Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 22 de junio de 2008 Num: 694

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Entre la carretera y la beatitud
ALEJANDRO MICHELENA

Jesús
DIMITRIS DOÚKARIS

Entre colillas y restos de comida
ARACELY R. BERNY

Contra el olvido injusto
CHRISTIAN BARRAGÁN
Entrevista con RAFAEL VARGAS

Fragmentos de Bahía 1860 (esbozos de viaje)
MAXIMILIANO DE HABSBURGO

¿César Vallejo ha muerto?
RODOLFO ALONSO

Sentándome a comer con la pereza
MIGUEL SANTOS

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Hugo Gutiérrez Vega

SOBRE ARGENTINA Y LOS ARGENTINOS (I DE II)

Para Juan Gelman

La tarde en el barrio de Palermo tenía rostros de plomo. De un almacén pequeño llegaba un tango entre culto y arrabalero, y un grupo de secretarias de regreso a casa ocupaba las aceras y me hacía recordar los personajes de las novelas de Manuel Puig. Pensé en el viejo tango: “Palermo, me tenés viejo y enfermo”, y en la reciente tertulia con Ernesto Sábato, Abelardo Castillo y un grupo de poetas españoles: Paco Brines, Abelardo Linares, Paca Aguirre, Félix Grande. Habíamos pasado el golfo de una tarde hablando del cielo y de la tierra y, ya cerca del puerto de la noche, nos despedimos con el deseo de seguir hablando. En Buenos Aires se habla mucho, se cultiva todavía el arte de la tertulia y, si uno sabe callar, se aprenden cosas variadas y útiles en un rato de conversación (con los españoles esto resulta casi imposible, pues todos hablan al mismo tiempo y tratan, a grandes voces, temas distintos. La experiencia de la tertulia española es, a la vez, confusa y enriquecedora. En Madrid yo aprendí a callar y a escuchar simultáneamente dos temas de gran interés. Dominé este arte a pesar del estruendo constante del Café Gijón).

Viviendo en Río de Janeiro, iba con frecuencia a Buenos Aires y a mi querido Tucumán. Desde mucho antes, mis ligas con lo argentino habían sido estrechas: mucho leí a Hugo Wast en mis tiempos candorosos y, en la juventud, me apasioné por la historia del lejano Cono Sur (me ayudaron enormemente en esta empresa las novelas de Manuel Gálvez). Gardel estaba presente en la casa de la abuela y varias veces fui a escuchar, en mi Guadalajara, a Agustín Irusta y a Hugo del Carril, que se presentaban en las famosas caravanas de artistas organizadas por las compañías cerveceras. En 1963, Losada publicó mi primer libro de poesía. Don Gonzalo me mandó a Roma cinco ejemplares recién salidos del horno y corrí a casa de Alberti para que él, María Teresa y Aitana me acompañaran en los ritos iniciáticos. Me acogieron con su hermosa paciencia y toleraron mis efusiones primerizas. El poema escrito por Rafael para presentar el libro fue un prólogo inmejorable. Atesoro su manuscrito aureolado de palomas albertianas. La letra se va borrando por la acción de los soles tropicales, pero las palomas siguen su vuelo prodigiosamente equivocado (“pensó que el norte era el sur, pensó que el trigo era agua... se equivocaba...”). Esa tarde decidí conocer las tierras del sur del continente y confrontar mis conocimientos librescos con la “realidad real”. Tardé muchos años en cumplir mi promesa, pero la cumplí, y una noche llegué al aeropuerto de Buenos Aires en un avión de la Varig y, de inmediato, me puse a andar por calles ya conocidas. Todo el tiempo tuve la sensación del retorno. Borges, Victoria Ocampo, Macedonio Fernández, Bioy, Felisberto, Sábato, Lugones, Baldomero, Horacio Quiroga, Mujica, Gelman, Puig, me habían entregado las imágenes que ahora podía reunir y completar. Pero la ciudad ya era mía desde mucho antes, desde esa tarde en la casa romana de Alberti, de mis lecturas de infancia y juventud (en toda la América española, los libros editados en Argentina abrieron las puertas a la gran literatura de Europa, las traducciones de ingleses, alemanes, rumanos, italianos se hacían en Buenos Aires y nos llegaban, junto con la insigne Billiken y las tiras cómicas de don Fulgencio y el doctor Merengue), desde mi conocimiento de Borges, Lugones, Enrique Molina y Olga Orozco.

En Tucumán la noche tiene un azul muy profundo. Nos sentamos frente a la catedral y, por un buen rato, nos quedamos callados para poder escuchar las voces de la sombra. Enrique Molina empezó a hablar muy despacio y Paco Brines le dio la réplica con su tono moderado y tranquilizador. Lugones ocupó todo nuestro tiempo. Recordé el horrendo libro de “preceptiva literaria” escrito por el padre Ruano y, para nuestra desgracia, obligatorio en el colegio de los jesuitas en Guadalajara. Un poema de Lugones era, para el feroz Ruano, el ejemplo más acabado de mal gusto y de inmoralidad. Por esa razón me lo aprendí de memoria y lo decía en voz alta para conjurar al inquisidor. Así definía Lugones el beso: “Caríbdico intenso que estremezcla la cuerda del raquis trocándola en lira de atáxico Orfeo.” De su mano abandoné a Ruano y sus secuaces, y empecé a jugar la aventura de las palabras que, al combinarse, forman el rostro del poema. Con razón Lopéz Velarde leía con tanto cuidado a Lugones y aceptaba gustosamente sus buenas influencias. Sin duda, el Lunario había abierto las puertas de algo nuevo en América Latina.

(Continuará)

jornadasem@jornada.com.mx