Usted está aquí: domingo 22 de junio de 2008 Espectáculos La gran venta

Carlos Bonfil
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La gran venta

Una escena límite se desprende de La gran venta (Der Grosse Ausverkauf, 2006), documental del alemán Florian Ospitz, y permanece grabada en la memoria: en un hospital filipino un paciente agónico requiere para su supervivencia de un respirador artificial que no tienen los médicos que lo atienden. Los parientes del enfermo deben entonces, por relevos, apretar una bomba de aire las 24 horas del día para garantizarle la respiración requerida; cualquier descuido puede ocasionar la muerte del familiar.

A partir de los años 80, refiere la cinta, el sistema de salud pública en Filipinas pasó gradualmente a manos de la iniciativa privada y dejó sin protección alguna a la población de bajos recursos. Una mujer, Minda Lorando, recorre así diariamente oficinas gubernamentales y organizaciones humanitarias con el fin de obtener ayuda para pagar las diálisis renales que requiere dos veces por semana su hijo adolescente, sin las cuales está condenado a morir en 10 días.

En Soweto, Sudáfrica, la población vive la amenaza de una oscuridad total, luego de la transferencia del suministro público de electricidad al monopolio de una compañía, la Eskom, la cual aumenta vertiginosamente las tarifas de consumo, criminalizando en los medios a quienes intentan reconectarla en forma clandestina. Los habitantes hablan frente a la cámara, denuncian la voracidad de la empresa privada, el absurdo de pagar tarifas equivalentes a un tercio de sus salarios o pensiones, señalan la complicidad del gobierno y las estrategias de respuesta ciudadana para contrarrestar el atraco masivo. Algo similar sucede en Bolivia, donde a finales de los años 90 la municipalidad de Cochabamba cede, por presiones del Fondo Monetario Internacional, la administración del agua a Bechtel, corporación estadunidense que eleva el precio del líquido y penaliza mediante la empresa Aguas de Tunari a quienes intentan un acopio alternativo, lo que incluye la absurda prohibición de recolectar el agua de lluvia. A estos dos ejemplos de privatización de bienes públicos y sus efectos desastrosos, el documentalista añade el caso británico de la fragmentación en 150 empresas privadas del antiguo y eficiente servicio ferroviario British Rail hacia 1997, que redujo costos de mantenimiento y multiplicó despidos laborales hasta crear un caos en el servicio que culminó en el año 2000 con accidentes por negligencia, como la tragedia de Hatfield.

La gran venta alterna estos cuatro ejemplos de depredación de bienes públicos en favor de transnacionales y en contubernio con gobiernos que recurren al engaño mediático, a la intimidación y al uso de la fuerza pública para proteger los intereses extranjeros que habrán de permitir, se supone, la reactivación de la economía local. Se ofrecen los testimonios de personajes emblemáticos que transitan, algunos al campo de la resistencia civil hasta obtener alguna victoria, en tanto otros viven permanentemente la frustración de una causa perdida. Se incluyen los comentarios de Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de economía, quien explica el funcionamiento de la lógica neoliberal y sus estrategias para hacer pasar en los medios como un beneficio para la población el afán privatizador que repetidamente ha sido un modelo de ineficacia técnica e injusticia social para las economías en desarrollo.

Una secuencia hilarante muestra un video de animación proporcionado por el FMI, donde se describe un oasis de prosperidad en una ficticia región lejana llamada Ruritania, donde todos gozan de los beneficios de la privatización. En otra escena un representante del Banco Mundial deja ver, de manera más cruda, que en la lógica privatizadora, que en un primer tiempo incluye los recursos naturales, la meta siguiente es buscar la “eficiencia” neoliberal en los campos de la educación y la salud pública.

Florian Ospitz ofrece en La gran venta un documental bien estructurado, alejado de las retóricas y los artificios de dramatización que tanto se ha criticado en el trabajo del estadunidense Michael Moore, y deja en primer término la palabra a quienes a diario pagan la factura de una privatización contraria a sus intereses, no sólo en las naciones en desarrollo, sino también en un país como Gran Bretaña, donde el ferrocarrilero Simón Weller se pregunta, con escepticismo y amargura, cómo pudo llegar al colapso un servicio público del que algún día se sintió tan orgulloso.

Se exhibe en Cinemex Masaryk, Cinépolis Diana y Cineteca Nacional.

 
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