Nilo, encefalitis equina, fiebre de O’nyong’nyong.

Los agravios entre antropoides y culícidos son de seguro mucho más antiguos que la especie humana. Quién sabe cuántos billones de bajas puede atribuirles un bando al otro, pero en la actualidad se tiene a los mosquitos como el más mortal vector de enfermedades, y aunque resulta difícil imaginar algo más dañino para la humanidad que George Walker Bush, el hecho es que estos dípteros eliminan, año con año, a millones de homo sapiens. Los culícidos tienen más tendencia a la subdivisión que los cristianos y los grupos de izquierda; por ejemplo, el Anopheles quadriannulatus es considerado zoofílico, en tanto que el Anopheles gambiae sensu stricto es antropofílico siempre que se puede; dígase en descargo de estos dráculas diminutos que sólo una pequeña minoría de las más de 2 mil 700 especies conocidas de culícidos, como Anopheles, Aedes (odioso, en griego), Culex y Stegomya, portan armas biológicas, y que el resto se limita a colmarnos la paciencia durante la noche y a llenarnos de picaduras molestas pero casi inocuas.

El más célebre de los humanos caídos en esta guerra ancestral es sin duda Alejandro de Macedonia. Aunque algunos sostienen que murió por culpa de una borrachera, o bien que fue envenenado por el infame Casandro y el copero Yolas con agua podrida de Babilonia y con la complicidad intelectual, según esto, del pesado de Aristóteles, el homicida más probable fue un Stegomyia aegypti con inclinación al magnicidio (literalmente), o bien un Anopheles gambiae con curiosidad por ver qué se sentía al asesinar al conquistador más famoso de la historia.

Francisco Gabilondo Soler, que no era mosquito, sino grillo cantor, tenía meridianamente claro que esto es una guerra. Y cantaba Cri-crí:

Los mosquitos trompeteros
son llamados a formar,
¡tarará, tarará!,
cada quien a su lugar.
Y con sus lanzas bajo el ala
comenzaron a volar,
¡tarará, tarará!,
es la hora de picar.
El verano los llamó
y acudieron con valor
rezumbando en las noches de calor.
Van buscando dónde dar;
no se cansan de atacar
los mosquitos que nos quieren picotear.
Suenan las trompetas
que dirige un moscardón.
Saludan al verano
redoblando su tambor
Un mosquito con trombón,
capitán del batallón,
va volando mientras clava su aguijón.

De los culícidos, Sergio Avilés anota con agudeza que “su agudo canto no será bonito, pero es sin duda el más aplaudido”, y luego aporta algunas indicaciones para contrarrestar los ataques nocturnos de la fuerza aérea culícida: “El aplauso es efectivo sólo en 12 por ciento de los casos. Esto se debe a que cuando el mosquito siente la ola de aire que comienza a subir de intensidad provocada por las manos que se acercan, usa sus alas como deslizadores en la playa y navega unos centímetros delante de la corriente para salir ileso”. Pero “lo que resulta más o menos efectivo para detener el ataque es, cuando se escucha el zumbido, doblarse rápidamente sobre la cama asiendo la sábana entre las manos extendidas y hacerle una cama china, planchándola lo mejor posible”.

Lo peor de todo es que cuando uno logra intoxicar o despanzurrar a un mosquito (operaciones con las que de todos modos no se logra recuperar la sangre robada) y se pone a observar el cadáver frágil y anoréxico, resulta inevitable sentir una lástima enorme por esas criaturas que cómo chingan, y que ni caminar saben.

Pero no hay que caer en sentimentalismos. Esto es una guerra, y Quevedo lo sabía:

Ministril de las ronchas y picadas,
mosquito postillón, mosca barbero,
hecho me tienes el testuz harnero
y deshecha la cara a manotadas.
Trompetilla que toca a bofetadas,
que vienes con rejón contra mi cuero,
Cupido pulga, chinche trompetero,
que vuelas comezones amoladas,
¿por qué me avisas si picarme quieres?
Que pues que das dolor a los que cantas
de casta y condición de potras eres.
Tú vuelas, y tú picas, y tú espantas,
y aprendes del cuidado y las mujeres
a malquistar el sueño con las mantas.

Durante cosa de un mes, el blog de Navegaciones ha estado abandonado por exceso de trabajo. Ahora lo pongo al día, y perdónenme la ausencia.

 
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