Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 22 de junio de 2008 Num: 694

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Entre la carretera y la beatitud
ALEJANDRO MICHELENA

Jesús
DIMITRIS DOÚKARIS

Entre colillas y restos de comida
ARACELY R. BERNY

Contra el olvido injusto
CHRISTIAN BARRAGÁN
Entrevista con RAFAEL VARGAS

Fragmentos de Bahía 1860 (esbozos de viaje)
MAXIMILIANO DE HABSBURGO

¿César Vallejo ha muerto?
RODOLFO ALONSO

Sentándome a comer con la pereza
MIGUEL SANTOS

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
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Cabezalcubo
JORGE MOCH


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Juan Domingo Argüelles

El crítico impostor

El crítico que produce “profesional” y autoritativamente “crítica de poesía”, pero no es poeta, no sólo encarna una anomalía sino también una aberración. Es como un comedor que nada sabe de arte culinario ni de gastronomía, pero que por el hecho de comer mucho pretenda saber más que el chef y el cocinero acerca de lo que se necesita para cocinar mejor.

Se atribuye a cierto crítico profesional alemán la siguiente frase, en su descargo: “Si pruebo la sopa y me parece salada, puedo decir con seguridad que está salada y no necesito saber hacer la sopa”, pero esto es confundir lo que está bien con lo que nos conviene, pues el crítico profesional autoritativo puede decir con seguridad (¡a partir de lo que le parece!), que lo que está mal es la sopa, no su paladar.

El crítico autoritativo de poesía que no escribe poesía es un impostor. Si careciera de ínfulas y abandonara su autoritarismo podría ser un excelente lector o un gustoso voyeur, o, mejor aún, buen divulgador de la poesía. Sin embargo, no se conforma con ser esto: ha leído en sus manuales lo relativo a la composición, los tropos y los trapos; es un teórico que de la práctica no sabe nada de nada, pero piensa que la teoría puede relevar al acto. Se considera un experto en el placer sexual, porque ha leído sobre sexo.

El crítico impostor cree que la poesía sólo está hecha de palabras y cree, también, que la poesía habla del lenguaje y no de la vida. Como señaló Benjamin Péret en El deshonor de los poetas, tal crítico suele desdeñar la intuición, el sueño, la emoción y la pasión misma, “en nombre de la razón, pero sin acordarse de dónde brota esta razón”. Cree –porque de veras lo cree– que la poesía puede interpretarse como un simple lujo de palabras, donde lo significativo es lo que él interpreta, no lo que el poeta expresa. Por eso, porque no entiende la poesía, el crítico impostor lee los poemas (incluso los de sus más admirados autores) como si estuviese leyendo novelas en verso libre, sin entender tampoco qué es un verso libre (el cual, como dijera T. S. Eliot, no se define por la ausencia de estructura formal o de rima, ni por la ausencia de metro, sino por el hecho de seguir siendo poesía).

Eliot, precisamente, en “Criticar al crítico” (su conferencia pronunciada en la VI Asamblea Académica de la Universidad de Leeds, Inglaterra, en 1961), señala que su crítica difería esencialmente de la de cualquier crítico “profesional”, porque en el caso de éste, ser “crítico” es “su título principal, y quizá el único, para la fama”. Lúcidamente, Eliot añade que a este tipo de escritor “se le podría llamar también el supercrítico, porque suele ser crítico oficial de alguna revista o periódico, y la ocasión de cada uno de sus artículos es la publicación de algún nuevo libro. El prototipo de este género de crítica es, sin duda, el crítico francés Sainte-Beuve, cuya obra –aunque sea autor de dos importantes libros, Port Royal y Chateaubriand et ses amis– está integrada en su mayor parte por una sucesión de volúmenes de recopilación de ensayos, aparecidos anteriormente como folletón en un periódico. El crítico profesional puede ser –como sin duda lo era Sainte-Beuve– un escritor de creación fracasado; y en el caso de Sainte-Beuve vale la pena sin duda leer sus poemas, si se es capaz de soportarlos, porque ayudará a comprender la razón de que escriba mejor sobre autores pretéritos que sobre sus contemporáneos.

Eliot aclara que no todos los críticos “profesionales” son necesariamente escritores fracasados, pero añade que no son escasos los que prefieren ocupar el sitial de juez ante la dificultad y la incapacidad de crear obra propia en el género que fuere.

En el caso de la poesía, el crítico impostor (que sabe que no comprende la poesía, pero no tiene la humildad de obrar en consecuencia), supone que todo lo puede resolver con información. Se informa y preconiza. Se informa y desdeña. Siendo así, ni siquiera tiene necesidad de leer lo que aprueba o desaprueba, lo que comenta o silencia. Le basta con la información para evitarse el aburrimiento de leer lo que ni comprende ni le place.

Al crítico impostor no le podemos exigir que comprenda el siguiente adagio de Wallace Stevens: “La poesía es el esfuerzo de un hombre insatisfecho que encuentra satisfacción a través de las palabras; ocasionalmente, el de un pensador insatisfecho que encuentra satisfacción a través de sus emociones.”